La infancia a golpe

Mockup en blanco y negro de El juego de la viola, de Guillermo Rosales, basado en la cubierta de 1994.

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por SAMUEL PÉREZ

Veo a Agar encorvarse y dejar que los otros pasen sobre él, con una piedra sobre el lomo, una patada en las nalgas y el agua de una boca ajena por la nuca, hasta que acaba la cantinela y puede correr detrás de alguno para cobrar lo suyo. Me sorprende más lo que ocurre después de la pelea, cuando los dos muchachos regresan al grupo sin que ninguno deba pedir perdón, pues el juego ha previsto tanto el sufrimiento como su devolución. Durante la lectura de El juego de la viola, de Guillermo Rosales, he pensado en ese regreso. Agar no tiene adónde ir si renuncia a los compañeros que le hacen daño, y acepta su compañía con una necesidad que vuelve dudosa cualquier elección.

Luthor y Dick Tracy ya estaban allí antes de la paliza, en la noche del 12 de abril de 1957 con que Rosales abre la historia, mezclados con aparatos domésticos, anuncios, gente de Santa Fe y parientes a quienes el niño reconoce por su parecido con una figura dibujada. Papá Lorenzo se queja del gusto popular por los muñequitos y busca después la página de historietas del periódico, sin notar una contradicción que al hijo no se le escapa. Ese detalle me interesa más que la caricatura de un adulto hipócrita, porque los dos necesitan aquellos relatos y los leen sin concederse una conversación sobre ellos. Comparten una afición que podría acercarlos, pero Lorenzo prefiere reservarse el derecho de despreciar lo que disfruta.

La nave de Tomás Mañana se avería mientras Agar duerme y lo abandona en una caída que termina con el despertar, ya de vuelta en un dormitorio donde tampoco conseguirá sentirse protegido. Su abuela invoca a Jehová para explicar el sueño, el padre le atribuye la culpa a la comida y nadie pregunta qué siente el muchacho, que aprende a callar incluso el grito porque podría despertar a Lorenzo. Las historias de Genovevo y de los niños castigados por faltarles el respeto a sus mayores le entregan un miedo hecho en casa, tan aprovechable como Drácula para poblar la oscuridad. Oigo a los adultos hablar e incriminarse con esa suficiencia doméstica que tanta importancia concede a los garbanzos y tan poca al terror del hijo.

Recién levantado, Agar recibe el reproche por una suciedad que dejó el padre en el baño, cuya puerta cualquiera puede abrir si el niño está dentro, mientras Lorenzo exige que respeten su entrada y sus misterios. El retrato de Stalin prolonga esa desigualdad hasta lo grotesco, pues sirve para tomar juramento al muchacho en una familia donde el padre castiga cualquier gesto religioso y exige ante el dictador una reverencia semejante. Agar descubre que puede mentir sin consecuencias sobrenaturales, del mismo modo que descubre la inutilidad de contar un sueño ante una taza de desayuno. Leo en esa desconfianza la necesidad de proteger sus palabras, porque ha recibido pruebas de que los adultos pueden utilizarlas en su contra después de exigirle que diga la verdad.

Con las cantinas de comida en la mano, camino de la abuela, le vuelve la fiesta que Tía Dorita nunca pudo disfrutar, el vestido de papel crepé comprado con sus ahorros y la bofetada que arruinó su ilusión ante una vieja que se negaba a reconocer el permiso concedido. Dorita procura reír al contar lo sucedido, mientras Lorenzo recuerda sus propias privaciones con el orgullo de haber salido vivo de ellas y el convencimiento de que su hijo debe soportar otro tanto. El pasado de Lorenzo me hace más difícil condenarlo sin escucharlo, pero también me impide aceptar que ignore cuánto duele lo que hace, pues su memoria conserva todos los detalles del maltrato recibido.

De rodillas cerca de la abuela, Agar oye que debe pedir perdón hasta sentir la presencia de Jehová, sin saber por qué tiene que disculparse, y graba una obscenidad en la madera del templo con la esperanza de que su padre aprobara esa insolencia. Su rebeldía todavía necesita un permiso imaginario, como necesitará luego la aprobación de los muchachos para juzgar el tamaño de sus genitales o presumir de unas enfermedades venéreas que desconoce. La ignorancia sexual adquiere entre ellos la seguridad de un reglamento y llega a persuadirlo de que una gonorrea sería envidiable. El niño aprende a desear lo que otros admirarían, pese al precio que pague su cuerpo, y me resulta penoso reconocer cuánto del deseo adulto puede nacer de una obediencia parecida.

La botella del encargo materno lo expone a los insultos del parque y, apenas intenta defenderse, queda comprometido en una pelea que perderá, hasta que su madre lo llama y le procura una salida tan útil como vergonzosa. Los otros han visto que todavía responde al llamado de la casa, de modo que su salvación confirma la inferioridad que querían demostrarle. Agar se inventa una vida de criminal invencible y adjudica al Hueso el papel del cobarde, para disfrutar de una autoridad que en el parque pertenece a su enemigo. Una lectura complaciente podría celebrar el poder de la fantasía; a mí me inquieta la facilidad con que el muchacho aprovecha sus nuevas armas para ordenar el mismo mundo a su favor.

El cadáver de la yegua lleva esa contradicción a un lugar donde me cuesta acompañarlo, porque Agar condena al capitán que mató al animal y poco después interviene en su profanación, con el deseo de huir y la excitación de continuar ante sus compañeros. Sus actos me obligan a revisar la compasión que le había reservado, y agradezco que Rosales no retire la escena para conservarme un protagonista aceptable. Me cuesta más la acumulación posterior de atrocidades, que por momentos anticipa mi reacción y me hace esperar otra prueba de crueldad donde bastaría con atender a una conducta. La repugnancia puede acabar por ahorrarme el esfuerzo de juzgar, sobre todo si el relato aumenta la intensidad sin conceder diferencias suficientes a quienes participan.

Cerca de la bestia vuelven los recuerdos de la sal y los cigarrillos que Lorenzo le hizo tragar, después de las acusaciones de Pepita y antes de sus protestas contra la brutalidad que ella misma ayudó a provocar. Agar quisiera matar al padre y también quisiera salvarlo; llega a pedir que un accidente lo deje inválido, sin atreverse a desear una muerte que haría imposible cualquier reparación. Esas vacilaciones me retienen más que la ferocidad de los castigos, porque el cariño continúa donde sería más cómodo para el lector encontrar un odio sin reservas. Rosales deja al niño con esa vergüenza afectiva, capaz de querer al hombre del que necesita huir y de sospechar que él merece el desprecio que recibe.

Las flores del jardín representan a sus padres hasta que Agar las descabeza y Lorenzo lo golpea por una destrucción cuyo motivo no comprende, con preguntas que repite a medida que descarga la mano. Los compañeros podrían explicárselo, pues saben que cada padre recibió de otro la licencia de maltratar y esperan ejercer la suya sobre quien les toque después, según una lex talionis sin término. La piedra del juego llega por fin a Agar después de los abusos contra Toby y Lulú, de las torturas de animales y del recuerdo del Mudito muerto tras una prueba de admisión. Me cuesta aceptar que conozca la indefensión y colabore en la persecución de otros indefensos, pero comprendo su miedo a perder el favor de la pandilla y sufrir una soledad peor que la de su casa.

Los huevos estallan contra la vivienda de Dorita y Poupett mientras ellas continúan con el piano y la canción, hasta que los muchachos se cansan de insultar sin obtener una respuesta que les complete la diversión. Encuentro en aquella música quelque chose qui résiste, algo que resiste al desafío sin devolverlo, y quisiera detener más tiempo la lectura en las dos mujeres, a quienes los agresores dejan de oír antes de conseguir acallarlas. Dorita tiene sus amarguras y sus prejuicios contra los niños, pero conserva una dedicación que ellos no saben interrumpir. Me habría gustado que Rosales les concediera más espacio, después de mostrar cuánto pueden sostener sin ceder a los insultos de la pandilla.

Bronco Joe tampoco mata al padre que ha vuelto a buscar treinta años después, en el Oeste imaginado por Agar desde su cuarto, donde las pistolas le aseguran primero una superioridad que hace posible el perdón. La clemencia necesita haber ganado el duelo, y puedo creer esa condición en un niño que todavía no sabe cómo protegerse sin vencer a alguien. Los tebeos macabros que ahora prefiere a Disney vuelven a entregarle los horrores que quisiera abandonar, como la persecución del hombre de la caja misteriosa, asesinado por vecinos resueltos a descifrar su secreto. Reconozco en la imaginación de Agar los prejuicios y los castigos de la gente real, incluso cuando pretende llevarlo hacia otra parte, y Rosales aprovecha esa semejanza sin interrumpir la aventura para explicarla.

Agrispina descubre el dibujo de una mujer desnuda, tira de la oreja del alumno y acaba por pedirle la canción que los muchachos inventaron contra ella, con una curiosidad donde su humillación privada se cobra el tiempo del niño retenido en el aula. Las voces de historieta lo distraen del interrogatorio, mientras los patriotas de la pared presiden una escena que reúne la autoridad de la escuela y el resentimiento de una adulta. Esa intimidad que se filtra por el castigo reaparece con los rotarios, ante quienes Pepita y Lorenzo despliegan una cortesía que el hijo contempla desde fuera. Agar sabe que las sonrisas caerán después de la despedida, y me entristece verlo tan enterado del repertorio familiar.

Lorenzo escribe Stalin sobre el aire, pronuncia su discurso revolucionario y descarga después sobre la familia el desprecio de quien ha perdido una promesa, mientras el hijo traduce aquellas palabras al idioma de los héroes anticomunistas que admira. Su aversión al padre no requiere una conciencia política madura, y me parecería un abuso por mi parte prestársela para hacer de Agar un portavoz. La negativa de los setenta centavos para el cine precipita otra crisis, con Pepita frente al sofá y las fotos del dictador por el suelo, tan expuestas a la furia como el muchacho. Compadezco a Lorenzo sin disculparlo, pero su caricatura me convence menos si lo repulsivo ocupa todo el retrato y me impide reconocer al hombre responsable de sus decisiones.

Detrás del lavadero, a salvo de la vigilancia materna, Agar mira las nubes y descubre un placer sexual que le pertenece, si bien la fantasía conserva una posesión brutal de la mujer y su carrera transcurre sur fond de menace, sobre un fondo de amenaza confirmado por la lagartija. Los dieciséis versos han ordenado una novela corta de iniciación cuyo avance depende de recuerdos, sueños y episodios imaginarios, con cambios de persona narrativa que siguen el desasosiego del muchacho. La tercera persona cede al yo o al tú, y las onomatopeyas acercan la prosa a las viñetas, sin conceder al lector la distancia de una infancia observada después de su desenlace. Ignoro qué hará Agar con lo que acaba de descubrir y prefiero que Rosales me deje esa duda.

El rubor ante sus compañeros me hace pensar en Sartre y en una vergüenza que obliga a mirarse con los ojos ajenos, mientras la música de Dorita admite una cercanía con Camus, por su negativa a dejar que el agresor dicte toda la conducta. Leo esas afinidades sin atribuir a Rosales influencias comprobadas, del mismo modo que el resentimiento de Agar me recuerda Memorias del subsuelo, de Dostoievski, precursor del existencialismo, por la posibilidad de que el humillado reclame nuevas víctimas. El narrador me deja ante alguien que necesita al padre al que teme y podría escapar sin librarse del deseo de imitarlo, sin que esa incertidumbre autorice a condenarlo por anticipado a repetir para siempre los mismos abusos. La fuga me importa por eso, porque cambiar de lugar todavía no le enseña a vivir con otros sin ofrecer la espalda ni exigir que otro se encorve.


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