Escándalo por el uso de la IA

Banner en blanco y negro con C’était ça ou mourir y el cintillo Posible escándalo en la literatura cubiche

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Por Rigoberto Moisés

Hace apenas una semana compré en Amazon una novela de un autor cubano que me llevó a la época colonial y cuyo protagonista me recordó al de C’était ça ou mourir, del escritor haitiano-canadiense Thélyson Orélien; conforme pasaban las páginas, aquel parecido cedió sitio a una sospecha que tenía menos que ver con los personajes que con las frases. Cada escena recibía su explicación, cada desgracia su enseñanza, cada recuerdo una noticia sobre el paso del tiempo. A mi edad, esta última información resulta un gasto superfluo. La frecuencia de esos recursos me hizo pensar en una posible intervención de inteligencia artificial, sin que mi impresión baste para acreditarla. De comprobarse, habría asunto para una buena temporada de discusiones en la literatura cubiche, donde los elogios suelen llegar antes que el paquete de Amazon.

Del revuelo que rodeó la novela de Orélien me interesaba la facilidad con que una duda sobre la escritura acaba por repartirse en bandos, hasta que unos defienden al escritor sin examinar la acusación y otros dan por cierta la acusación sin examinar el libro. No quisiera reclamar para mi sospecha semejante privilegio. Lo que puedo contar pertenece a mi lectura, con sus aciertos y sus posibles errores; para afirmar quién redactó aquellas páginas necesitaría algo que no tengo. Mi aburrimiento, por mucho que me haya costado el ejemplar, carece de valor notarial.

Después de una despedida cuyo dolor había quedado claro, el narrador todavía se creía obligado a explicarme la ausencia, y del recuerdo de una infancia extraía una consideración que habría servido para cualquier otra infancia. A los personajes les faltaba tiempo para sufrir antes de que alguien sacara la conclusión. Me habría gustado permanecer un rato con ellos, sin recibir al pie de cada pena las instrucciones de uso. Ese hábito puede pertenecer al novelista, pues hay escritores que no han permitido escapar una desgracia sin moraleja desde mucho antes de que existieran estos programas. Tampoco sería justo despojarlos de sus antiguas torpezas.

Con aquella prevención, que terminó por acompañarme durante el resto de la lectura, debía reconocer cuánto podía falsear mi juicio el deseo de encontrar una confirmación. Bastaba una enumeración para que yo sospechara del párrafo siguiente; bastaba una frase demasiado pareja para que olvidara cuántas había escrito, leído o celebrado antes. Ninguna de esas semejanzas me daba acceso al escritorio del autor. Podía señalar una repetición y explicar por qué me cansaba, pero el salto del defecto a su procedencia exigía pruebas que mi oído no estaba en condiciones de aportar.

Hasta la imperfección, de la cual solemos esperar alguna noticia de la persona, podría obtenerse por encargo, con una orden que pidiera frases ásperas, cambios de tono y algún tropiezo oportuno. El usuario tendría a su disposición una prosa corregida y otra que fingiera no haber pasado por corrección. También podría solicitar menos explicaciones al final de los párrafos. Quienes hoy reconocen una máquina por sus buenos modales tendrían que aprender a reconocerla por los malos, ejercicio que acabaría por dejar a salvo todas las sospechas y bajo sospecha todos los libros.

A un editor que recibe un manuscrito capaz de satisfacer las expectativas de su catálogo puede no ocurrírsele preguntar cuánto escribió la persona que lo entrega, sobre todo después de haber encontrado tema, título y posibles compradores. El jurado recibirá más tarde un libro al que la edición ya ha dado cierta respetabilidad; el crítico añadirá la suya, y el lector pagará por el conjunto. No debería este último investigar la autoría antes de pasar por caja. Bastante trabajo tiene con las recomendaciones de amigos que todavía no han abierto el ejemplar que recomiendan.

De las discusiones de Barthes y Foucault, a las que se acude con frecuencia para quitar importancia a estas preguntas, no se desprende que cualquier firma resulte aceptable sobre cualquier manuscrito. Puedo leer una novela contra las intenciones de su autor y conservar el interés por saber si la escribió. Una cosa no estorba a la otra. La muerte del autor goza de buena salud en los seminarios, pero rara vez se invoca para decidir a qué cuenta deben llegar los derechos. Entonces el difunto recupera el nombre, los apellidos y hasta el número fiscal.

Por muchas voces que un escritor haya recibido de sus lecturas, el trabajo sobre esa herencia permite distinguirlo de quienes le precedieron, sin necesidad de exigirle palabras que nadie haya usado. La deuda con otros libros puede ser fecunda, y reconocerla no rebaja al novelista. Lo que cuesta aceptar es que esa deuda sirva de excusa para borrar la diferencia entre escribir una página y recibirla hecha. Haber aprendido de Cervantes no autoriza a firmar un capítulo suyo; haber pedido a un programa una página tampoco explica cuánto trabajo propio contiene.

Respecto al parecido que advertí entre los protagonistas, tendría que volver sobre ambos libros y cotejar escenas antes de conceder a mi recuerdo una exactitud que quizá no posee. Los perseguidos y los exiliados tienen una parentela literaria demasiado extensa para que cualquier semejanza pruebe una copia. Tampoco una copia demostraría el uso de inteligencia artificial. Reunir ambas sospechas daría mayor atractivo al escándalo, pero me obligaría a confundir dos preguntas para las cuales todavía no tengo respuesta.

De la época colonial esperaba algo más que un repertorio de objetos reconocibles, no por desprecio de la investigación que exige una casaca o una calle antigua, sino por el deseo de que esos detalles participaran en la vida del relato. Una conversación menor y una desgracia no deberían recibir, por mera costumbre del narrador, la misma gravedad verbal. En las páginas que me cansaron, esa diferencia se perdía bajo unas frases que parecían disponibles para cualquier ocasión. El carruaje estaba en su siglo; la explicación podría haber viajado en autobús.

Con una frase que un programa le propone, el escritor todavía puede realizar un trabajo que merece atención, desde advertir que no corresponde al personaje hasta desecharla por completo. También puede rehacerla de tal modo que apenas quede algo de la propuesta. Me interesa conocer esa labor, no negar de antemano cualquier uso de la herramienta. Pero aceptar cien páginas con retoques menores y atribuirse después su redacción exige una explicación que no queda satisfecha con el anuncio de que hubo ayuda. Hay ayudas a las que se les debe casi todo el libro.

Ni la dificultad de una restricción formal, por la cual admiramos obras que se privan de una letra o se someten a una regla rigurosa, resuelve por sí sola el valor de lo escrito. La Disparition, de Perec, merece una lectura que no se agota en comprobar la ausencia de la «e». A un programa se le puede pedir una tarea semejante, y el resultado todavía tendrá que sostenerse como novela. La obediencia al encargo no concede mérito suficiente, del mismo modo que un libro difícil de terminar no debería premiarse en consideración a los lectores que lograron la hazaña.

De una obra cuya procedencia llegara a discutirse después de muchos elogios saldrían, sin duda, lectores que siempre lo habían sabido, incluso algunos que dejaron por escrito lo contrario. No les faltaría una explicación para ese pequeño desacuerdo con su propia memoria. Tampoco sería razonable que los demás declaráramos mala cada página por haber cambiado nuestra idea sobre su redacción. Una frase lograda puede conservar su valor; lo que habría que revisar sería la atribución del esfuerzo y la confianza concedida a quien lo reclamó.

A cambio de aceptar personajes que nunca existieron y sucesos que nadie podría probar, suelo conceder al novelista una libertad que no concedería al autor de unas memorias. Nada le impide inventar una ciudad o devolver la vida a un muerto. Esa licencia, que pertenece a la ficción, no incluye una explicación sobre quién redactó el libro. De la persona cuyo nombre aparece en la cubierta espero un trabajo propio, compatible con consejos y correcciones, pero reconocible como suyo. La invención de los hechos no vuelve indiferente la procedencia de las palabras.

De la coincidencia entre autor, narrador y protagonista que Philippe Lejeune estudió bajo la noción de pacto autobiográfico procede una obligación distinta, pues quien ofrece su vida al lector afirma algo que una novela no necesita afirmar. Su memoria puede equivocarse; otra cosa sería inventar una infancia y presentarla como recuerdo. Por analogía, propongo llamar pacto autográfico a la confianza con que atribuimos la escritura de un libro a quien lo firma. No tomo ese nombre de Lejeune ni pretendo que resuelva todos los casos, pero me ayuda a precisar qué me sentiría con derecho a preguntar.

Sin exigir al novelista una soledad que apenas existe fuera de sus fotografías de trabajo, ese acuerdo admite al corrector, al editor y al amigo que le devuelve un capítulo lleno de objeciones. Algunas novelas necesitarían más de esas intervenciones. La dificultad aparece con una sustitución que el lector desconoce y que la firma oculta, hasta hacerle atribuir a una persona tareas que otra realizó. Un agradecimiento por la paciencia del editor no declara que el editor haya escrito medio libro; la palabra «herramienta» tampoco cuenta por sí sola qué salió del programa.

A través de un personaje cuyas opiniones rechazo puedo reconocer el esfuerzo de imaginar una conciencia distinta, con razones que el novelista no comparte y que, sin embargo, ha sabido sostener. No le pido una profesión de fe por cada diálogo. Me interesa la atención que dio a esa voz y el lugar que le concedió en la historia. De haber recibido la conversación hecha y conservado casi todo, tendría que aclarar cuánto de ese esfuerzo le corresponde. La sensatez del personaje no basta para responder por el trabajo del firmante.

De una escena de dolor que me alcanza no espero certificados sobre las desgracias del autor, pues semejante vigilancia dejaría a la imaginación con muy poco que hacer. Espero, eso sí, que haya examinado las palabras, que alguna le haya parecido falsa y que haya buscado otra. La experiencia ajena también exige cuidado. Me desagradaría atribuir a su sensibilidad una página que aceptó sin examen, del mismo modo que me desagradaría elogiar su oído por una música que solo eligió de una lista.

Con las discusiones sobre un final que no aceptamos o sobre un personaje al que reprochamos una crueldad, prolongamos el trato con alguien que pudo resolver la historia de otra manera. Puede llevar siglos muerto y todavía recibir nuestras objeciones durante una sobremesa. Algo de ese trato explica el interés por sus cartas, por sus borradores y por las tachaduras que la impresión borró. Ninguna garantiza la calidad de la obra, pero todas nos acercan a decisiones cuyo resultado hemos leído. Hasta una dedicatoria torpe conserva para su dueño esa modesta cercanía.

Con una declaración precisa sobre el uso de inteligencia artificial, el lector podría comprar el libro bajo condiciones conocidas y juzgar el trabajo que su responsable realizó sobre lo recibido. Corregir erratas, consultar datos y redactar capítulos merecen explicaciones distintas. Una nota que lo confunda todo bajo la palabra «ayuda» ahorra al autor detalles que el comprador puede considerar decisivos. Después de una polémica, la vaguedad resulta todavía menos satisfactoria, sobre todo para quien ya pagó bajo otra idea de la escritura.

De nuestros círculos cubiches, en los cuales el elogio tiene a veces la rapidez de un favor y la lectura la lentitud de una obligación, cabría esperar un examen poco agradable de ciertas consagraciones. Quienes publicaron o premiaron tendrían que decir qué examinaron, sin que la amistad contestara por ellos. Tampoco los adversarios quedarían dispensados de aportar pruebas. Acusar por enemistad cuesta tan poco como elogiar por afecto, y las dos facilidades han dado a nuestra vida literaria más conversación que buenos juicios.

Con el dedo entre las páginas, volví a mirar el nombre de la cubierta y recordé lo que había comprado una semana antes, una novela de un escritor cubano al que atribuía aquellas palabras sobre la época colonial. Quizá sean suyas y yo haya tomado sus hábitos por los de un programa, error que me tocará reconocer en caso de que la sospecha resulte infundada. De probarse una redacción delegada que el libro no declaró, le pediría que precisara qué hizo con las páginas recibidas y qué trabajo considera suyo. Por ahora puedo responder de mi lectura, no de lo que ocurrió en su escritorio.


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