¿Por qué? Supongo que…*

Mockup en blanco y negro del libro de Alfredo Triff ¿Por qué el pueblo cubano (aún) apoya el castrismo?

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por DENIS FORTÚN

*Publicado originalmente en ¿Por qué? Supongo que … | Ego de Kaska, agosto, 2024

Alfredo Triff ha escrito un libro con un título sugestivo para una isla y sus alrededores: ¿Por qué el pueblo cubano (aún) apoya al castrismo? A simple vista se me antoja una pregunta retórica que invita a reflexionar, pero sin que por eso esté obligado a explicar mi argumento. Basta con asentir en silencio, incluso sonreír con sarcasmo. La respuesta luce que es obvia y, además, con innumerables coincidencias entre lector, en este caso yo, y el que pregunta, en ese caso Triff. Sin embargo, igual puede ser una pregunta taimada, astuta, una consulta capciosa, cargando una provocación, encubriendo un doble propósito, a tal punto que la refutación puede generarme contradicciones. Para el cubano, dada su naturaleza, cualquiera de las dos lecturas son legítimas.

Queda en mí esa sonrisa que menciono, sarcasmo incluido, y concluyo que más allá del axioma voy a responder aun cuando corra el riesgo de molestar y, espero que no. Reitero la pregunta de Triff: ¿por qué el pueblo cubano (aún) apoya al castrismo? Teniendo en cuenta la cantidad de años que el castrismo se ha entronizado en el poder con su saldo terrible, más allá de la presencia de su inventor, que ya no habita en este mundo físicamente y en cambio sus ideas se pegan como una enfermedad venérea imposible de curar, sea por conveniencia, por un par de prebendas, o por temor, sin dudas es imperativo hablar de ello.    

Ahora bien, amén de que sea capciosa o retórica la pregunta, intuyo que en un principio Triff no busca que el lector le ofrezca de inmediato sus razones para demostrar por qué el pueblo cubano —sin que se reduzca únicamente al cubano de la isla— apoya al castrismo. Antes de que se apresure a manifestarse, Triff prefiere que participe de lo que también encarna este libro: una pesquisa para desmontar las nuevas ideas, aportando elementos que comienzan justamente con el fenómeno del wokismo en este país desde sus inicios, movimiento que hoy intenta reescribir que, la historia de los Estados Unidos se reduce a una mentira manipulada e instituida por supremacistas blancos. Triff menciona fechas: para los wokes, la idea de que los EE. UU existe como nación emancipada desde el 4 de julio de 1776 no es cierta, sino que sucede en 1619 con el desembarco del White Lion, primer barco de esclavos que atracó en Point Comfort, hoy Fort Monroe, Hampton, Virginia, con aproximadamente una treintena de africanos esclavizados. Y he aquí el paralelo que plantea Triff: similar ocurre en Cuba, la historia se reescribe y es digna de alabarse solo posterior a 1959. Antes de ese año Cuba fue una lacra y únicamente se insinúa aquello que pueda manipularse y, claro está, a favor de la revolución de Castro. Bien lo señala Triff, la izquierda estadounidense practica actualmente una suerte de clonación de los ideales básicos del castrismo. Repeticiones que, si bien no son calcos, las similitudes son pavorosas.

Y así, en esta primera parte, se desmenuzan conceptos de la identidad del ser humano, las revoluciones, en especial la americana y la francesa, el iluminismo fundamentado en los valores espirituales, dejando claro que antes eran suficientes la razón y el libre albedrío; pasando por las coartadas ideológicas al uso y en pos de exacerbar las diferencias, y menciona a los enemigos del movimiento woke, esos que hoy son los grandes derrotados por esta nueva tendencia inexacta: en la raza pierde el blanco; en el sexo pierde el hombre; en la etnia pierde el europeo y sus descendientes, también el judío; en el género pierde el heterosexual; en la capacidad, lleva tantas ventajas el discapacitado que también gana. Sí, puede sonar tergiversado y cruel para quien tenga afinidades con este movimiento, pero Triff lo dice sin cortapisas, como debe ser, y no se detiene, no deja de aludir las manipulaciones recurrentes en cuanto a los «cambios», el climático de los favoritos por lo utilitario como herramienta de lucha progre. Aunque el planeta tierra a la fecha soporta transformaciones innegables en el ámbito climático, aún no son todo lo apocalípticas que los progres pretenden y existen antecedentes documentados de que fenómenos como altas temperaturas, o bajas, lluvias excesivas, deslaves, terremotos y huracanes, por solo citar un grupo reducido de catástrofes naturales, sucedieron en siglos anteriores. Es evidente que el Vesubio no tiene que ver con «el nuevo cambio», menos con la irresponsabilidad de capitalismo desarrollado en Pompeya; o la mega sequía en el 2200 AC, donde producto de aridificación bestial, que duró entre 100 y 300 años, desaparecieron casi al unísono el Imperio Acadio en Mesopotamia, el Reino Antiguo de Egipto, la cultura de Liangzhu en China y el valle del Indo; o el cambio orbital y la variabilidad solar. Desde luego que hay un cambio global sostenido desde 1850 y el hombre de hoy, sin importar ideologías y tendencias, es responsable del cuidado de nuestro reducido mundo. Sin embargo, más allá de los hechos probados y el compromiso por sanar la tierra —que lamentablemente cada día se politiza más—, basta una mínima grieta o duda y la manipulación se impone y la amplificación de los eventos crece como pasto bajo aguaceros de mayo. Pero si por alguna razón no progresa la idea del cataclismo, diseñada en lo tremebundo, viene entonces la sugestión sutil: una noticia dicha por allá, otra por aquí, eso sí, constante, un martilleo mediático que terminará por perforar la cabecita de a quién va dirigida, y por fin se implementará el terror en el ciudadano promedio simple, trepanando en su cerebro y de qué manera el horror que predice una chica sueca que se encarga de repetir con un lenguaje corporal, facial más que todo, que evidentemente llega a asustar, anunciando como un ángel vengativo que un día tu casa y tu existencia quedarán bajo las aguas, o reducida a cenizas por el fuego infernal, como secuela del irresponsable comportamiento de un sistema poderoso, opresor y misógino, inescrupuloso y diabólico, y demás adjetivos que la izquierda no escatima para culpar al capitalismo; por cierto, «deporte» muy popular en Hollywood, lugar donde más capitalistas por metro cuadrado te encuentras.

En fin, Triff formula con esta primera parte, que en realidad son un grupo de valiosos ensayos no necesariamente conectados pero si guardando una fina coherencia, los peligros que padece occidente viéndose atacado constantemente, corriendo el riesgo de que se borre o, en el mejor de los casos, se desvirtúen los elementos de la cultura occidental milenaria con más aciertos que errores, y asimismo nos propone quizás una de las formas en que pueda entenderse «su pregunta», definir su finalidad, para traernos a lo que es la razón de este cuaderno.

Castrismo nuestro de cada día

La revolución cubana aparece en el tablado criollo en medio de una fractura constitucional, y al amparo de una habitual diversidad de corrientes políticas de la época muy dispuestas a no ponerse de acuerdo, en una república joven gozando de una bonanza económica fuerte. En 1958, como nos recuerda Triff muy oportunamente, Cuba muestra números de crecimientos envidiables. En comparación con el mundo, para ese año es el 5to país en ingresos per cápita; 8vo en salario industrial más alto; 3er lugar en expectativa de vida y 1ro en la tasa de mortalidad más baja; 3ro en médicos per cápita; 4to en propiedad de teléfonos; 1ro en televisores; 3ro en número de automóviles per cápita; 1ro en educación en relación a su Producto Interno Bruto; 4to en alfabetización; 1ro en consumo de carnes, frutas y verduras; 2 lugar en medios de comunicaciones con 58 periódicos y 126 revistas semanales. Además de 13 universidades, 21 institutos de segundas enseñanzas, 19 escuelas normales para maestros, 22 escuelas técnicas industriales y 6 escuelas de periodismos y publicidad, con un PIB de casi 3,000 millones de pesos a la par del dólar americano. Es decir, esta información evidencia que esa Cuba, aparentemente inmadura como estado, edificada por el mismo cubano que Mañach reprendiera en su momento, gozaba de una revolución económica saludable que, al año siguiente, en 1959, queda supeditada y finalmente destruida por una revolución ideológica, y me remito a la peor ideología que pueda existir: la marxista.       

Sin embargo, bueno es recordar que Cuba mucho antes de 1959 se movía con especial coqueteo en el espectro de centro moderado a la izquierda no tan radical —la Constitución de 1940, una de las más avanzadas en el continente en su época, se le ven sus costuras socialistas y, de hecho, por el centro es donde penetra la izquierda —; y por si fuese poco, se añade un detalle que no muchos creen importante y para mí es de vital consideración: por obra y gracia del gran yo cubano, este siempre se ha visto como un pueblo elegido, y en lo personal un ser especial determinado por un destino épico. Y claro que Castro, un megalómano despiadado y con suficiente olfato, supo aprovecharse de esa egolatría nacional, de esa «supremacía» criolla, su necesidad de validación y hasta la falta de empatía que ha sufrido y sufre el cubano cuando de su destino político se trata; su grandeza, en este caso traicionada por sujeto jactancioso devenido en tirano. Desde los pequeños símbolos, como aquel de «quedamos solo doce», hasta la paloma que se posa en su hombro, el joven caudillo se vendió —y lo vendieron desde la redacción del New York Times— como el líder visto a semejanza de un Cristo redentor, el benefactor supremo que nos iba a exonerar de todos nuestros pecados republicanos ¿Y cuál fue la respuesta de ese pueblo que se veía reflejado en la presumida grandeza del nuevo nominado por la providencia? En su mayoría la más absoluta complicidad, vociferando en los multitudinarios actos: «voto para qué»; «paredón»; «esta es tu casa, Fidel» —y esta última consigna se la tomó tan en serio el nuevo líder que el cubano acabó por perder el derecho a la propiedad más importante de un ser humano bajo la retorcida ley de la Reforma Urbana: su techo—.  Y lo más triste, ese entusiasmo duró durante mucho y años más tarde, en los ochenta, se revitaliza y aparece la más horrible de todas las consignas: «que se vaya la escoria» —y se fueron tantos, que hasta esos gritaban desaforadamente contra los miles que decidieron escapar del terror y la farsa, su vecino, amigo y hermano, acabaron yéndose también—. La pasión revolucionaria desde los inicios del comunismo en Cuba, primero muy astuto y después evidente —puro, bruto y duro—, corría a raudales en cuanta manifestación convocara la nueva dictadura y la presencia de muchos de manera voluntaria —comprometidos y contentos con el proceso— se contaba por millones. El entusiasmo era tal, tan apasionado y alegre, que cuenta una leyenda popular del intelecto criollo que Sartre comentó: no sé si lo que pasa en Cuba es efervescencia revolucionaria o cumbancheo revolucionario.

Sin embargo, y lo digo con cierta tristeza, es compresible que el cubano apoyara al castrismo en un inicio —la izquierda es sumamente atractiva cuando no se padece en su real representación. Los comunistas más apasionados y fieles a su credo, los radicales, son los que almuerzan y comen en restaurantes lujosos de Manhattan, contestan sus llamadas desde un IPhone, y van a las grandes tiendas de los países capitalistas—. Hablaban de una quimera, un sueño humanista, la utopía salvadora para un pueblo romántico que se juzgaba electo para grandes designios, una alucinación ideal para el cubano apasionado y cumbanchero gozador de “la chambelona”, y para suerte de los encantadores, todavía la Isla contaba con las prebendas de una economía medianamente sólida, aún con trazas capitalista, y no se notaban aún las puntadas del fraude. Y lo más increíble, nuestros queridos vecinos del norte, esos que nos han ofrecido abrigo, contrario a lo que muchos piensan, les importaba muy poco el derrotero de esa Isla y, además, fueron cómplices, aliados muy discretos pero probados para que se estableciera la dictadura castrista. La historia lo ha demostrado a tal punto que hoy exponen muy a su pesar cuan negligentes han sido con el tema cubano, permitiendo que la Isla se convierta en su enemigo a solo 90 millas, con aliados enemigos que bendicen esa corta distancia, replicando su modelo social en este hemisferio como una virosis, y aun así Cuba nada más figure como un asunto útil para campañas partidistas en los predios del restaurante El Versailles.

Ahora bien, a lo largo de seis décadas el castrismo se ha ido degenerando, no perdiendo aliados considerables —aunque el número definitivamente ha ido mermando—, pero sí subvenciones. Y el prestigio de la «sentimental y humanista revolución» en este último lustro no es el mejor. Por solo citar un ejemplo, actualmente en la ONU las votaciones contra el «bloqueo» no son todo lo monolítica que La Habana tuvo en su momento de gloria anti yanki, las abstenciones aumentan y hasta los votos en contra de la tan cacareada resolución suben sus números y el actual dictadorzuelo, impuesto por el clan Castro, no goza del influjo de su antecesor y padrino lo mismo fuera que adentro de Cuba, su mayor mérito ha sido que lo reconozcan como un diabólico y despreciable payaso. Visto así, es pertinente que uno asuma que el apoyo al castrismo ha disminuido entre los cubanos; que no se entienda la pregunta que lanza Triff y sea vista, ya no como un ejercicio convincente, sino como ingeniosa, una broma de mal gusto en todo caso, más si nos referimos a los hechos, como las protestas de Julio 11 del 2021, que bien podrían refrendar esta afirmación: nadie quiere al castrismo.

Entonces —ahora mismo sucede y es innegable—, ¿cómo es posible que sí, que un número formidable de criollos aún apoya al castrismo, incluso en Miami, la llamada capital del exilio? Esta es mi muy personal opinión y al expresarla puede que termine distanciándome de la reseña que me propongo de este excelente libro, quizas no es exactamente a pie juntillas la tesis que maneja Triff, pero igual va, lo visceral en mí vence. La casi totalidad del pueblo cubano no apoya al castrismo, y me atrevo a jurar que lo detesta, aunque en apariencia se trata de un asunto de temor el cuestionado soporte, y existe de forma semejante el fenómeno del provecho y las encrucijadas por el único motivo de subsistir, algo vital sin dudas, excepto los más comprometidos y los más abyectos, los talibanes criollos. Ese poste carcomido que apuntala a esa aberración de sistema, ese sustentáculo carente de vergüenza que genera la complicidad, la tan llevada y traída dualidad de la supervivencia —y el miedo, insisto—, se ha convertido en una industria y sus «empresarios» te lo encuentras en los numerosos bandos que se presentan hoy día en la escena cubana en sus dos orillas —no podemos negar que somos dos Cubas—. Menos los que sufren, sin la esperanza de un paliativo a ese sufrimiento, los últimos en la pirámide criolla con sobrado miedo a sufrir más, están los que, un poquito más arriba en la escala, no les importa que otros se sientan miserables y se prestan a la genuflexión diaria con convencimiento de causa, venerando al déspota, y son peligrosos, delatores, preocupados únicamente por su seguridad, a la caza de oportunidades sin ningún recato al momento de hacer daño a su semejante, pero en el fondo aterrados también porque a la par ellos pueden sufrir como los de abajo. Están los que oprimen, el aparato oficial que irónicamente se saben oprimidos, pero cuentan con gangas y oportunidades y no importa sin son escazas o elementales, su apoyo no es negociable, sino incondicional. Están los «visionarios», esos inescrupulosos que advierten en medio de ese desastre la oportunidad de negocios jugosos, con el auxilio de esos que escaparon y desde Miami mantienen aún las conexiones y la logística suficiente para emprender sus empresas, con pavor de que allá no los dejen entrar — un detalle curioso en todo este drama, un número considerable de cubanos ponen en riesgos sus vidas por escapar, y ya afuera insisten en regresar aun cuando las razones porque las huyeron continúan—. En fin, un catálogo con todo tipo de apoyo, y son diversas las razones, incluyendo las menos, esa que aparecen barnizadas en la traza de una supuesta convicción ideológica. En fin, se trata de un espanto endémico repleto de consentimientos, de mentiras y falsedad, en un elevado porciento signado por el beneficio y la sobrevivencia, con un denominador común: lo abyecto. Nadie en su sano juicio pretende apoyar al castrismo, sin embargo, el terror de que llegue a demolerse la industria que figura la tragedia cubana y la del exilio, los convierte en sujetos capaces de mostrar no solo soporte, sino sometimiento, y sacar ventajas de los empalmes más diversos. Y, por último, de este lado están esos que reciben grants, los nuevos proyectos —y los que no lo son tanto—, llámense partidos, organizaciones, influencers, políticos locales y nacionales, artistas y hasta escritores. Movimientos, lamentablemente muchos de ellos sin la credibilidad suficiente, tanto por sus líderes como el proyecto en sí, que su misión primera es liberar a Cuba y aun no lo consiguen y, sin embargo, de eso viven, por eso el gobierno de Estados Unidos les ofrece un estipendio, jugoso en muchos casos ¿Querrán ciertamente que se caiga el castrismo?

Claro, existen organizaciones decentes, valerosas y comprometidas, las excepciones a ambos lados, cubanos que odian al castrismo de manera visceral, con sinceridad, que sufrieron prisión política, vejaciones, que tuvieron y tienen vergüenza aún, y lo vienen haciendo desde cuando era realmente peligroso ser anticomunista y anticastrista, y no una moda como hoy día; que te tropiezas acá con anticastristas de toda gama y colores, y están los que defienden el sistema y el método socialista, olvidando que justamente esa aberración filosófica es la que ha consolidado en el poder al castrismo en Cuba, cuartado la libertad de millones y, lo peor, generando una miseria sin precedentes en esa isla que antes de 1959, al decir de los primeros exiliados, «era una tacita de oro». Luego entonces, para los enchufados, el resultado es elemental: hagamos como que no pasa nada, apoyemos si hay que apoyar, ya sea solapado o evidente si se diese el caso, y si el castrismo se va a destruir que sea por su propio peso.  

De «El Proceso a 1984»

De Cuba se ha dicho que su realidad actual es kafkiana y orwelliana. Y si bien los hay que no les importa definirla exactamente, cualquiera de las dos circunstancias es horrible y la tragedia mantiene su letra de infamia en cada caso, sí existe una pequeña diferencia que puede a ayudar a entender el drama cubano y de alguna manera la pregunta de Triff. El columnista de The Times James Marriot publicó recientemente un artículo sobre cuánto hay de común entre Kafka y Orwell, las similitudes que existen entre El Proceso y 1984, y cito: son indudables en cuanto a estado de ánimo y atmósfera: ambos presentan mundos infelices, sofocantes y desconcertantes, presididos por autoridades siniestras e impenetrables. Por eso las palabras orwelliano y kafkiano se usan coloquialmente para significar cosas similares. Sin embargo, Marriot reconoce que el análisis no es tan simple y deja ver que, de igual manera no está muy convencido de lo dicho anteriormente por una razón que a mi juicio es categórica en cuanto a Cuba. El periodista de The Time nos aclara entonces el porqué de su diatriba: en 1984, el siniestro poder que controla la vida de Winston Smith es político y opera según una lógica política, aunque sea una de pesadilla. La fascinación del libro se deriva en parte de la exposición que hace Orwell de los mecanismos de su estado totalitario con sus telepantallas, su doble pensamiento, su neolenguaje, sus máquinas de escribir ficción y el Ministerio de la Verdad. El sistema puede ser odiado, pero, fundamentalmente, también puede ser comprendido, y en cuanto a Cuba, agregaría yo, incluso amado, que ejemplos sobran. De Kafka, Marriot continúa: es precisamente el poder sobrenatural de Kafka el que hace que su obra se resista a la interpretación y a la lógica. La observación más sabia sobre la ficción de Kafka la hizo el filósofo alemán Theodor Adorno, que dijo era como un sistema parabólico cuya clave ha sido robada. Cada frase dice interprétame y nadie lo permitirá. Kafka entonces trata del horror, de la falta de sentido, y de la imposibilidad de interpretación.

Leyendo a Marriot, a pesar de pactar con el criterio sobre las analogías de la obra de estos dos enormes autores, que las hay, concuerdo también con él en cuanto a las oposiciones que menciona para cada una, que nos invitan a reconocer los contrastes en la enrarecida atmósfera de la Isla que nos toca hoy. Cuba en los primeros años es sin dudas orwelliana: el poder controla todo y a todos, es político, siniestro, y opera según su lógica política, por tanto, el sistema puede ser odiado pero comprendido. Y así, en ese estado ha vivido Cuba por más sesenta años, un tiempo corto para historiadores y demasiado largo para el mortal que lo padece aún, hasta que la depauperación sin control la ubicado por fin en la estación kafkiana, esa que señala Theodor Adorno, un sistema parabólico cuya clave ha sido robada, y hoy estamos hundidos como nación en el horror de la falta de sentido y, lo más espantoso, con la imposibilidad de una interpretación, con la pregunta de quién podrá encontrar la clave.

Al concluir, no puedo sustraerme en traer otra vez a Jorge Mañach. El escarnio, lo poco serio que nos acusan que somos, tan distante de la sobriedad de Kafka y Orwell —y yo agregaría el ego nacional—, puede que sean elementos que, aun sin ser cardinales porque no es una actitud extendida en la biósfera cubana, yendo más allá de la sociedad, gracias a Dios, lo que ofrece esperanza, bien puede que esa proyección tanto individual como colectiva nos hunda de manera casi irrecuperable como país y sirva para darnos una idea de cómo interpretar por qué el cubano hace tantas cosas que no se esperan, incluyendo la de apoyar a una dictadura que lo aplasta. Y repasando a Mañach, tengo el convencimiento que la pregunta que le da título al libro de Triff —y ya no importa si es retórica o capciosa y, dicho sea, un cuaderno de referencia, con información importante, escrito sin alardes y con una prosa sin poses, agradable a la lectura y en ocasiones hasta con humor criollo—, representa la otra cara del jolgorio. Hablo de que alguien en algún momento de la historia que queda pendiente por escribirse, habrá considerar una indagación a la tristeza cubana.

¿Por qué el cubano (aún) apoya al castrismo…? Solo agrego para concluir, a los que piensen luego de leer el libro que, con esta reseña me he alejado un tanto de la idea central que propone el autor, puede que tengan razón, ya lo dije en alguna parte del texto, me vence los visceral. Sin embargo, la pregunta de Alfredo Triff vale la pena correr el riesgo de no coincidir. Quedarse callado jamás será una opción. Este libro no permite neutralidad…


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