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Samuel Pérez
La tía Clotilde, que ha encontrado una residencia para su sobrino y puede regresar a sus asuntos tras varios meses de cuidados, lo deja ante una casa de Miami con una frase cuyo aparente consuelo encierra una despedida. «Ya nada más se puede hacer», dice, y William Figueras comprende que sus objeciones carecerían de destinatario. En Boarding Home, de Guillermo Rosales, el enfermo recibe una cama al mismo tiempo que pierde el derecho a reclamar otra vida, pues la familia, satisfecha con una solución que juzga razonable, da por cumplidas sus obligaciones. Los parientes vuelven a sus casas sin ese sobrino que ha llegado del exilio con demasiadas necesidades y ninguna promesa de éxito.
Los familiares que lo esperaban en el aeropuerto, después de tantos años de separación y de noticias incompletas, habían imaginado a un hombre capaz de trabajar, comprar un automóvil y añadir su prosperidad a la de los demás. El recién llegado, que necesita atención psiquiátrica y responde con recelo a sus muestras de afecto, deshace aquel retrato antes de ocuparlo. A William le habían asignado hijos, ropas de marca, una vivienda confortable y visitas dominicales a la playa, de modo que su aparición trae consigo el fracaso de una biografía que otros escribieron por adelantado. La vergüenza familiar adquiere una crueldad particular, pues el sobrino queda sujeto, ipso facto, al juicio de unas expectativas cuya elaboración nunca estuvo en sus manos.
Los libros que William recuerda, junto a la novela que escribió en Cuba y que las autoridades culturales rechazaron, conservan una parte de su vida anterior sin devolverle las condiciones necesarias para continuarla. Haber leído a los grandes escritores tampoco le asegura una conducta más noble que la de sus compañeros de residencia, ni lo protege del hambre, del miedo o de la humillación. Su formación agrava ciertos padecimientos al darle palabras con las cuales reconocerlos, y el hombre que sabe distinguir una frase memorable de una frase torpe carece de recursos para obtener una habitación limpia. Esa desproporción, que Rosales expone sin conceder al escritor privilegios morales, alcanza una dureza que el elogio habitual de la cultura suele eludir.
La declaración «Soy un exiliado total», cuyo alcance no se agota en la salida de Cuba, contiene una sospecha que William extiende a cualquier otro país donde hubiera podido nacer. Sus dificultades con la existencia abarcan las costumbres, las celebraciones y las formas de pertenencia que otros aceptan sin esfuerzo. El hombre que abandona una isla descubre que también lleva consigo aquello de lo que deseaba escapar, y la llegada a Miami añade nuevos motivos a una separación que ya conocía. Bajo esta lectura, el cambio de territorio resulta insuficiente ante un malestar para el cual ninguna frontera ofrece una respuesta duradera.
Rosales, cuya actitud ante el destierro encuentra en William una expresión literaria sin que autor y personaje deban confundirse, encarna cierto tipo de exiliado cubano que no logra adaptarse a nada, ni al socialismo que dejó atrás ni al capitalismo norteamericano que lo recibe con la exigencia de prosperar. La isla le había reclamado adhesión a una historia colectiva y Miami espera una iniciativa individual que la enfermedad y el desengaño han quebrado, de modo que el cambio de país altera las condiciones del abandono sin devolverle un lugar entre los demás. Su existencia parece suspendida en la nada sartreana, entendida aquí como una conciencia que no encuentra fundamento seguro en los papeles que otros le asignan. El revolucionario, el emigrante triunfador y el escritor reconocido son destinos que se deshacen ante un hombre cuya presencia revela cuánto queda fuera de las promesas de ambos sistemas.
En esa negativa que nace del padecimiento, antes de que una reflexión pueda darle orden, encuentro una afinidad entre la actitud literaria de Rosales y la de Cioran, cuyas objeciones a la existencia tampoco se satisfacen con sustituir una promesa por otra. La cercanía que propongo no supone una influencia probada, sino una semejanza en el modo de hacer comparecer a la vida ante sus consecuencias. Rosales sitúa esa exigencia en un cuarto, una comida deficiente y un hombre abandonado, con lo cual el desengaño adquiere circunstancias que ninguna abstracción debería borrar. El narrador dispone de su experiencia como prueba y rehúsa agradecer una supervivencia que los demás consideran suficiente, aun cuando para él cada día conserve las razones de su protesta.
El señor Curbelo, que calcula los gastos de la residencia según sus beneficios, y Arsenio, que impone el orden cotidiano mediante amenazas y agresiones, conocen bien la dependencia de los internos y la incertidumbre de una salida a la calle. Sus abusos encuentran apoyo en esa falta de alternativas, pues quien protesta debe considerar qué comerá y dónde dormirá después de marcharse. El propietario escatima los cuidados y el encargado golpea a quienes tiene cerca, de modo que la autoridad se reconoce en sus efectos sobre cuerpos que apenas cuentan con defensa.
El pequeño televisor que desaparece poco después de la llegada de William, cuando todavía intenta acomodar sus pertenencias en el cuarto asignado, le enseña cuánto valen sus reclamaciones ante los responsables de la casa. Arsenio señala a otro residente y el recién llegado queda sin una respuesta efectiva, por lo que la pérdida anuncia otras privaciones que deberá soportar. Los libros permanecen a su alcance, pero la lectura no detiene las agresiones que ocurren al otro lado de la puerta. En esa proximidad entre los versos y el maltrato, Rosales concede a la literatura una presencia que no necesita exagerar sus facultades, pues el poema acompaña al hombre sin obtener para él aquello que le falta.
William, que reconoce la crueldad de Arsenio y comprende la indefensión de los residentes, también reproduce el daño sobre personas más vulnerables, con lo cual obliga al lector a mantener un juicio que la compasión por sí sola no resuelve. Su sufrimiento exige atención, pero no cancela la responsabilidad de sus actos, y su cultura tampoco lo absuelve, mutatis mutandis, de aquello que reprocha a quienes ejercen poder sobre él. En esa conciencia que descubre su propia bajeza encuentro la afinidad con Dostoievski y con el hombre del subsuelo, para el cual saber más no equivale a obrar mejor. William puede examinar la humillación y participar en ella, sin que su lucidez le procure una salida de esa contradicción.
La cercanía con Dostoievski adquiere mayor relieve en los momentos en que William compromete la simpatía que su desgracia había suscitado, pues el lector debe continuar a su lado después de advertir aquello que desearía rechazar. Rosales no solicita una absolución fundada en la enfermedad ni en la persecución padecida, y deja que la voz del protagonista conserve sus motivos de queja junto a sus actos de violencia. La víctima no puede reclamar inocencia por el solo hecho de haber sufrido, y el reconocimiento de su culpa tampoco autoriza a desentenderse de su abandono. Esa doble exigencia impide descansar en un juicio cómodo sobre el personaje.
Francis, que comparte con William recuerdos de la alfabetización en Cuba y las expectativas de una juventud perdida, introduce una compañía a partir de la cual ambos imaginan otra vida. El proyecto tiene una modestia que vuelve más doloroso su fracaso, pues consiste en salir de la residencia, alquilar un apartamento y permanecer juntos. William busca alojamiento y consigue un acuerdo, pero la tentativa acaba tras una intervención policial, su paso por un hospital y el traslado de Francis por decisión de la familia. Cuando regresa, encuentra la casa de siempre y la ausencia de la mujer con la que había preparado su salida.
Los pasos que William dio para encontrar aquel apartamento impiden atribuir su derrota a una devoción por el fracaso, ya que el hombre quiso salir y puso en juego los medios que tenía. Su proyecto muestra, a contrario, que la negativa al mundo no había extinguido el deseo de habitarlo junto a otra persona. Esa tentativa distingue al personaje de cualquier emblema del pesimismo que quisiera reducirlo a sus declaraciones más amargas. La esperanza tuvo una dirección, una conversación sobre el alquiler y una mujer que debía acompañarlo, por lo que su pérdida exige algo más preciso que una sentencia sobre la inutilidad de vivir.
La prosa con que Rosales conserva esos actos, sin ofrecer al final una compensación por el daño, sostiene la cercanía que propongo con Cioran en su rechazo de los consuelos que exigen al herido reconocer algún beneficio en la herida. En ambos encuentro una escritura que objeta esa obligación de gratitud, si bien en Rosales la objeción pertenece a una historia cuyos personajes comen, reclaman, desean y se agreden. La forma da al sufrimiento una expresión que no lo dispersa en un lamento sin término, y el lector recibe una desgracia que puede atender sin añadirle la promesa de una reparación inexistente.
William, que todavía conserva palabras, recuerdos y deseos al regresar a la residencia, queda ante nosotros con una vida que ninguno de esos recursos ha logrado sostener. La afinidad con Dostoievski reside, para mí, en la conciencia que no se absuelve de su propia crueldad, y la cercanía con Cioran, en la negativa a aceptar como un regalo aquello que continúa dañándolo. Rosales reúne ambas exigencias en la voz de un hombre que reclama otra existencia y sabe cuánto compromete sus reclamaciones. El exiliado total vuelve a una casa donde tiene cama, comida y medicinas, después de haber perdido a la persona con la que quiso vivir fuera de ella.


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