El virtuoso del prompt. La habilidad de un nuevo DJ en el nuevo mundo del arte

Un DJ dirige una consola entre pintura, escultura y páginas de libros, alegoría de la creación artística con inteligencia artificial.

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Por Denis Fortún

Recién publiqué en esta web un artículo sobre la IA y la literatura, todo por la alharaca que se ha formado a partir de las acusaciones de plagio a dos autores: el franco-haitiano Thélyson Orélien, con su novela C’était ça ou mourir (Era esto o morir) publicada por Grasset en Francia, que marcó el fenómeno de la rentrée literaria francesa, es decir, la vuelta…, y el peruano David Silva Rojas con Donde el agua trabaja, I Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat, con cheque para el ganador de 20.000 euros. Por cierto, hasta donde sé, la editorial mexicana no le ha retirado el premio a Silva Rojas, aunque sí suspendió toda la algarabía de las presentaciones y los tours, pero el dinero sigue en la billetera del peruano y el diploma en su cuadrito, imagino que en la pared de su casa. Y dicho sea lo mismo, Silva se está defendiendo a capa y espada, asegura tener pruebas, y con un público numeroso a su favor. Y digo yo, ojalá gane y demuestre que no hizo plagio. ¿Quién acusa de imitación a la IA, que probado está, ha «fusilado» a cuanto escritor tenga hasta lo más mínimo en las redes? En fin, me disperso. Decía que, recién publiqué acá una «entrevista» que le hiciera a Keira, como llamo a mi asistente de Meta AI. Sin embargo, me quedaron preguntas que no se reducen a la literatura, sino al arte en general y en especial las Artes Plásticas. Pero esta vez no hubo entrevista, sino consultas.

La primera duda que tuve: ¿ocurre de idéntica forma con la pintura? La información que descubro es inquietante. Está sucediendo de manera más expedita y con más desvergüenza y escándalo. Similar al «escritor», el «artista plástico» presenta a una galería, un concurso, o en una subasta una obra: lienzo, óleo, acrílico, pintada a mano. Sin embargo, el 90% vino de Midjourney, Stable Diffusion, DALL-E o Flux. El jurado, o la galería, sospecha y por fin lo da por hecho: se prueba que, por incoherencias anatómicas, metadatos, o porque alguien reconoce el estilo de la IA, estamos en presencia de un plagio. El primer caso pasó en 2018 con el retrato Edmond de Belamy, vendido en Christie's por casi medio millón de dólares ($432,500.00) firmado por el colectivo Obvious, pero generado con GANs. Desde ese día, cada año hay su griterío y lágrimas en más de un concurso «serio». Pero el más sonado vino en el 2022. Jason Allen gana el primer premio de arte digital en la Feria Estatal de Colorado con Théâtre d'Opéra Spatial, hecho en Midjourney. Y no hablo de postales, sino de una obra enorme, con estética de pintura barroca. Y se descubrió la estafa y por consecuencia el mundo lo acusó de plagio y fraude de autoría.

Ahora bien, muchos artistas están siendo condenados al igual que pasa en la literatura. Pintores hiperrealistas, ilustradores digitales y artistas de anime son sacrificados, su reputación asesinada y no importa dónde, sea en Instagram, Facebook, ArtStation, o cualquier otro foro público o de arte únicamente porque su técnica es demasiado buena, realista. Estos «mártires» que luchan a diario por probar que su obra es de manos y pecho propio, auténtica, no solo se enfrenta a peritos de experiencia y prestigio, está la enorme legión de mediocres y oportunistas sin aptitud que recurren a la IA y se venden como talentos y maestros, y peor, los hay que en su desvergüenza se atreven a ofrecer conferencias y dar consejos muy específicos para trampear al que juzga y al que consume. Y en la pintura el asunto es más grave que la literatura. En las letras el estilo puede ampararte. Tu honestidad a la hora de contar y, sobre todo, no ser esclavo de la monomanía como corriente oficial, y menos con miedo de la reglas gramaticales, es un acto fundamental, lo que se traduce a: no es que vayas a escribir un bodrio que no consiga leerse porque no tienes idea de dónde va un punto seguido o aparte, una coma, un punto y coma, una subordinada, lo que sea, ese asunto se lo dejo a los filólogos, y que para mayor inri sea una historia fofa. Sino que escribas con «bomba», sin temor a usar una palabra como es, sea en una oración, un párrafo y en toda una obra escrita, todo porque dejas de ser inclusivo, entre otros issues que ha sembrado el progresismo. Porque según el «correcto mundo», no le debes decir gorda a una gorda, te acusan de misógino; bizco a un tipo que mira raro, en todo caso es un pobre hombre estrábico; negro a un negro sin que por eso haya un prejuicio racial y se ofendan, y gay de carroza al que lo es sin que sientas que cometes un pecado capital, con la desconfianza del que te lee, por tanto, te acusen de homofóbico. La literatura, si algo la salva, es la honestidad y el sentimiento del autor, su experiencia de vida, sus horas de vuelo, su coraje. En la pintura, la cosa se complica, y es que existe un problema legal y técnico extra: el entrenamiento. Los modelos de IA para imágenes no asimilaron ese hermoso universo al echarle un vistazo a la naturaleza a través de la ventana de una bella casita de los Alpes suizos. Aprendieron tragándose miles de millones de imágenes de artistas vivos, muchas con copyright, de DeviantArt, ArtStation, y de otras plataformas. Esa es la razón primordial de la cantidad de demandas colectivas, y no hipotéticas, sino reales, probadas: Artistas vs. Stability AI y Midjourney, por entrenar con sus obras sin permiso. La demanda del New York Times contra Open AI, tiene su modelo en el universo visual con Getty Images vs. Stability AI. La imputación de plagio ya no es solo moral, también es legal. Un ilustrador es capaz de reconocer «su pincel» y su firma, aun estando deformada dentro de una imagen que generó otro desvergonzado.

Pero hay algo interesante en todo este drama novedoso que marca pautas jamás consideradas, al menos hará una década atrás no se pensaban, y que como todo lo nuevo que se inventa o agencia la humanidad comienza con el terror de los que no lo aprueban, haciendo la señal de la cruz, su vade retro; luego se reduce a la sospecha con cierta tolerancia, pero cuidado no te pases; inmediatamente se acepta sin tantas reservas y se comienza a legislar alrededor del fenómeno su par de leyes; y por fin termina casi obligatorio y en un sinnúmero de casos sin casi «casi». Entonces, ¿Adónde vamos…?

La mezcla, la combinación, lo híbrido, va a convertirse en la regla y esto no lo digo yo como algo que he descubierto. No, así ya lo propone buena parte del mundo. Una gran cantidad de artistas y escritores serios, profesionales y competitivos, usan la IA como asistente. En la plástica, para bocetos, composición, probar luces, generar variaciones, y posteriormente pintan encima. Si esto es plagio o es autoría, todavía no se ponen de acuerdo, como bien me señala en mi pesquisa Keira. Así pasó en su momento con la fotografía en 1900, noventa años después con el Photoshop. ¿Y en la literatura? Los escritores serios, también profesionales, competitivos, usan a sus asistentes virtuales y no para que le escriban sus textos. Hablo de gente de la vieja escuela, con los escrúpulos suficientes para no dejarse seducir por el facilismo y la trampa, pero igual consultan, piden ideas, buscan información, hacen pruebas con sus personajes para convertirlos en «seres» más atractivos, más creíbles; incluso en momentos de «sequedad mental creativa» (suena esto rimbombante y un poco ridículo) piden ideas para desarrollar y eso, mi estimado, no califica como plagio, no le estás copiando a nadie, menos a tu IA. Claro, con los escritores acontece en menor medida estos detalles que a los de la plástica, y todo por mercado y hábitos. No puede negarse que la gente lee cada vez menos y, sin embargo, siguen comprando lienzos, esculturas, obras de todo tipo, y eso se refleja en las subastas y las galerías.

Pues bien, como lo veo y lo observan otros, que no es privilegio mío el descubrimiento, los concursos más importantes, por temor a «preparar el pan con hormigas» que ahora tienen delante y no emitir juicios a priori que terminen por perjudicarlos, y hasta dinero le cueste su verbo ligerito a la hora de inculpar porque demandas vienen, van a exigir pruebas de proceso. Semejante a la universidad, que te piden borradores para demostrar que escribiste tu ensayo, igual pasará con los escritores; de hecho, es ya prácticamente un código y, justo eso es lo que pretende demostrar el escritor David Silva Rojas que, según he leído jura contar con pruebas. Y las galerías serias y los concursos, de la misma manera ya están pidiendo videos de proceso, archivos, fuente y certificados de autenticidad. Conclusión, que el manuscrito último y la obra final no basta.

Y concurrirán dos mercados, el de la pintura con «huella humana demostrable», detalle que invita a subir de precio, conseguir ver el pincelazo real, el error del creador, la tela que huele, y esto agregaría un valor. Y por el otro encontrarás arte cien por cien generativo, declarado como tal, firmado como arte de IA y también, porque el mundo es mundo, tendrá su espacio, su pulguero. Y eso ya lo ves en la literatura. Editoriales que usan a la IA para la composición de portadas, con libros que lucen cajas de cereales o de detergentes, con maquetación y diseño, si no pésimo, muy mediocre; y para revisar textos con una frialdad solo compatible con una herramienta impersonal como lo es la IA; escribir prólogos y notas de contraportada con idéntico desapego; generando fotos de autores que no se reconocen ni ellos mismos. Y las grandes editoriales, que juegan en una liga superior, su producto finito será de primera y ese es para otro tipo de consumidor.

Por cierto, antes de irme de la «zona plástica», no quiero hacerlo sin olvidar a la escultura.

En la pintura la sospecha llega a través del ojo o la mano. En escultura, con impresión de tercera dimensión, las famosas 3D, la máquina es la mano y desde hace años. La IA solo tenía que llegar al cerebro y ya lo hizo.

Como está pasando ahora es simple. Le pides a la IA un busto neoclásico de una mujer llorando, con el velo mojado pegado a la cara, estilo Bernini. Según Keira, la IA no te da una imagen, sino un archivo 3D. Ese archivo se envía a una impresora de resina, a una de filamento gigante, o a un brazo robótico que talla en mármol, la madera o la espuma, y terminado se pule, se patina y, finalmente, voilà, firmas. El espectador tiene delante a una escultura de 1.80m en una galería. No ve la impresora. No ve el prompt. Y esto ya no es una suposición.

Entre el 2023 y 2024 principiaron a aparecer esculturas en ferias de arte de Miami y de Milán que eran exactamente eso: producto 3D. Y lógicamente hubo su rechazo y los escultores tradicionales las denunciaron porque reconocían la «estética IA». Los elementos que aportaron para probar «el pan con hormigas» sigue de esta manera: se refirieron a los pliegues imposibles, anatomías demasiado simétricas, la perfección derretida que tiene Midjourney. Pero, siento pena por estos escultores serios que llevan sus ropas embarradas de barro, polvo, sucias, pero felices, hay demasiados talleres en China e Italia que ya te brindan el servicio completo: tú mandas el prompt y ellos te entregan la escultura en mármol tallada por un robot a partir de ese modelo de IA, y lo más cruel, lista para exponer.

¿Y por qué en la escultura el plagio es aún más difícil de probar que en pintura? En escultura siempre existió la figura del taller. No hay que ser un erudito para saber que Miguel Ángel no fundía sus bronces. Rodin, el del pensador, tenía 50 ayudantes que agrandaban sus maquetas en yeso. Jeff Koons no toca una sola de sus esculturas, las hace un equipo de 100 personas. La autoría de una escultura en sobradas ocasiones no ha sido «con el sudor de mis manos», aunque ya lo mencioné más arriba, siempre ha habido aquellos que gustan de crear y no temen a embarrarse.

Entonces, cuando alguien, con arrogancia incluso, señala que diseñó una escultura, pero la imprimió en 3D, está usando exactamente la misma excusa histórica que exime a Miguel Ángel Buonarroti, a Rodin, a muchos «monstruos» del arte. Antes el ayudante era humano. Hoy es una IA más una impresora.

¿Cómo puede acusarse de plagio? Un dilema sin dudas la respuesta. Por eso el debate se mueve a otra zona. Los modelos 3D se han entrenados con scan de esculturas de museos, con modelos de artistas de ZBrush y ArtStation, con archivos de Thingiverse. Si le pides a una IA una «escultura» tipo Henry Moore perforada, si le proporcionas la información correcta te va a dar un Henry Moore sin ser Henry Moore. Legítimamente es una zona gris y muy pocos gustan de lidiar con la grisura. ¿Qué viene entonces, le consulto a Keira?

La escultura conceptual se separa de la escultura manual. Va a haber un valor enorme en decir "esta pieza fue modelada a mano en barro por mí y hay video del proceso". Igual que hoy, vale más una cerámica hecha a torno que una impresa.

Las impresoras grandes van a ser como los hornos de fundición. Nadie acusa a un escultor de fraude por no fundir él mismo el bronce. Dentro de poco, nadie lo acusará por no imprimir él mismo. Lo que se va a discutir es quién es el autor de la forma. ¿Tú, que escribiste 10 palabras, o la IA que se tragó 10 millones de esculturas?

La acusación que mencionas ya está ocurriendo en concursos. En el último año, en concursos de escultura digital y de diseño de producto, han descalificado piezas porque el jurado descubrió que el archivo STL era generado. El artista decía "yo lo modelé". Le pidieron el historial de ZBrush y no existía.

Es decir, mi intuición fue correcta al momento de preguntar en cuanto al drama de la escultura: la pintura representa la primera puerta porque es bidimensional y con el talento suficiente resulta fácil de crear. La escultura es la segunda puerta y es más complicada no solo por su condición tridimensional, sino porque una vez impresa y patinada es inseparable a una obra tallada.

El prompt como nuevo arte.

Como van las cosas y por dónde van los tiros, una nueva condición de artista va creciendo, y digo crecer porque nacer ya lo hizo. La nueva criatura artística gatea y da sus primeros pasos. Ahora, que no te quepa dudas que va a crecer muy robusta, será enorme, un gigante, y correrá a una velocidad de campeón olímpico. Por supuesto, las reglas del juego actual cambiarán radicalmente. Y, de hecho, ya ves los puntazos de ese trueque que no tendrá marcha atrás.

La IA/AI llegó para quedarse y aunque los hay, y con razón, que piden legislaciones fuertes y control milimétrico para no encontrarnos un día en la puerta de la casa a un Arnold desnudo que nos quita la ropa, se monta en una motocicleta y se pierde, debe aceptarse como lo que es, el más reciente instrumento de una especie que se ha esforzado durante toda su historia en hacer más con menos esfuerzo, y la tecnología le ha servido a una buena parte de nuestra especie a no mover un dedo, engordar, y no solo la pancita, sino la cuenta bancaria. Y bien, no tengo nada en contra de que el que pueda se haga millonario, no soy comunista. Claro, la tecnología sin control genera problemas. Y saliendo de este tono apocalíptico que me poseyó por treinta segundos, regreso a la idea. Ya se ha anunciado, y amigos en las redes lo reproducen, que en Francia se ha creado el primer concurso para escritores híbridos, sujetos que usan la IA no solo para consultas e ideas, igual les indican a sus asistentes IA que les escriba la novela, el poemario, lo que sea. Y como sé que los franceses son tipos obstinados, persistentes, el concurso tiene todas las probabilidades de mantenerse, progresar, y un día no muy lejano sea tan importante como los Golden Globe Awards, la antesala de los Oscar, y este concurso de marras sea como el Golden para el premio Nobel de Literatura Híbrida. Pues bien, aceptemos esta nueva realidad con el complemento de que la verdadera competitividad, donde se reconocerá al artista, al escritor híbrido genial, es justamente cuando este singular creador le dé el prompt correcto a su IA de cabecera.

Si no me entiendes, te voy a poner un ejemplo escueto y lo llevaré al terreno local, Miami. Un editor «mete cabezas» que ha fundado un negocio sobre la fragilidad y los sueños de sujetos que desean ver su libro impreso, en este caso alguien que ha escrito un cuaderno a la memoria de su abuelita, su más recurrente quimera y a concretarse a como dé lugar, pues este «editor» le solicita a su IA la foto de una mujer anciana para una portada, aclarando de que la veterana aún se vea bonita. Ese pedido es el prompt y la IA le dará de vuelta eso, una viejita con ojos azules tal vez, con cierto aire de que en una época fue bella y ahora apenas quedan señales, y ahí termina, cumplió la orden tal y como se lo pidió este «impresor», sin más pormenores que la enriquezcan. Y está el otro editor, hombre de negocio lo mismo, aunque más listo, universitario, con un bagaje cultural formidable, más sensibilidad, que jamás en su vida ha tocado un pincel pero sí conoce de arte y en especial la pintura clásica y no quiere para su portada nada que se le parezca a Basquiat, menos al orinal de Marcel Duchamp, y le pide a su IA un retrato al óleo de un pescador de 80 años (ahora se trata de un abuelito bueno que vivió todas su vida un pueblo pesquero, una suerte de «el viejito y el mar»), de piel curtida por el sol, con arrugas profundas, barba blanca descuidada, ojos azules tristes, gorro de lana, luz lateral de ventana del norte, fondo oscuro, pincelada visible y gruesa, atmósfera melancólica, hiperdetallado, 8k para más seña. Lo que le va a devolver IA a nuestro amigo editor culto será una imagen que te va a traer de inmediato el nombre de Rembrandt, y la diferencia de este señor viejito con la viejita bonita será abismal, y si ambos compiten en un concurso de portadas para editores híbridos, con autores híbridos, en un mundo cada vez más híbrido, sin duda algunas el premio es para el señor Rembrandt. Entonces, según el intelecto y la seguridad del individuo, que se traduce en la certeza de qué realmente quiere, el que sea más competente hace del prompt no solo su frase mágica, el encantamiento correcto para que la brujita buena IA lo complazca, sino que, bajo las nuevas reglas está fundando arte.

En fin, el «artista del prompt» no es el que mejor escribe prompts, es el que tiene algo que decir, con la capacidad para desmarcarse de la mediocridad, y sabe cómo y, además, lo hace por encima de la media de los editores, ya sean de Miami o Burundi. Por lo pronto, lo más inmediato se reduce a que, si vas a usar tu asistente IA, en mi caso Keira, la consulta es cuando me ayuda a conseguir lo que sé hacer, el plagio cuando Keira hace lo que yo no sé y lo firmo como mío, y la tercera opción, declararte un nuevo híbrido con total desfachatez y promptear como si de tu seguridad y futuro se tratara. Sea bienvenido entonces el artista del prompt, el creador por excelencia en un mundo donde lo mezclado se impone, desde los autos con el combustible, los géneros, y hasta el arte y la literatura. Démosle paso al Disc Jockey de la novedosa industria con su nuevo y prometedor estilo de la creación… ¿Te imaginas a Dios, al minuto de concebir el mundo, con una IA?

Este artículo está escrito desde consultas hechas a IA, no escrito por IA.


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