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Por El Ciclón Invisible
Una bocanada de humo de tabaco basta, en la portada, para cubrir a Cuba con la sombra de un hombre que parece haber obtenido, además del gobierno, la propiedad del aire. El ilustrador le atribuye la facultad de oscurecer un país sin otra fatiga que la de fumar, privilegio al que habría que sumar los aplausos del público que celebra la claridad de su pensamiento. Alfredo Triff se ocupa de lo que el dibujo deja sin explicar, pues la exhalación de un hombre no basta para mantener a un país en la oscuridad durante décadas, ni su muerte trae la claridad que tantos esperaban.
Abrir los ojos del pueblo fue una de las promesas de la Revolución, que acabó por exigir a los cubanos una descripción entusiasta del paisaje que les impedía ver. A despejar la niebla se le llamó traición, y a soportarla, conciencia revolucionaria, con lo cual el gobierno obtuvo algo más duradero que una obediencia impuesta por la fuerza. Triff pregunta cuánto participa el ciudadano en la conservación de aquel orden y discute las explicaciones que lo absuelven de antemano.
Quien abra ¿Por qué el pueblo cubano (aún) apoya al castrismo? deberá pronunciarse, antes de llegar a Cuba, sobre la interseccionalidad, el privilegio blanco, la masculinidad tóxica y hasta los pronósticos del clima. Triff sospecha que varias controversias occidentales pertenecen a una familia conocida, cuyo apellido marxista habría desaparecido de las tarjetas de visita sin renunciar a sus derechos sobre la casa. Su condición de exiliado del Mariel explica la vigilancia y también la impaciencia con que reconoce, tras un vocabulario de emancipación, procedimientos que conoció sin necesidad de estudiarlos en una universidad.
«Aún» figura entre paréntesis, con la discreción de una aclaración prescindible, pero presupone que hubo apoyo y expresa el asombro del autor ante su persistencia. Algo tendría que haberlo interrumpido, según la expectativa que sostiene la pregunta, y ese algo sería el descrédito de las promesas, la pobreza o la experiencia del abuso, razones que al lector pueden parecerle suficientes para retirar una adhesión. El adverbio enfrenta así el tiempo transcurrido con una ruptura esperada que no llega, pero deja sin resolver si permanece la fe del partidario, la conducta del dependiente o la obediencia del amenazado. Quitar el adverbio cambiaría la pregunta, que dejaría de pedir cuentas por una adhesión más duradera de lo esperado.
¿Qué pueblo apoya al castrismo? Hablar de «el pueblo cubano» supone una unidad que la pregunta debería examinar antes de darla por cierta, pues Cuba reúne experiencias, intereses y formas de hablar que no componen una voluntad común, por mucho que el discurso oficial les atribuya una sola voz. Triff escribe «Para los efectos de nuestra discusión, masa y pueblo son la misma cosa», equivalencia que reúne bajo un solo nombre conductas cuya diferencia importa. Hay varios pueblos en aquella población, separados por su relación con el poder, por los recursos que poseen y por el precio que pagan al disentir, diferencias que atraviesan incluso una misma familia. Tampoco el rechazo al castrismo les proporciona un acuerdo sobre el país que desean, de modo que la fragmentación alcanza tanto a la obediencia como a la oposición. El propio autor reconoce que esta última «todavía no se proyecta como una comunidad por sí misma». Con esa salvedad, el libro admite la dispersión que su pregunta inicial apenas deja ver.
El autor precisa que el apoyo del pueblo «no significa apoyo consumado ni absoluto», reserva que obliga a leer el título sin atribuirle una unanimidad que el texto niega. «Aún» presupone, sin embargo, que un mismo sujeto conserva una adhesión a lo largo del tiempo, sin aclarar si permanecen sus convicciones o si cambian las personas, los motivos y las condiciones de su conducta. Quizá la continuidad pertenezca al aparato que gobierna y consigue aprovechar aquella dispersión, mientras la pregunta se la atribuye a una comunidad cuya unidad política todavía necesita demostrar. El régimen habla en nombre de todos; and yet, la crítica corre el riesgo de aceptar esa representación si toma su voz por la voz del país.
Falta precisar, además, mediante qué actos se expresa el apoyo, pues creer en el régimen, obtener provecho de sus instituciones y obedecer por miedo al castigo no comprometen a una persona del mismo modo. La misma asistencia a un acto puede procurar ventajas a un funcionario y evitarle una sanción a un empleado, sin que ambos dispongan de idéntica libertad para quedarse en casa. Presos políticos, disidentes y ciudadanos que rechazan el sistema también pertenecen a la población que el título reúne en una adhesión, y su existencia exige revisar la premisa antes de buscarle causas. El castrismo puede durar sin obtener el consentimiento de toda la población, in other words, conservar el mando no equivale a conservar la adhesión.
De aquella juventud durante los años grises conserva el recuerdo de una educación que desacreditaba el pasado, repartía a la población en bandos enemigos y exigía sacrificios para conjurar las desgracias del porvenir. Ahora cree reconocer tales hábitos en la política estadounidense y escribe con el apremio del exiliado que se niega a presenciar otra vez la misma historia. Escuchamos al testigo con atención, sin aceptar que la memoria resuelva por sí sola el parentesco de los proyectos comparados, que han de juzgarse por sus prácticas y por las consecuencias de sus propuestas.
«Primero está la realidad, después la idea de la realidad y finalmente, la idea de la idea. No perdamos esto de vista, porque aquí se origina la acción.»
Un cuco deposita su huevo en un nido ajeno, y la fábula le sirve para explicar cómo ciertas ideas marxistas entrarían en la conciencia de un cubano que las rechazaría si conservaran su nombre. «Sucede que el marxismo no da la cara. Llega vestido de caperucita, vía identitarianismo», escribe Triff, quien atribuye a la solidaridad el papel de facilitar aquella entrada. La fábula le concede la ventaja de conocer al intruso antes de que la víctima sospeche su presencia, de modo que una discrepancia política empieza a tratarse como un engaño que solo el autor está en condiciones de descubrir.
«El cubano no ve venir el «ismo». ¿O se hará el que no? Son razones mayores: de solidaridad, de raza, de género, de preferencia sexual, de incapacidad y de medio ambiente.»
¿Qué podría responder ese cubano para convencer al autor de que ha pensado por su cuenta? Si acepta el diagnóstico, reconoce la perspicacia del inspector; si protesta, acredita la profundidad de la infiltración, de modo que su derecho a hablar apenas altera una sentencia ya escrita. Triff termina por escribir «Comprendo que el cubano woke esté en absoluto desacuerdo conmigo. Sencillamente no podría estar de acuerdo». El desacuerdo queda previsto y descalificado antes de que el interlocutor pueda exponer sus razones. Triff impugna las doctrinas que toman el desacuerdo por confirmación de su verdad, sin librarse siempre de esa tentación al retratar al cubano woke.
Contra el inventario de identidades, el autor defiende el derecho de cada persona a responder por sus actos, sin recibir méritos ni culpas por nacimiento. Su objeción a la interseccionalidad se dirige a una competencia de agravios que puede acabar por sustituir el juicio sobre la conducta, asunto que merece discutirse sin confundir el estudio de varias discriminaciones con la aprobación de cualquier remedio propuesto para corregirlas. De otro modo, el origen del solicitante acabaría por decidir una justicia que se proclamaba universal.
«En la igualdad de oportunidades solo cuentan la habilidad y el talento del individuo. La Equidad por el contrario, asigna prerrequisitos y cuotas raciales, de género y discapacidad.»
Circular, trabajar y expresarse son derechos, insiste Triff, quien rechaza que se presenten como ventajas inmerecidas de las cuales el beneficiario tendría que avergonzarse. Falta precisar qué ocurre si dos personas poseen la misma garantía escrita y una de ellas tropieza con obstáculos que la otra desconoce, pues reconocer esa diferencia no obliga a admitir una culpa hereditaria. También la repetición de una acusación puede fabricar una convicción, pero saber cómo se propaga una idea deja pendiente la pregunta de si es verdadera.
«El privilegio y la explotación del hombre por el hombre son uña y carne del castrismo. El tema reaparece en el siglo xxi con otra etiqueta: «privilegio blanco».»
Marx sale bastante maltrecho de sus cartas contra Lassalle, donde el vocabulario racista desmiente la imagen de un fundador dedicado sin reservas a la emancipación humana. Resulta difícil conciliar aquellas cartas con la indulgencia moral que sus seguidores más severos con el prójimo reservan al maestro. Triff se demora también en sus posibles complejos, conjeturas que añaden malicia al retrato sin demostrar la falsedad de una teoría económica, para la cual haría falta discutir otros textos.
«Aprendo que Marx llamaba al filósofo alemán Ferdinand Lassalle «el negro judío». »
A los muertos les reclama el presentismo una conciencia que sus jueces elaboraron mucho después, reparo con el que Triff interviene en las disputas sobre la esclavitud y la fundación estadounidense. Los principios proclamados por hombres que no quisieron extenderlos a todos sirvieron después para combatir aquellas exclusiones, y sería extraño entregar a sus primeros autores el dominio perpetuo de lo que unas palabras pueden significar. Los gobernantes cubanos conocen el peligro de que alguien les exija cumplir sus propias promesas.
«El presentismo requiere un cambalache con el tiempo: escoger maldades pasadas con pinza, pasarlas por el colador «progre» y traerlas al presente como símbolos corrompidos del sistema. Vivimos tiempos de rectificaciones de «errores» de la historia.»
No todos los contemporáneos de una injusticia la aceptaron, sin embargo, y sus protestas impiden repartir la ignorancia a partes iguales. El contexto incluye a los defensores de una práctica y a sus adversarios, con razones que el juicio posterior debe examinar. Si la cadena de causas reserva a cada maldad un lugar obligatorio, la explicación termina por absolver a los muertos con una facilidad que Triff negaría a los vivos.
Tampoco la discusión sobre masculinidad se resuelve al rechazar una acusación contra todos los hombres. Competir no obliga a dominar ni dominar conduce en todos los casos a la agresión, pero todavía cabe estudiar qué costumbres favorecen la violencia y quién paga sus consecuencias. Apelar a la antigüedad de una conducta explica su persistencia sin acreditar su bondad, pues algunas costumbres han durado siglos gracias al poco interés de sus beneficiarios por someterlas a examen.
«Para Montero, lo «tóxico» no modifica el sustantivo. ¡Es la identidad misma! El feminismo ha convertido la masculinidad en una perversión, idea espuria que deseo refutar.»
Culpable por aceptar el diagnóstico y culpable por rechazarlo, el acusado de fragilidad blanca encuentra una jurisdicción que no ha previsto la absolución. El cuento del traje del emperador ilustra bien el temor a disentir de una afirmación cuyo prestigio depende de que nadie la contradiga, mientras Triff apela a la empatía y a la capacidad de tratar con una persona sin reducirla a su origen. Cabe exigir cambios a quien puede elegir su conducta; declarar inmutable su identidad y reclamarle después una transformación parece un castigo concebido para que nunca termine.
«¿Una persona «abiertamente posicionada» en contra del racismo es todavía racista?»
Sus recuerdos de amistad introducen un tono menos judicial, acaso más útil para comprender el trato entre personas que la inspección de sus pertenencias. Triff confía en lo que un individuo puede descubrir de otro si ambos aceptan escucharse, confianza que no necesita resolver por sí sola la desigualdad ni sustituir las garantías de una ley. El recuerdo personal convence por lo que cuenta y se debilita si pretende decidir también otras experiencias menos afortunadas.
«La empatía es una especie de apertura por medio de la imaginación. Me imagino en el lugar del otro. Acojo lo extraño del otro, no lo que ya conozco, sino lo distinto que se me parece.»
Triff observa con ironía que buena parte de los conceptos empleados contra Occidente procede de la tradición impugnada. Quienes impugnan la blanquitud tendrían que reconocer esa deuda, sin que el reconocimiento los obligue a devolver las herramientas o a pedir permiso para usarlas. Un concepto de origen europeo puede servir contra un poder europeo, salvo que aceptemos una aduana de procedencias tan poco compatible con el universalismo del autor como las clasificaciones que él combate.
«El profesor antirracista Richard Dyer (adivinen, otro blanco) del King College en Londres, decide separar la blanquitud de lo real. Su meta es hacer del color un símbolo.»
Rico primero, blanco después, el acusado carga con las faltas originales de sucesivas promesas de emancipación. Triff exige que el odio racial reciba el mismo juicio cualquiera que sea su destinatario, exigencia que compartimos, pero su empleo de la palabra wokismo acaba por reunir adversarios que discrepan sobre bastantes cosas. La definición comienza «El wokismo es activismo es marxismo/leninismo es», y el encadenamiento prosigue hasta reunir posiciones muy distintas. Marxistas, feministas, activistas raciales y promotores de políticas ambientales comparecen en un mismo expediente, con una unidad que acaso ninguno haya logrado imponer fuera del libro.
«El pecado original en el marxismo es La Riqueza. El pecado original en el marxismo woke estadounidense es La Blanquitud.»
Por nuestra parte, reconocemos en esa polémica una crítica a las izquierdas que han ganado presencia en sectores de la academia norteamericana, donde la vigilancia del lenguaje y la atribución de culpas por identidad pueden presentarse con las credenciales de una causa emancipadora. El exiliado cubano tiene motivos para examinar tales credenciales sin reverencia. Extendemos la discusión al activismo de Tania Bruguera y a las polémicas alrededor de Luis Manuel Otero Alcántara como un juicio nuestro, que exige atender a lo que cada uno sostiene y hace, pues la oposición al castrismo no supone una adhesión al liberalismo. Haber padecido persecución merece solidaridad y justicia, sin conceder a nadie inmunidad frente a la crítica de sus ideas, del mismo modo que el desacuerdo con ellas no resta gravedad a la prisión política.
Nuestra sospecha alcanza a ciertas expresiones del Movimiento San Isidro y al arte de performance de Tania Bruguera, donde creemos reconocer un vocabulario de emancipación que merece el mismo examen que las promesas contra las cuales se rebela. La ruptura estética con la dictadura no garantiza una ruptura con las ideas de izquierda, pues, after all, la valentía del artista no resuelve el alcance político de sus propuestas. También discutimos la preferencia por el diálogo que manifiesta una parte de esa generación, sobre todo si la conversación concede al gobierno el derecho a escoger interlocutores y fijar las condiciones, mientras sus adversarios deben demostrar primero que merecen una silla. Queda por saber qué se negocia y qué garantías tienen los excluidos, pues el gobierno puede autorizar una conversación sin renunciar a las facultades que hicieron necesario reclamarla.
Del tránsito de la lucha de clases a las luchas de identidad se ocupa Triff con referencias que necesitan algo más que la coincidencia de un enemigo. Influencia, semejanza y filiación designan relaciones distintas, y las corrientes reunidas discrepan sobre el Estado, el mercado y los fines que persiguen. La enumeración satírica pasa por alto esas discrepancias y deja al lector el trabajo de distinguirlas.
«¿Conocen el identitarianismo? Es una ideología que viene cocinándose hace más de tres décadas a nivel académico en Europa y EE. UU., desde trincheras como el poscolonialismo y el feminismo de cuarta ola.»
Hasta el clima comparece en el expediente, por el uso político de un miedo al desastre que puede justificar sacrificios y ampliar facultades de intervención. Preguntar quién pagará las medidas propuestas importa, sobre todo si el costo recae en poblaciones que necesitan energía para salir de la pobreza, pero la pregunta no decide por sí sola las afirmaciones científicas que discute el autor. Un modelo imperfecto puede señalar un riesgo real, y una política costosa puede resultar peor que otra disponible; demostrarlo exige cuentas que la burla del alarmista no sustituye.
«La sustitución gradual de los combustibles fósiles está por venir, pero dicha sustitución deberá ocurrir dentro del balance desarrollo/bienestar humano que coadyuve la resiliencia climática.»
Dos loros que conversan ofrecen un descanso después de tanta inspección del pensamiento ajeno, pues cada uno debe escuchar una respuesta que no conoce de antemano. Triff defiende aquí la tolerancia y la libertad de expresión, con una exigencia que alcanza también a los interlocutores tratados con menos paciencia en otros pasajes. Las reflexiones sobre memoria y duración, y el poema que juega con la velocidad de la historia, confirman la libertad formal de una colección que cambia de registro sin abandonar sus preocupaciones.
«Ser parcial a mis creencias no me hace intolerante en lo absoluto. Incluso ser parcial con mis creencias es redundante; claramente todos somos parciales con nuestras creencias, y tenerlas es perfectamente normal.»
«Dígase claro. Hoy en día, la libertad de expresión es tediosa, ofensiva, hasta degradante. Los ofendidos hacen hordas —y para colmo ofenden de vuelta.»
«Nadie puede retrotraer lo que quedó atrás ni traer al presente lo que no es aún. En ese flujo del tiempo está el presente.»
Cuba ocupa por fin el centro de la discusión con la sospecha de que el empobrecimiento presta un servicio al gobierno, ya que quien pierde su independencia económica queda más expuesto a las exigencias del poder que controla su sustento. La privación se exige como deber patriótico, mientras las realizaciones republicanas que Triff enumera cuestionan la supuesta necesidad histórica de la Revolución. Las cifras anteriores merecen atención, sin pedirles que reparen el golpe de Estado ni que expliquen por qué tantos aceptaron una promesa de redención, cuestión para la cual el propio Triff reconoce la herida del batistato.
«La miseria es fundamental en este fenómeno, porque deviene la única opción posible de supervivencia frente al imperialismo.»
Le Bon y Freud ayudan al autor a examinar la fascinación por el líder, la necesidad de un enemigo exterior y el castigo del disidente, a quien se atribuye una falta contra la patria antes de discutir lo que dice. Las nacionalizaciones y la ofensiva de 1968 destruyen medios de independencia personal, mientras el conflicto con Estados Unidos proporciona una explicación inagotable del fracaso. El gobierno puede aprovechar la escasez que produce, sin que por ello debamos atribuir cada ruina a un plan previsto, honor excesivo para una administración que también sabe sacar provecho de su ineptitud.
Revolución, nación y pueblo llegan a designar una misma obediencia, de modo que el descrédito de las promesas no basta para retirar la autoridad del poder que fija el significado de las palabras. «La Voz» juzga el sacrificio y presenta la aclamación como sustituto de la elección, hasta hacer sospechoso el deseo de vivir mejor. Pedir bienestar puede parecer egoísmo; reclamar libertad, un servicio al enemigo, y al ciudadano le toca discutir su derecho a formular la queja antes de que alguien se digne escucharla.
«El castrismo subsiste por la perduración y legitimación de sus símbolos. Perdurar significa poseer reservas. Legitimación significa la justificación y aceptación del orden institucional castrista como imperativo práctico.»
Martí, Mella, Villena y Guiteras no conocieron el desenlace que Triff parece anticipar en sus antecedentes nacionalistas y antimperialistas al sostener que el castrismo existía antes de Castro. Conceder al vencedor la propiedad retrospectiva de una tradición se acerca al presentismo que el autor combate, pues la apropiación posterior acaba por decidir lo que aquellos hombres habrían significado antes de que se los apropiaran. «Tanto Mella como Villena y Guiteras eran castristas», afirma Triff, con una rotundidad que exige discutir la diferencia entre un antecedente y su apropiación. Castro utilizó una herencia con éxito, pero su eficacia no prueba que estuviera destinada a pertenecerle.
Un ciudadano puede detestar al régimen y contribuir con sus actos a conservarlo, distinción entre pensamiento privado y conducta pública que contiene la observación más fecunda del libro. «Apoyar no es un pensar sino un hacer específico», sostiene Triff, quien agrega «El apoyo al castrismo es voluntario y automático». Calificarlo de ese modo exige otro examen, pues el miedo al despido, la expectativa de un ascenso y la convicción política pueden llevar a personas distintas a una misma plaza. La fotografía registra los cuerpos sin revelar la libertad que tuvieron para ausentarse, y el crítico no debería conceder a la propaganda su deseo de contar cada presencia como una adhesión.
«Decimos que el comportamiento social es exterioridad. Apoyar no es un pensar sino un hacer específico. Apoyar al castrismo es pertenecer a sus Fuerzas Armadas o a su aparato represivo, ser miembro del Partido o de las organizaciones de masas, hacer guardia, ir a los círculos de estudio, chivatear, seguir de largo ante el atropello al vecino o congregarse en la plaza cada vez que se le convoca.»
Quedan las viviendas y las calles de La Habana, donde las restricciones de inversión y mantenimiento, las movilizaciones agrícolas y la precariedad de las construcciones ofrecen pruebas menos discutibles que una declaración de entusiasmo. El Cordón de La Habana y Alamar figuran en una historia que necesita distinguir decisiones ideológicas, abandono e incapacidad administrativa, sin atribuir a una sola intención cuanto salió mal. Tampoco la procedencia de los migrantes pobres explica el deterioro que exige revisar políticas de vivienda, servicios y derechos de residencia, antes de culpar a quienes buscaron un sitio menos penoso para vivir.
«La ruina urbanística de La Habana no es un accidente. Los más de sesenta años de abandono de toda una ciudad responden a una política descabellada del Máximo Líder poco investigada.»
Yoliván tiene una madre revolucionaria, un padre exiliado y ayuda que llega de Miami, además del deseo de conservar una paz familiar que la discusión política amenaza a cada paso. Su vida explica cuánto cuesta romper con un orden que habla con la voz de una persona querida, sin que el desencanto político suprima el cariño. «Frente a la madre jamás habla de política», señala el relato, y esa renuncia doméstica pesa más que una declaración pública de entusiasmo. «Y sostener algo no presupone el deseo explícito de hacerlo», admite Triff, precisión que vuelve más difícil equiparar colaboración y consentimiento. Skinner aporta el modelo de la recompensa, pero la gratitud, el orgullo y el miedo a herir a la madre complican la cuenta, hasta dejar al hijo frente a una deslealtad doméstica que ninguna refutación del marxismo consigue resolver.
«Transpira que es cederista por hacer a su madre feliz. Sin embargo, Yoliván nunca ha pertenecido a la UJC ni al Partido Comunista. A veces en la intimidad, se franquea con Uivis y le dice que está harto (aunque evita a toda costa explicar qué significa semejante cosa). Frente a la madre jamás habla de política.»
Frente a la puerta de la ley, otro ciudadano aguarda una autorización que nunca llega, y aquella espera kafkiana termina por ocupar su vida. Los ritos de obediencia le proporcionan compañía, de modo que renunciar a ellos supone también perder lo poco que el aplazamiento le ha dejado. Si la parábola sugiere que bastaría cruzar el umbral, habrá que recordar que el guardián cubano dispone de un aparato represivo que el lector no puede retirar con una interpretación, y que llamar prudencia a la resignación no elimina los motivos para temer.
«Un ciudadano de nombre J. en la Cuba socialista de los años 70, le pide a un agente de la seguridad del estado, que le permita entrar a través de una puerta que conduce a la ley (qué es la ley, no se sabe). Kafka no aclara si entrar radica en un derecho o un favor.»
Contra Castro sirven sus propias palabras sobre libertad y rebelión, promesas que el poder posterior impidió reclamar a sus destinatarios. Más incierta resulta la burla de las explicaciones religiosas, conspirativas e históricas sobre la duración del régimen si termina por atribuir a una idiosincrasia nacional lo que falta investigar. Absolver al pueblo de toda responsabilidad exige ignorar conductas que merecen juicio; condenarlo en bloque ahorra el trabajo de distinguir al beneficiario del sometido.
«El juego que proponemos aquí es el de las citas citables, que se vuelven contra sí mismas. Citas contradictorias, enemigas; citas panfleteras que no resisten el peso de la historia y se autodevoran.»
Muerto el líder, quienes aguardaban un cambio descubren que las instituciones no habían aceptado acompañarlo a la tumba. Su figura persiste en la memoria y hasta en las expectativas de los adversarios, mientras la prosa grotesca del cierre reúne cuerpo, leyenda y sacrificio para representar aquella supervivencia. También el crítico parece necesitar al difunto para explicar lo que continúa, y el fumador vuelve a ocupar la conversación mientras otros conservan la atmósfera con una discreción que su antiguo jefe desconocía.
«El fenómeno se presenta en estado latente. Efecto en causa y su viceversa. Subsistir reflejado, vaho huracanado desaparecido en la carne y reaparecido en la memoria.»
Prefiero a Yoliván frente al cuco, pues el primero obliga a preguntar por las lealtades de una persona y el segundo cree conocerlas antes de escucharla. Triff convence más al examinar cuánto teme perder cada cual y qué posibilidades tiene de actuar de otro modo que al reunir comportamientos distintos en una conciencia ocupada por el enemigo. El disgusto privado no absuelve una colaboración provechosa, pero al trabajador amenazado tampoco se le puede atribuir la libertad que disfruta el beneficiario del encierro.
El fumador de la portada ha muerto, pero el humo permanece y ya no basta señalar la boca que lo produjo. Quedan los funcionarios que cobran por conservar aquel orden y los ciudadanos que dependen de sus concesiones para subsistir, junto a los presos y a los disidentes que impiden confundir el país con sus gobernantes. La pregunta de Triff merece esa distinción, pues el castrismo se ha servido durante décadas de una palabra, pueblo, para hablar por quienes carecen del derecho a contradecirlo.


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