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Por ANDREI RADU MUNTEANU
El 21 de diciembre de 1989, después de salir del instituto donde trabajaba y tomar un tranvía hacia el centro de Bucarest, Mircea Matescot siguió a pie hasta la plaza de la Universidad, donde unos jóvenes señalaban una fila de contenedores rectangulares y gritaban que allí estaba el coche fúnebre del tío Nicu. Nicolae Ceaușescu seguía vivo, atrincherado en el palacio, y la milicia, con el refuerzo del ejército, impedía que los manifestantes se dirigieran hacia él. A Matescot, que llevaba años buscando la manera de salir de Rumanía, le pareció que acababan de abrirse las puertas de la prisión, aunque pocas semanas después volvería al centro de Bucarest a protestar contra los hombres que se presentaban como herederos de la revolución. Entre esas dos visitas a la plaza transcurre el episodio decisivo de Vientos del Oeste: Una juventud rumana (Unos y Otros Ediciones, 2016) pues el hombre que de pronto se siente libre apenas ha tenido tiempo de averiguar quién gobierna en su nombre.
En el relato que le hicieron aquella tarde, Ceaușescu había balbuceado desde el balcón del palacio una promesa de aumento salarial, y las pancartas que la gente había llevado por obligación cayeron al suelo al mismo tiempo que él se retiraba. Semanas después, desde el balcón de la Universidad, se sucedían los oradores mientras la multitud cantaba que prefería ser gamberra antes que comunista. El insulto con que se podía descalificar a un manifestante servía ahora para que unos desconocidos se reconocieran entre sí, y cualquiera que escuchara aquella canción podía apreciar cuánto había cambiado el uso de la palabra en una ciudad donde la gente había sido convocada durante años para aplaudir. Quedaba por saber si quienes hablaban en la plaza tendrían alguna intervención en el nombramiento de los gobernantes, en el destino de los bienes del Estado y en la investigación de las muertes que habían acompañado la caída del régimen.
Mucho antes de que pudiera oírse una canción semejante en el centro de Bucarest, el niño que Matescot fue escuchaba a sus padres comentar en casa los acontecimientos del día con un humor que les permitía nombrar las cosas de un modo distinto al que se usaba fuera. De aquella costumbre familiar proceden, en buena medida, los nombres satíricos de Bildbaufest y Letargiluria, con los que se abre el libro y que conservan algo del gusto de los padres por rebautizar el mundo oficial. Quien lee esas páginas después de las dedicadas a diciembre reconoce en el grito sobre el coche fúnebre la insolencia de una broma doméstica que, al fin, se podía contar en voz alta. También comprende por qué estas memorias son un relato de formación, pues la primera educación política del narrador consistió en aprender a escuchar lo que los adultos decían entre ellos y a distinguirlo de lo que se esperaba que dijeran en público.
En el invierno de los últimos años de la dictadura, las sábanas se calentaban con una plancha y la presión del gas regresaba de madrugada, cuando las fábricas estaban paradas y alguien tenía que levantarse para encender la estufa, cuya llama podía apagarse antes del amanecer. A las seis empezaba la guardia frente a la tienda de víveres, de la que se volvía con una bolsa que el narrador, fiel al humor de su casa, llama medio vacía o medio llena. El abuelo paterno hacía parte de las compras y la abuela materna ayudaba con las tareas domésticas, de modo que el parentesco aliviaba una carga que quien vivía solo tenía que soportar por entero. Pocas páginas del libro explican mejor el alcance de la escasez, que se medía también en horas de sueño y en el tiempo que una familia debía invertir para obtener lo indispensable antes de que empezara la jornada de trabajo.
El olor de un jabón occidental, comprado a un revendedor por una suma desproporcionada, lleva a Matescot a reconstruir el trayecto de unos artículos que salían de las tiendas de hotel reservadas a los extranjeros y acababan en manos de compradores rumanos. Por otras vías circulaban los bienes que los trabajadores sacaban de sus propias fábricas, aquellas que, según la versión oficial, ya les pertenecían. La contradicción tiene la malicia de los chistes que se contaban en casa, pues el trabajador debía infringir la ley para disponer de una parte de lo que la doctrina declaraba suyo. Al seguir esos recorridos, las memorias descubren una capacidad de iniciativa y una solidaridad que la versión oficial de la economía apenas podía reconocer. El libro deja ver, asimismo, cuánto dependía esa vida paralela de conocer a la persona adecuada y de tener algo que ofrecerle a cambio.
De un camarero que llevaba vasos llenos hasta el borde, el ingeniero Eugen Iordachescu sacó la idea de trasladar iglesias amenazadas por las demoliciones de Ceaușescu. La bandeja le sugirió un soporte rígido que mantuviera el edificio en posición horizontal, y Matescot, que se había formado como ingeniero, describe el hormigón, los raíles y los cilindros hidráulicos con el entusiasmo de quien sabe lo difícil que era mover una iglesia entera a un metro por hora. Ese cuidado contrasta con las órdenes del dictador, que podía mandar a rehacer una obra porque había cambiado de parecer entre una visita y la siguiente. Al contar el traslado de Mihai Voda, el memorialista rescata una forma discreta de resistencia que dependía de conocer bien un oficio y de conseguir que otros colaboraran para salvar algo que el poder había juzgado prescindible.
La misma precisión se echa de menos cuando Matescot pasa de lo que vio en la plaza y de lo que le contaron aquella tarde a reconstruir las intenciones de los hombres reunidos en el palacio. Su idea de una revolución confiscada nace de una experiencia que transmite bien, la de quienes desafiaron al régimen en la calle y vieron aparecer en televisión, como dirigentes de la nueva Rumanía, a figuras vinculadas al poder anterior. La certeza con que les atribuye un plan común exige más pruebas de las que ofrecen sus recuerdos. Hay mayor complejidad en la escena del propio narrador ante el televisor, primero eufórico por la ejecución de los Ceaușescu y al día siguiente disgustado por la forma en que se había realizado. En esas horas, Matescot se ve obligado a examinar su propia alegría sin renunciar a la cólera de quienes habían sufrido bajo la dictadura, y el juicio que formula contra sí mismo resulta más penetrante que algunas de sus certidumbres sobre los demás.
La rivalidad entre Ion Iliescu y su primer ministro, Petre Roman, a la que Bálint Magyar y Bálint Madlovics prestan atención en La anatomía de los regímenes poscomunistas, introduce una dificultad en la interpretación de Matescot. Los autores sitúan a Rumanía entre las democracias patronales, donde la competencia electoral coexiste con redes de lealtad personal que se disputan el acceso a los cargos y a los recursos del Estado. La derrota de Iliescu en 1996 muestra el alcance que pudo tener esa competencia, aun cuando figuras y relaciones procedentes del viejo régimen siguieran pesando en la vida pública. Leída junto a ese análisis, la expresión «revolución confiscada» conserva la verdad de una decepción, pero explica de manera insuficiente cómo se dividieron los hombres que habían llegado juntos al poder y por qué pudieron perderlo en las urnas. Consultar el estudio
El joven que se había despedido en la estación del Norte con el deseo de dejarlo todo atrás regresa años después a Bucarest enviado por su empleador francés y admite cuánto le halaga la autoridad que le concede su condición de inversor occidental. Al mismo tiempo, llama salvaje al capitalismo que encuentra y observa que la privatización de grandes y medianas empresas favoreció a antiguos cuadros, a personas de su entorno y a compañías extranjeras. Su propia carrera le abre unas puertas que seguían cerradas para muchos de los que se habían quedado, y la franqueza con que admite el placer de volver en esas condiciones da al episodio una ambigüedad que falta en sus juicios más tajantes. En la casa de Cotroceni, al oír las campanas de la iglesia Elefterie junto con los ladridos de los perros, reconoce los sonidos de su adolescencia y descubre hasta qué punto seguía siendo suya la ciudad a la que volvía con las credenciales de un extranjero.
Para una Cuba que se piensa en el umbral de una transición, el legado de este testimonio biográfico empieza en la distancia que separa la alegría de volver a hablar en la plaza de la capacidad de intervenir en las decisiones que se toman después. La experiencia rumana invita a formular preguntas cubanas muy concretas sobre quién decidiría el destino de las empresas públicas, con qué reglas podrían participar quienes se quedaron y quienes emigraron, y qué garantías tendría la ciudadanía para fiscalizar a los nuevos gobernantes y sustituirlos mediante el voto. También importa que el cubano que regrese pueda aportar lo que aprendió fuera sin que su acceso al capital le conceda, de entrada, una voz más autorizada que la de quienes sostuvieron la vida cotidiana en la isla. El ingeniero que salva una iglesia, la abuela que reparte el trabajo de la escasez y los jóvenes que se atreven a hablar desde un balcón forman parte de la misma herencia. De que personas como ellas puedan decidir, pedir cuentas y hacer valer su experiencia dependerá cuánto de la libertad celebrada en la calle llegue a durar después de que se vacíe la plaza.
Mircea Matescot, Vientos del Oeste: Una juventud rumana. Unos y Otros Ediciones, edición Kindle. Ver el libro en Amazon


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