La invención de la conciencia

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Por El Ciclón Invisible

¿Qué es la conciencia‚ después de todo el tiempo que hemos dedicado a conocernos y aun así no sabemos quién es la persona a la que damos nuestro nombre y a quien pertenecen nuestros recuerdos; la persona que dice «yo» y no llamaría «yo» a nadie más? Sabemos cosas de una persona por fotos y otra información‚ y creemos que todo eso le ocurrió a una misma persona a lo largo de su vida․ Nuestros amigos confirman otros detalles sobre esa persona‚ y los registros oficiales también․ Una noche en vela nos lleva a cuestionar la existencia de alguien a quien conocemos por sus costumbres y su firma‚ pero de quien poco más sabemos que confirme nuestra creencia de que existe․

Si me conceden una fábula, propondré que la conciencia fue inventada para un faraón a quien sus sacerdotes, tras agotar las alabanzas, debieron comunicar que también él moriría, noticia que acaso recibió como una deficiencia de la administración. Había sometido provincias, corregido genealogías y ordenado que su nombre sobreviviera a los nombres de sus enemigos; resultaba incomprensible que su cuerpo obedeciera una ley promulgada sin su consentimiento, y que la ejecución del mensajero, recurso de probada eficacia para otros asuntos, no alterara el contenido del mensaje.

Imagino que un sacerdote menos escrupuloso o más piadoso propuso la inmortalidad, cuya ventaja inicial consistía en que nadie podía refutarla sin abandonar antes el mundo de los disputantes, y que el faraón aprobó los gastos de la eternidad con el alivio de quien reconoce un problema de arquitectura. Hubo que levantar la pirámide, preservar la carne, reunir alimentos y amuletos, fatigar a los escribas con la repetición de un nombre; ignoramos si tales diligencias beneficiaron al muerto, pero cabe admitir que dieron al vivo algo que ordenar durante la espera.

No me juzgo tan distinto de aquel soberano al corregir una página que quizá nadie recuerde o al celebrar que un desconocido haya repetido una frase mía, pues también los libros solicitan del porvenir una hospitalidad que el presente concede con reservas. El faraón dispuso de canteros y de esclavos; nosotros disponemos de editores, fotografías y algún lector distraído, diferencias de fortuna que apenas modifican la ambición de obtener una respuesta después de haber perdido la facultad de escucharla.

Quien examina el origen de sus pensamientos reconoce, tarde o temprano, una amonestación del padre en lo que creía un juicio propio, un temor de la madre en cierta prudencia excesiva, una frase olvidada de un maestro en la opinión que defendió con mayor orgullo. Ni la rebeldía queda libre de deudas, pues suele impugnar a sus mayores con las palabras que recibió de ellos; seguimos al pie de nuestras decisiones con una firma solitaria, pese a que una elemental honradez exigiría el nombre de algunos muertos y de varios desconocidos.

Si la conciencia fuera el conocimiento de nuestra identidad, un domicilio y una fecha de nacimiento resolverían buena parte del enigma, pero queda la vergüenza de una crueldad que nadie presenció, queda una discusión que reanudamos veinte años después con un interlocutor que ya no recuerda habernos ofendido. He observado la destreza con que mejoro mis razones al contar una disputa, suprimo una palabra o atribuyo al cansancio una mezquindad; el oyente suele absolverme, y yo debo regresar a casa con alguien que conoce las omisiones.

Durante las despedidas descubrimos que habíamos confiado al día siguiente demasiadas obligaciones, y la muerte de un amigo nos deja una frase sin destinatario, una disculpa que ya no sirve, la memoria de una tarde que malgastamos por tener otras cosas que hacer. Quizá deseamos la eternidad para reparar descuidos tan pobres, para escuchar hasta el final una historia que nos impacientó o aceptar una visita que pospusimos; los teólogos han prometido empresas más vastas, pero a mí me bastaría recuperar alguna conversación.

Si llevo la fábula hasta la tumba del faraón y hago comparecer a José, el intérprete de los sueños, concederé al soberano una última exigencia, la de hallar una palabra que ponga en vigor el miedo de los miedos, aquel que ninguna victoria consigue reducir a obediencia. José, que había descifrado las vacas y las espigas, debe interpretar ahora a un hombre que tiene cuanto necesita para morir y carece de voluntad para hacerlo; «conciencia», pudo responder, sin prever que la palabra sobreviviría al monarca, a sus dioses y a la lengua en que ambos conversaron.

Con aquel nombre habría empezado la larga tarea de la rastrera que nos hace padecer desgracias aún inciertas, sospechar una despedida durante un abrazo y velar por una tumba que todavía está vacía, con un celo que ningún faraón obtuvo de sus servidores. Hemos procurado distraerla con religiones, trabajos y bibliotecas; alguna noche creemos haberlo conseguido, hasta que una punzada del cuerpo interrumpe la lectura y nos recuerda para quién estaban escritos todos los consuelos.

¿Para qué sirve, al final, la palabra «conciencia», sino para mantenernos alerta de nuestra mortalidad y recordarnos, aun durante la dicha, que cuanto amamos puede faltarnos y que también nosotros faltaremos? El miedo a morir llega entonces a sugerir que no hay hechos, solo interpretaciones, sospecha a la cual nos acogemos con la esperanza de que la muerte admita otra versión; la inmortalidad sería la más antigua y la más ambiciosa, aunque José, al prometérsela al faraón, tampoco hubiera regresado de una tumba.

Si aceptamos la interpretación de Prometeo que aquí se atribuye a Sloterdijk, el don habría consistido en la conciencia de la infelicidad, tregua sin la cual quizá nadie habría usado el fuego para preparar la cena, fundir un metal o prolongar una conversación. El faraón pidió una eternidad; nosotros solemos conformarnos con una noche durante la cual el porvenir nos deje tranquilos.


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