Materialismo trascendental

Violinista interpretando, banner en blanco y negro de Materialismo trascendental

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Por El Hombre invisible

Para Julio Fowler

El violinista ha terminado de tocar y durante unos segundos permanece con el arco suspendido, todavía sujeto a una concentración de la que tarda en salir, mientras el público guarda un silencio que también parece pertenecer a la obra. Después llegarán los aplausos, el saludo y las conversaciones, pero algo ha sucedido durante la ejecución que el músico quizá recuerde con mayor precisión que cualquiera de las notas. Podría decir que se olvidó de sí, que nunca había escuchado de aquella manera el instrumento o que sus manos encontraron una soltura que tantos ensayos no le habían asegurado. Su dificultad para describirlo merece nuestra atención, aunque resulte apresurado aprovecharla para introducir una presencia sobrenatural.

Me interesa buscar la trascendencia en esa experiencia del violinista, en lo que una persona llega a vivir gracias a una práctica que ha ocupado buena parte de su existencia. La palabra suele enviarnos demasiado pronto hacia otro mundo, hacia una región de la que esperamos explicaciones sobre cuanto nos desconcierta en este. Sin embargo, el músico ha permanecido sobre el escenario, con los pies en el suelo y el instrumento apoyado contra el cuerpo, mientras sentía que su manera habitual de estar presente había cambiado. Llamo aquí materialismo trascendental a una reflexión sobre esa posibilidad humana de salir de la relación acostumbrada con uno mismo, sin suponer que el cuerpo haya abandonado la tierra.

La aparente facilidad de sus manos puede hacernos olvidar los años durante los cuales tocar fue una sucesión de dificultades, desde la posición de los dedos hasta el control del arco y la obligación de escuchar una frase que todavía se resistía. El público recibe una ejecución de la que han desaparecido las horas de torpeza, las interrupciones del maestro y la obstinación del alumno frente a un pasaje que parecía imposible. Todo aquello sigue presente en su destreza, aunque ya no necesite recordarlo mientras toca. Buena parte de su libertad procede de ese trabajo que ha dejado de sentirse como esfuerzo en cada movimiento.

Durante el concierto puede ocurrir que la atención del violinista se aparte de la preocupación por su propia persona y quede entregada al desarrollo de la música, hasta el punto de que vigilar cada dedo entorpecería lo que sus manos saben hacer. Continúa escuchando, decide cómo prolongar un sonido y responde a los demás intérpretes, pero la ejecución tiene una continuidad que perdería si tuviera que deliberar sobre cada gesto. La frase «la música me llevaba» expresa algo de aquella vivencia, sin obligarnos a creer que una voluntad ajena se haya apoderado del instrumento. El músico encuentra en su propia actividad una libertad que no consigue producir a voluntad cada vez que la desea.

El éxtasis puede nombrar ese momento de entrega, siempre que tengamos el cuidado de preguntar qué ha sentido el intérprete y no deduzcamos su experiencia de una expresión facial o de nuestro entusiasmo como oyentes. Un violinista puede vivir una ejecución como un acontecimiento excepcional y otro, después de un concierto igual de conmovedor para el público, recordar sobre todo las dificultades que tuvo que resolver. La emoción de quien escucha y la vivencia de quien toca mantienen una relación que admite diferencias. También la palabra éxtasis pierde utilidad si acaba aplicada a cualquier actuación que nos haya gustado.

Buscaría lo trascendente en ese esfuerzo que llega a dar más de lo que el artista esperaba, en la práctica capaz de llevarlo fuera de sus preocupaciones habituales y de abrirle una experiencia que antes desconocía. Hay algo que merece ser pensado en ese salir de sí, pues la persona descubre hasta dónde puede llegar mediante unas capacidades que ha cultivado sin conocer de antemano todos sus resultados. Atribuir el acontecimiento a una respuesta llegada de afuera nos aleja demasiado pronto de las manos que lo hicieron posible. El misterio de una ejecución no desaparece por atender a su preparación, y los años de estudio tampoco explican por completo que aquella noche haya sucedido algo que faltó en tantos ensayos.

Ciertas explicaciones espirituales invocan la física cuántica en cuanto encuentran una experiencia difícil de describir, y uno termina por preguntarse qué añade esa referencia a lo que sabemos del violinista. Una emoción profunda acredita que alguien ha vivido una emoción profunda, pero haría falta otro trabajo para demostrar que procede de una conexión cuántica de la conciencia o de una energía universal. Las palabras pueden sonar convincentes y dejar intacta la pregunta. Quien propone semejante relación tendrá que explicar cómo la establece y qué pruebas ofrece, pues el nombre de una ciencia no resuelve las dificultades de una afirmación que busca amparo bajo su prestigio.

La física cuántica tiene sus propios procedimientos de investigación, y sería absurdo desacreditarla con el argumento de que nosotros nunca hemos experimentado de forma consciente los fenómenos que estudia. Gran parte de nuestro conocimiento procede de observaciones y comprobaciones que otras personas han realizado con instrumentos que tampoco sabemos utilizar. El reparo corresponde al uso de ese saber fuera de las condiciones que sostienen sus afirmaciones, cuando basta pronunciar «cuántico» para dar por explicada una intuición sobre el alma. La pregunta sigue pendiente después de pronunciar la palabra, del mismo modo que el violín continúa sobre la mesa después de que alguien lo declare un receptor de vibraciones cósmicas.

La confianza en una región superior de la que vendría la belleza introduce una dificultad parecida, puesto que explica lo que conocemos a medias mediante algo sobre lo que sabemos todavía menos. El violinista puede creer que Dios lo acompañó durante el concierto y reconocer en esa creencia una parte de su vida, pero su convicción no demuestra por sí sola la intervención divina. Tampoco quien escucha tiene derecho a declarar resuelto el asunto en sentido contrario. Podemos examinar una experiencia corporal, escuchar el testimonio de su protagonista y discutir las explicaciones que propone, con la paciencia de admitir que comprender algo suele exigir más tiempo que encontrarle un nombre.

Una lectura materialista tendría poco interés si se limitara a recordar que el músico posee músculos y nervios, como quien supone haber explicado una novela después de señalar el papel sobre el que está impresa. Importan el cuerpo que ha aprendido, las personas que lo enseñaron, las obras que estudió y las circunstancias de una interpretación que ocurre ante otros. La descripción de las vibraciones de una cuerda responde a ciertas preguntas, mientras la historia de ese violinista y la escucha de sus compañeros responden a otras. Ninguna necesita despreciar a las demás para reclamar su lugar en lo que intentamos comprender.

El público añade algo que el intérprete nunca domina por completo, pues cada persona recibe la música desde una vida que él desconoce. Alguien recuerda a un muerto, otro reconoce una melodía de su infancia y otro escucha por primera vez una obra que conservará durante años, mientras el violinista sigue ocupado en resolver la frase que tiene delante. Su ejecución alcanza experiencias que jamás podrá conocer una por una. También puede buscarse la trascendencia en esa capacidad de una actividad humana para exceder la intención de quien la realiza y continuar en la memoria de otros.

La expresión dios del momento, que Hermann Usener estudia en Nombres de los dioses, ofrece una metáfora para pensar la aparición del violinista ante ese público. La aplicación al artista pertenece a esta lectura, pues nos ayuda a nombrar la autoridad fugaz de un hombre que, después de años de estudio, suscita una atención capaz de reunir a desconocidos y suspender sus preocupaciones. Su divinidad pertenece a esa hora, al sonido que sus manos producen y a la emoción de los presentes, sin que haga falta atribuirle una naturaleza sobrenatural. Quienes escuchan reconocen una capacidad humana llevada hasta un grado que despierta asombro, mientras el propio músico quizá siente que su ejecución ha rebasado cuanto esperaba de ella.

La metáfora conserva su fuerza mientras recordemos que ese dios necesita afinar el instrumento, cuidar sus manos y someterse a una disciplina que tampoco le garantiza la plenitud de cada concierto. Su aparición depende de circunstancias que nunca domina por entero, incluida la disposición de quienes escuchan, y por eso su poder tiene la fragilidad de las cosas que suceden una vez. Nadie podría exigirle que repitiera al día siguiente la misma emoción, aunque ejecutara la misma obra sin un solo error. Hay noches en que la destreza permanece intacta y, sin embargo, el músico siente que aquello que buscaba no llegó a ocurrir.

El aprendizaje, los cantos y la participación de los demás forman parte de una experiencia cuya interpretación religiosa no puede deducirse del caso del violinista. La semejanza ayuda a preguntar por lo que sucede antes, durante y después, aunque sería un error concluir que todos viven lo mismo bajo nombres diferentes. Cada testimonio exige ser escuchado dentro de la vida a la que pertenece.

La última nota señala el término de aquella soberanía, pues el violinista baja el arco, siente el cansancio del brazo y vuelve a ser el hombre que tendrá que guardar su instrumento y regresar al ensayo. Algo de su condición de dios del momento permanece en quienes lo escucharon, mientras para él comienza la tarea de reconocer qué ha vivido y qué puede aprender de ello. La experiencia excepcional no lo dispensa del trabajo ni le asegura otra noche semejante, aunque pueda dejarle una confianza nueva o una pregunta sobre su manera de tocar. El recuerdo entra en la vida ordinaria y empieza a ser parte de ella.

El materialismo trascendental que propongo se detiene ante esa posibilidad de una vida corporal que, mediante el ejercicio y la relación con otros, llega a experiencias que antes no estaban a su alcance. Me parece más fecundo buscar lo trascendente en lo que el artista hace y vive que atribuir su entrega a una respuesta exterior cuya participación nadie ha demostrado. El último sonido ha cesado y alguien entre el público permanece en silencio, todavía ocupado por lo que acaba de escuchar. Tenemos bastante que pensar en lo sucedido entre ambos antes de dirigir la mirada hacia un lugar donde ninguno de los dos ha estado.


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