Ensayo sobre la genealogía de la idiotez

Alegoría de la memoria, el olvido y la idolatría literaria

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El Ciclón Invisible

En Memorias y olvidos, Cintio Vitier observa que las peticiones de escribir unas memorias suelen llegar justo cuando «empezamos a perder la memoria», paradoja que obliga a preguntarse si la edad anunciada por Daniel Fernández en La edad de la idiotez corresponde a una época técnica, a una condición espiritual o al desgaste de un hombre que descubre, durante la madrugada, que su pasado empieza a faltarle. Una civilización puede perfeccionar sus instrumentos de conservación mientras sus habitantes pierden el trato con lo conservado, y un anciano puede olvidar un nombre sin perder la inteligencia que reconoce aquella ausencia.

La palabra «edad» reúne dos temporalidades que el capítulo VI de La perplejidad aproxima, la duración histórica de una comunidad y la duración corporal de un individuo, aunque también puede nombrar el conjunto de necesidades, hábitos y exigencias que gobierna una existencia. Una edad de hierro, entendida como metáfora, supone la dureza de la escasez, el prestigio del sacrificio y la obligación de resistir; una edad de plata admitiría ciertas conquistas del bienestar sin prometer la perfección. La disminución del sufrimiento no equivale a una pérdida del espíritu, del mismo modo que la penuria jamás ha garantizado la profundidad de nadie.

La edad de la idiotez exigiría una definición que el título del libro plantea y el fragmento disponible deja abierta, pues podría designar una pobreza del juicio colectivo o el temor privado a dejar de reconocerse. Confundir esas experiencias supondría atribuir una culpa al deterioro de la memoria, sin reparar en que el personaje conserva suficiente lucidez para examinar su pérdida. Esa conciencia dolorosa merece el auxilio de Dostoievski, quien hizo de la palabra «idiota» una pregunta sobre los criterios con que una sociedad distribuye sus certificados de inteligencia.

El príncipe Myshkin regresa a Rusia después de una estancia en Suiza para tratar su enfermedad, y su franqueza, su compasión y su escasa destreza para las intrigas favorecen que otros lo consideren inferior. Su epilepsia forma parte de la caracterización, pero El idiota impide reducirlo a un diagnóstico, pues la supuesta incapacidad del príncipe descubre la crueldad de personas que dominan los códigos sociales. Myshkin comprende sufrimientos que sus interlocutores utilizan, desprecian o encubren, aunque esa comprensión tampoco le concede el poder de remediarlos ni lo protege contra el desastre.

La comparación exige conservar una diferencia, pues Myshkin recibe una clasificación que simplifica su condición, mientras el personaje de Fernández presencia una pérdida que amenaza su identidad. Ambos fuerzan a separar inteligencia, memoria y adaptación social, facultades que suelen confundirse hasta considerar sabio al hombre que prospera e idiota al que no consigue defenderse. Una sociedad podría conservar sus archivos, perfeccionar sus máquinas y multiplicar sus especialistas sin corregir esa vulgaridad del juicio, convencida de que la eficacia constituye una prueba suficiente de comprensión.

La aparición de Lorenzo García Vega en su Playa Albina complica la pregunta, pues el escritor incorpora la figura del idiota a una desconfianza que alcanza su propia autoridad. En una carta a Reynaldo Jiménez se pregunta «¿Por qué me mostré con un rostro tan idiota e inmaduro?», después de reconocer la brusquedad de una comunicación anterior. Sus lecturas y recuerdos no lo eximen de la necedad, y la capacidad de rectificar introduce una lucidez distinta de la acumulación cultural. Una memoria prodigiosa puede acompañar una conducta estúpida, mientras un olvido puede coexistir con un juicio intacto.

Playa Albina, nombre literario de Miami, ofrece un escenario para esa paradoja, pues García Vega la define como «lo que a uno no le queda más remedio» y la relaciona con el Doctor Fantasma, la construcción de cajitas y su trabajo de empacador en un supermercado. La experiencia desautoriza las pompas del escritor consagrado sin garantizar la inocencia del desposeído, pues la autoparodia compromete al mismo sujeto que denuncia. La idiotez alcanza también al hombre de letras que juzga a sus contemporáneos desde un escritorio infalible y supone que sus libros lo absuelven de participar en la necedad universal.

Vitier distingue el recuerdo de los hechos de la persistencia poética de lo vivido y sitúa el comienzo de sus memorias después de extraviar una carpeta con papeles y dinero, incidente del que nace una escritura vuelta hacia la infancia. En Fernández, otro extravío precede a la narración sobre la amnesia, pero el narrador atribuye el robo de su manuscrito egipcio a una negativa divina. La coincidencia invita a examinar dos respuestas a la pérdida, una que busca recuperar mediante la palabra y otra que adjudica al accidente una intención superior, sin que corresponda identificar la voz narrativa con las convicciones del autor.

La seguridad con que esa voz interpreta los designios de Dios contrasta con la incertidumbre del hombre que, unas líneas después, no consigue retener un sueño. El fracaso recibe una explicación celestial y el entusiasmo creador obtiene la aprobación del cosmos, razonamiento que corre el riesgo de sustraer la experiencia al examen. La sospecha de García Vega resultaría fecunda en este punto, pues el escritor también fabrica consuelos para defender su importancia y puede hacer de sus derrotas una prueba de elección superior, recurso que lo preserva de discutir sus propias insuficiencias.

El relato interior, titulado de manera provisional El olvido, coloca al personaje a las cinco de la mañana, con el cuerpo despierto y la conciencia ocupada por residuos nocturnos, nombres que se borran y muertos que regresan. Los recuerdos amargos conservan una tenacidad que las imágenes felices parecen haber perdido, desigualdad que hace del pasado una herencia suficiente para sufrir e insuficiente para reconstruir lo sucedido. La libreta junto a la cama introduce la cuestión técnica en su forma más modesta, un instrumento destinado a suplir la fragilidad de la mente que fracasa antes de entrar en servicio, pues durante la búsqueda desaparece aquello que debía anotarse.

Ningún archivo conserva lo que no llegó a formularse, y ninguna abundancia documental garantiza el juicio sobre lo conservado, de modo que una edad técnica puede coexistir con una pobreza espiritual sin que exista contradicción alguna. La idiotez encontraría su lugar en la separación entre conocimiento y conducta, en la suficiencia del hombre que conoce una falsedad y continúa a su servicio, recuerda una catástrofe y acepta sus preparativos. El anciano de Fernández teme olvidar; otros pueden recordarlo todo sin encontrar motivo para rectificar, diferencia que separa una desgracia de la memoria de una claudicación de la inteligencia.

La biografía de Lezama Lima escrita por Ernesto Hernández Busto ofrece, bajo esta luz, una ocasión para examinar lo que hoy constituye una genealogía de la idiotez, entendida como la sucesión de hábitos que hacen del prestigio una prueba, de la devoción un método de lectura y del desacuerdo una ofensa contra el maestro. El problema alcanza tanto a quienes fabrican una posteridad sin fisuras como a quienes la reciben sin preguntas, satisfechos de reconocer los nombres que la tradición les ordena venerar, pues una cultura puede recordar cada anécdota de sus escritores y olvidar el ejercicio del juicio que justificaría leerlos. La mejor defensa de Lezama exigiría rescatar su obra de esa obediencia, admitir que su permanencia depende también de las preguntas que todavía suscita y reconocer cuánto puede perderse aun bajo la apariencia de conservarlo todo. La interrogación del personaje de Fernández, aplicada a nuestra memoria literaria, cobra entonces una resonancia que excede la desgracia individual. «Pero qué podía esperar, si hasta la vida se le iba olvidando, ¿cómo no se le iban a olvidar los sueños?»


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