América después de la conquista

Banner en blanco y negro con el título América después de la conquista y el libro La expresión americana de José Lezama Lima.

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por Rolando Castellanos

La fecha del 12 de octubre de 1492, que los calendarios reducen a la llegada de unas embarcaciones, arrastra una disputa cuyo alcance desborda cualquier ceremonia. Los nombres asignados al acontecimiento revelan las lealtades de quienes lo recuerdan, las heridas que desean señalar y las herencias que reclaman. Descubrimiento, conquista y colonización designan momentos distintos de una historia en la cual la curiosidad del navegante y el deseo de posesión compartieron horizonte. Los habitantes de aquellas islas, ajenos a las ambiciones de las cortes europeas, no podían reconocer en unas velas la magnitud del trastorno que alcanzaría sus vidas.

Las páginas del Diario del primer viaje, cuyo original conocemos a través del extracto de Bartolomé de las Casas, conservan el encuentro con los habitantes de Guanahaní, isla que Colón llamó San Salvador. Las observaciones sobre los cuerpos, los objetos y los intercambios aparecen ligadas al acto de posesión, de modo que el viajero establece una relación de dominio antes de comprender la sociedad que tiene delante. El nombre español se superpone al indígena, y ese gesto, que parece una decisión del lenguaje, anticipa la autoridad que otros ejercerán sobre la tierra y sus habitantes.

El asombro de aquellas descripciones, sujeto a las expectativas del navegante, ofrece una entrada al problema que José Lezama Lima examina en La expresión americana. Los cronistas de Indias, cuya escritura responde a intereses religiosos y políticos, tuvieron que dar nombre a realidades que excedían sus repertorios. Sus comparaciones revelan tanto el mundo observado como las creencias de quienes lo describen. La palabra europea tropieza con una experiencia que altera sus medidas, de manera que el relato, aun bajo la voluntad de dominio, conserva señales de una perplejidad que la posesión del territorio no consigue disipar.

Quien llega con un lenguaje ya formado busca reconocer lo desconocido mediante recuerdos y semejanzas, pero la experiencia americana exige otras relaciones entre las cosas y sus nombres. El paisaje interviene en la escritura del cronista, cuya intención inicial queda expuesta a colores, dimensiones y formas que sus categorías apenas alcanzan a ordenar. Las costas que espera identificar, los árboles que compara y los cuerpos que clasifica componen una realidad filtrada por deseos anteriores al viaje. América entra en esos documentos bajo una mirada interesada, sin que tal mirada logre agotar cuanto tiene delante.

Una frase de Lezama, procedente de su prólogo a la Antología de la poesía cubana, sitúa el Diario de Colón «en el umbral de nuestra poesía». El juicio descubre una posibilidad literaria en un documento de navegación, sin atribuir al almirante el propósito de fundar una tradición poética. La imagen nace del contacto entre la experiencia y la imaginación, de una escritura que registra prodigios con las palabras disponibles. Ese umbral conserva su fecundidad, pero el resplandor de una descripción no absuelve el acto de posesión que la acompaña ni borra a quienes quedaron sujetos a él.

El idioma de los vencedores, cuya expansión estuvo ligada al gobierno colonial, llegó a sostener obras que ya no cabían bajo la condición de prolongaciones españolas. Otros usos, ritmos y asociaciones, nacidos de experiencias americanas, dieron a la lengua una vida que sus autoridades de origen no podían administrar. Lezama reconoce en esa facultad de incorporación una respuesta al supuesto de que América reproduce modelos ajenos. La herencia exige elecciones, rechazos y transformaciones, de modo que el escritor participa en ella con una memoria capaz de alterar lo recibido y de reclamar derechos sobre cuanto hace suyo.

Las formas barrocas adquieren, bajo esa mirada, un alcance que desborda la clasificación de estilos. La «contraconquista» lezamiana reconoce una iniciativa americana en materiales y tradiciones vinculados al orden colonial. El Indio Kondori y el Aleijadinho aparecen como artífices de obras cuyas herencias diversas modifican el sentido de los modelos recibidos. La procedencia europea de una técnica, o la autoridad que ordenó un edificio, no agota su historia. También cuentan las manos que lo ejecutaron, los símbolos que introdujeron y las memorias que encontraron lugar en la piedra, a veces bajo los signos del poder que las subordinaba.

La palabra «contraconquista», cuyo atractivo podría favorecer una reconciliación apresurada, necesita conservar el conflicto que le da espesor. Una síntesis artística no equivale a una reparación histórica, ni la presencia de elementos indígenas y africanos prueba una relación de igualdad entre quienes los aportaron. La defensa lezamiana de la creación americana merece una lectura que no diluya las condiciones de dominio bajo el elogio de sus frutos. Las obras acreditan una respuesta cultural, pero esa respuesta pierde fuerza si el intérprete olvida las restricciones, las jerarquías y las violencias frente a las cuales tuvo que abrirse paso.

Las disputas que exigen escoger entre gratitud y condena dejan fuera una herencia que admite tanto el juicio como la pertenencia. El español pertenece también a quienes lo transformaron en América, a sus escritores, sus lectores y sus comunidades. Su origen no impone veneración por la conquista, del mismo modo que la crítica del poder colonial no exige renunciar a las obras escritas en esa lengua. El reconocimiento de una tradición puede coexistir con un juicio severo sobre los actos que acompañaron su expansión. Ningún idioma reclama obediencia política por el mero hecho de haber servido a nuestros primeros aprendizajes.

Las imágenes que Lezama reúne conceden a América una continuidad creadora, abierta a decisiones que ninguna genealogía puede dictar de una vez. El continente participa en la elaboración de sentidos con materiales propios y recibidos, cuya procedencia importa sin fijar de antemano su destino. La memoria del 12 de octubre puede suscitar, bajo esa perspectiva, una reflexión sobre quienes nombraron la tierra y quienes conservaron sus voces bajo nombres ajenos. Los relatos de la conquista permanecen sujetos a examen, a través de documentos, obras y recuerdos que discrepan entre sí. América los juzga también con las palabras que ha hecho suyas y con las memorias que el dominio español no logró agotar.


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