Decadencia en la Feria del Libro de Miami

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POR CONSEJO EDITORIAL

Me enviaron el programa de la Feria del Libro de Miami y lo repasé con la esperanza de encontrar una editorial de la ciudad que desconociera, algún escritor sin silla reservada o un título que justificara el viaje. Reconocí tantas caras que por un momento creí tener delante el programa del año anterior, corregido, mutatis mutandis, para otra reunión de antiguos alumnos. Busqué las novedades con menos fortuna que los nombres conocidos, cuya presencia podía adivinar antes de pasar la hoja.

La biografía de Lezama escrita por Ernesto Hernández Busto, anunciada para el sábado 21 de noviembre de 2026, a la 1.15 de la tarde, en el salón 8503 del edificio 8 del campus Wolfson, fue la primera cita que marqué. Me interesa saber qué pudo averiguar sobre una vida tan cercada por recuerdos ajenos, testimonios contradictorios y devotos que reclaman para sí la interpretación del maestro. Algunos hablan de Lezama con la autoridad de quien conserva la escritura de propiedad de Trocadero; quisiera escuchar al biógrafo discutir con esos propietarios.

Por lo que promete semejante trabajo, habría preferido que Hernández Busto dispusiera de una sesión propia, con tiempo para explicar sus hallazgos y responder al público. Quiero saber qué documentos encontró, de cuáles desconfió y qué versiones de aquella vida tuvo que desechar. Compartir el horario con otras presentaciones reducirá esa conversación a los minutos que autorice el moderador, obligado a vigilar el reloj para que nadie reclame su parte. Una biografía de Lezama merecía otra hospitalidad.

Pepeprá comparte ese encuentro con Lezama Lima o el azar concurrente y regresa el domingo 22, a las 2.15 de la tarde, al salón 8525, con Inconsecuencias, como parte de «Cuba, memoria en movimiento». Su Azar concurrente parece tener más ediciones que caramelos en un cumpleaños, y tantas presentaciones que temo encontrarlo cualquier mañana en la oficina de licencias. A otros escritores les cuesta obtener una invitación; Pepeprá ya puede preocuparse por lo que hará durante el intervalo que separa las dos suyas.

Pablo de Cuba Soria, escudero de Pepeprá, lleva La materia artizada a la mesa lezamiana, donde habrá que escuchar qué añade a una bibliografía que exige tanto criterio para descartar como paciencia para leer. Quizá traiga una interpretación que merezca la visita; mi desgana procede de tantos homenajes donde el nombre de Lezama suple la falta de una idea. La pareja promete otra jornada de devoción compartida, con el maestro a salvo de cualquier irreverencia y el público a cargo de renovar los votos.

Ernesto Fundora Hernández presenta El gen de los raros el sábado 21, a las 11.30 de la mañana, en el salón 8503, durante «Historias fuera de la norma». El título me recuerda El gen egoísta, de Richard Dawkins, y me hace sospechar un préstamo de prestigio científico que habrá que justificar más allá de la cubierta. Habrá que ver cuánto provecho saca de la ocurrencia. Por mi parte, temo otra diatriba infumable, de esas que exigen al oyente una paciencia que el autor confunde con admiración.

La novela Y la noche doblaba por tercera, de José M. Fernández Pequeño, figura el domingo 22, a las 3.45 de la tarde, en el salón 8525, como parte de «Literatura, el espejo de una comunidad». La considero de tercera categoría, coincidencia con el título que agradecería menos si el libro me hubiera gustado más. Podrán rebatirme quienes lo hayan leído, y a ellos escucharé; la inclusión en el programa, por sí sola, no me da razones para corregir mi juicio.

Joaquín Gálvez presenta Efluvios el domingo 22, a las 11.30 de la mañana, en el salón 8525, durante «Poesía y teatro, la palabra en escena». Creo reconocer otra visita a los poemas de antes, quizá reunidos con un propósito que la presentación deberá aclarar. La persistencia de una voz puede dar buenos libros, pero también acostumbrar al autor a repetir lo que sus lectores ya celebraron. Me gustaría saber qué necesidad tuvo de escribir este, aparte de la comprensible aspiración a publicarlo.

De tanto repasar los títulos se me ocurrió la palabra «catauro», que al menos tiene la virtud de nombrar un recipiente sin garantizar la calidad de su contenido. Ignoro cuántas ferias ha recorrido cada libro y no necesito inventar ese itinerario para explicar mi fatiga. El programa me ofrece demasiadas ocasiones de reconocer y pocas de descubrir, como si los organizadores hubieran confiado la selección a la buena memoria de los habituales.

Miami posee editoriales pequeñas, revistas y escritores que pagan correcciones, rescatan obras olvidadas y sostienen catálogos con recursos escasos. Quisiera encontrar una curiosidad mayor por ese trabajo, que ocurre a pocos kilómetros del recinto y merece examen, incluso para señalar sus fracasos. La ciudad aporta compradores y público, pero también publica libros. Cuesta comprender que esa actividad tenga que recibir una bendición lejana antes de merecer la atención de quienes organizan aquí una feria.

No reclamo invitaciones por código postal, pues cerca del campus Wolfson también se escriben libros malos y se imprimen vanidades costosas. Pido una selección que alcance a quienes trabajan en esta ciudad, con el rigor que debería aplicarse a cualquier invitado. Un editor de Miami no merece una mesa por ser vecino, pero sería absurdo que necesitara triunfar fuera para que alguien se molestara en leer su catálogo.

Quisiera saber cuáles de esos catálogos se consultaron, qué propuestas llegaron y qué lecturas determinaron las exclusiones. Carezco de esos datos; atribuir cada ausencia a una conjura sería concederle a mi disgusto facultades de investigador. El programa basta para discutir el resultado, y el resultado me parece pobre en descubrimientos. Si hubo una búsqueda extensa, cuesta reconocer sus frutos en una lista tan familiar.

Luis de la Paz comparte la sesión del domingo a las 3.45 de la tarde con Carmen Duarte y Fernández Pequeño, y presenta Cuentos que acarician o duelen. Mi reparo a cierta antología colectiva vinculada a su labor editorial corresponde a otro libro y exige esa distinción. Hablo de una selección donde, a mi juicio, la generosidad con los participantes perjudica al lector, que paga para que alguien haya tenido el valor de escoger. La amistad puede explicar una invitación a almorzar; como criterio literario, suele dejar una cuenta bastante más cara.

Ponte y Néstor Díaz de Villegas regresan el domingo 22, a las 4.30 de la tarde, al salón 8503, con Desfila La Habana y Cómo entrar a una cárcel, reunidos bajo «Cuba, territorios del poder», título que casi ahorra la consulta del programa. El poder, el castrismo, la vigilancia y la cárcel vuelven a ocupar una conversación de la que temo conocer hasta las discrepancias. No les reprocho que escriban sobre esos asuntos, sino que su reiteración parezca garantizar, ipso facto, el interés de cada nueva entrega. También los temas del horror pueden alcanzar la comodidad de una costumbre, sobre todo si nadie pregunta qué añade un libro a lo que su autor lleva años diciéndonos.

Como ocurre otros años, repiten algunos nombres, incluida Legna, leñadora con hacha de filo cobrizo, que presenta Lotremón el sábado 21, a las 5.45 de la tarde, en el salón 8525, durante «La poesía en cuestión». No hace falta prolongar la nómina para expresar el cansancio que me produce esta familiaridad. Veo una Feria cada vez más decadente, satisfecha con administrar las relaciones que ya posee y poco dispuesta a buscar fuera de ellas. El prestigio que ganó durante años merecería un cuidado mayor que esta confianza en que su nombre bastará, per saecula saeculorum, para llenar los salones.

Dejé una marca en el programa que leía en la computadora, junto al nombre de Hernández Busto, y me quedé con algunas dudas sobre las demás visitas al quinto piso del edificio 8 del campus Wolfson del Miami Dade College, en 300 NE Second Avenue, Miami. Quisiera salir de aquella conversación con una idea que no llevaba al entrar, alguna noticia sobre Lezama que me obligue a releerlo. Para el próximo noviembre pediría una sorpresa más modesta a los organizadores, que visiten las editoriales de esta ciudad y lean lo que publican. Tal vez encuentren un libro por el que valga la pena incomodar a un conocido.


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