La Habana oculta: el hombre, la hembra y el hambre

Banner en blanco y negro de La Habana del Período Especial con un mockup de El hombre, la hembra y el hambre, de Daína Chaviano.

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Por Margaret Traba

Claudia y La Mora, cuyos nombres conservan para Rubén y Gilberto recuerdos que ninguno posee por entero, pertenecen a una vida que continuó más allá de la presencia de cada hombre, con experiencias que sus evocaciones aisladas no alcanzan a reconstruir. Lo que uno recuerda carece de aquello que el otro sabe, y esa insuficiencia concede a la mujer una apariencia enigmática que podría proceder de la separación de los testimonios. La conversación altera el sentido de cuanto ambos creían conocer, pues las palabras de uno permiten reconocer relaciones que permanecían fuera del alcance del otro. En esa falta de correspondencia puede situarse una lectura de El hombre, la hembra y el hambre, de Daína Chaviano, cuya ciudad adquiere otra forma al contacto con una narración que reúne las experiencias dispersas de sus habitantes.

La Habana del Período Especial se superpone a la que venía de los años ochenta, cuyas expectativas, hábitos y promesas sobreviven en personas que deben aprender a subsistir bajo unas condiciones que deshacen el valor de su formación. El profesor de arte y el economista conservan los conocimientos que habían dado sentido a sus vidas, pese a que sus ocupaciones actuales los obliguen a buscar otros recursos. Sus trabajos hacen visible la crisis y dejan fuera parte de la historia que permite comprender sus pérdidas. Lo oculto puede reconocerse en esa continuidad que la urgencia del presente cubre, en la persistencia de una Habana que todavía habita a sus ciudadanos y que ha dejado de ofrecerles el futuro para el cual los preparó.

Los documentos, sueños y testimonios de La llamada de Cthulhu adquieren su efecto al revelar una relación que sus poseedores ignoraban, según advierte el narrador de Lovecraft al aludir a «la incapacidad del entendimiento humano para relacionar todos sus contenidos», en una traducción propia del pasaje. La observación permite pensar que la dificultad del conocimiento procede de los vínculos que una mirada parcial no consigue establecer. Una persona puede disponer de noticias, recuerdos y objetos sin advertir la relación que modifica el significado de cada uno. En el relato de Lovecraft, esa reunión adquiere consecuencias aterradoras; en nuestra lectura de Chaviano, ofrece una vía para examinar cómo unas vidas fragmentadas por la experiencia individual pueden adquirir una forma reconocible a través de la escritura.

La denominación La Habana oculta, que da nombre al ciclo de novelas, suscita la imagen de una segunda ciudad preservada detrás de la ciudad visible, con habitantes, recuerdos y claves intactas, a la espera de quien posea el don de penetrar en ella. Tal imagen atribuye a lo oculto una existencia propia, separada de las condiciones que impiden comprender los acontecimientos, y lo aproxima a una entelequia en el uso corriente del término, una construcción abstracta que acaba por adquirir la apariencia de una cosa. El concepto aristotélico posee otro alcance, asociado a la realización o actualidad, pero aquí interesa esa entidad imaginaria que el lenguaje coloca detrás de los hechos y a la cual atribuye, antes de cualquier examen, el sentido de cuanto sucede.

Una noticia conserva el nombre de sus protagonistas, otra circula con una fecha errónea, un recuerdo omite una relación y un episodio permanece sujeto a la versión de alguien que desconoce sus consecuencias. Cada fragmento puede contener hechos ciertos y ofrecer, pese a ello, una comprensión insuficiente de lo sucedido. La condición de oculto nace de esa distribución, de la desigualdad que separa a quienes saben, a quienes recuerdan y a quienes disponen de medios para contar. Los acontecimientos pueden hallarse a la vista durante años sin que nadie perciba los vínculos que los harían inteligibles, de modo que la impresión de profundidad procede de una falta de conexión.

La carta que los investigadores de Poe no consiguen reconocer ofrece una figura de esa dificultad, pues el objeto permanece expuesto a una mirada cuyas expectativas lo vuelven imperceptible. En La carta robada, Dupin observa que ciertos signos «escapan a la observación por ser demasiado evidentes», según una traducción propia del pasaje, y vincula la falta de percepción con los hábitos de quien busca. La presencia material de algo no asegura su reconocimiento, dado que las preguntas y las ideas previas pueden impedir que alguien advierta cuanto tiene ante los ojos. La comparación resulta pertinente para pensar una ciudad cuyos oficios, privaciones y relaciones amorosas son visibles, pero cuya historia exige otra disposición de los hechos para hacerse comprensible.

Rubén y Gilberto, cuyas evocaciones amorosas remiten a experiencias distintas, poseen recuerdos que adquieren otra significación al contacto con las palabras del otro. Sus voces entran, in medias res, en unas vidas cuyo desarrollo las precede y cuyo sentido ninguno controla por entero. Lo vivido les parecía comprensible bajo los límites de su propia memoria, hasta que la relación de los testimonios obliga a revisar nombres, identidades y certezas. El descubrimiento no requiere un acontecimiento nuevo, pues lo sucedido ya formaba parte de sus vidas. La novedad pertenece al orden que sus relatos establecen y al conocimiento que ese orden hace posible.

La mujer evocada bajo dos nombres excede las relaciones mediante las cuales cada hombre cree conocerla, pues toda denominación recoge las circunstancias de un encuentro y el lugar que ella ocupó en una experiencia ajena. Claudia y La Mora pueden examinarse como nombres a través de los cuales una vida ha circulado por ámbitos que no intercambian sus testimonios. Cada interlocutor conserva una forma de su presencia y deja fuera cuanto ocurrió antes o después de su vínculo con ella. La narración permite advertir cuánto de la supuesta naturaleza enigmática de una persona procede de las limitaciones de quienes hablan de ella y cuánto añade a esa apariencia la seguridad con que cada uno defiende su versión.

Los hechos apilados de una vida carecen del orden que un archivo promete, pues los recuerdos se superponen, ciertos episodios relegan a otros y una experiencia posterior altera el significado de cuanto la precedió. La ocupación actual borra de la mirada ajena una profesión anterior; el apodo sustituye al nombre; una conducta aislada de su historia oculta las circunstancias que la hicieron posible. El acontecimiento permanece bajo versiones sucesivas que reducen su alcance o modifican su apariencia. Aquello que parecía una identidad fija puede revelar, al recuperar sus relaciones, las consecuencias de una pérdida, una necesidad o una elección que los demás desconocían.

El profesor de arte y el economista subsisten en las biografías del artesano y del carnicero, pese a que sus ocupaciones presentes permitan describirlos sin atender a lo que fueron. La misma dificultad afecta, mutatis mutandis, a la ciudad que los contiene, cuyas apariencias conservan las consecuencias de proyectos y pérdidas que una observación fugaz no reconoce. La Habana de los noventa lleva consigo la de los ochenta en las capacidades que sus habitantes adquirieron y en las expectativas que todavía orientan sus juicios. Una descripción de sus trabajos actuales registra los medios de supervivencia; la narración de sus vidas permite comprender qué lugar ocupan esos trabajos en una historia de aspiraciones frustradas.

Las calles, las instituciones y los lenguajes que la crisis recibe de la década anterior conservan usos y significados que las nuevas necesidades alteran. Los conocimientos que habían servido para justificar una posición social pierden su capacidad de asegurar el sustento; las profesiones conservan su nombre y ceden su lugar a actividades que permiten obtener recursos. Esa superposición alcanza los cuerpos y las relaciones afectivas, pues cada personaje debe responder a unas exigencias que modifican la imagen que tenía de sí mismo. La ciudad anterior persiste en la experiencia de sus habitantes, con una duración que la escasez cubre sin poder cancelarla.

Una biografía reducida a una conducta censurada, un fracaso colectivo atribuido a una insuficiencia personal o una experiencia de privación despojada de sus causas muestran cuánto depende el conocimiento de las formas autorizadas de contar. Los acontecimientos conservan su visibilidad y pierden parte de sus conexiones, pues las explicaciones que circulan pueden reconocer los efectos y excluir las circunstancias que los produjeron. Se sabe que alguien abandonó una profesión, que busca ingresos o que modificó su vida, pero la enumeración de esos datos deja fuera la historia que los une. Lo oculto puede proceder de ese corte, de una relación que el relato público omite sin necesidad de borrar cada hecho.

El narrador que aproxima dos recuerdos, concede la palabra a un testigo o sitúa una escena después de otra interviene en el conocimiento de cuanto cuenta, pues la disposición de los materiales afecta al sentido que adquieren. Un episodio junto a otro puede revelar una coincidencia; el mismo episodio, sujeto a una secuencia diferente, puede sugerir una pérdida o una contradicción. La superficie narrativa donde comparecen los hechos constituye una elaboración que permite comprender y que exige atención a sus procedimientos. La escritura concede una forma a los materiales recibidos, pero esa forma depende de una selección cuyas ausencias también participan en el resultado.

La imagen de una verdad desnuda que aguardaría bajo capas sucesivas resulta insuficiente para explicar ese trabajo, dado que algunos vínculos solo adquieren forma al contacto con el relato. Los hechos no esperan bajo el silencio con todas sus relaciones resueltas. La comparación de dos recuerdos necesita palabras, una secuencia y un criterio de relevancia para hacerse perceptible; incluso el reconocimiento de una misma persona bajo dos nombres exige una operación que alguien debe efectuar. El conocimiento que la narración produce permanece sujeto a las voces recibidas, a las preguntas que formula y a las experiencias para las cuales todavía carece de testimonio.

Los muertos que participan en las experiencias de Claudia pueden interpretarse como una intervención del pasado en un presente que carece de recursos para escuchar ciertas historias, sin que esa lectura anule el lugar de lo sobrenatural en la ficción. Su presencia ofrece una forma narrativa a la persistencia de lo sucedido, a las experiencias que dejaron de participar en la conversación de los vivos y que todavía afectan sus decisiones. Una pérdida puede conservar efectos mucho después de que desaparezcan quienes sabían explicarla. El regreso de esas voces concede una figura a la continuidad de los hechos y permite que su duración intervenga en el conocimiento del presente.

Una calle conserva consecuencias de vidas que sus habitantes actuales ignoran, del mismo modo que una relación puede recibir el peso de experiencias cuyos nombres ya no circulan. Las palabras que alguien recuerda, los objetos que sobreviven y las pérdidas cuya explicación quedó incompleta forman una trama de restos que exige lectura. Cualquier conclusión obtenida ex silentio corre el riesgo de confundir la ausencia de un testimonio con la inexistencia de una experiencia, pues aquello que no ha encontrado una voz puede haber dejado efectos reconocibles. La escritura ofrece a esos restos una posibilidad de relación y permite que lo que parecía una anomalía adquiera una historia.

El testimonio de una persona sin reconocimiento social puede circular durante años y permanecer fuera de la atención colectiva, pese a que sus palabras describan experiencias que otros necesitan conocer. La falta de recepción añade otra capa a los hechos apilados, pues una sociedad también distribuye el valor de las voces y decide cuáles merecen escucha. Un recuerdo familiar, una conversación sin prestigio o una versión desacreditada pueden contener relaciones que el relato público excluye. La literatura dispone de la posibilidad de restituirles un ámbito de recepción, con lo cual una experiencia conocida por pocos adquiere presencia ante lectores que antes carecían de acceso a ella.

La Habana del Período Especial recibe así una densidad que la descripción de sus carencias no alcanza a expresar, pues sus habitantes llevan consigo una ciudad anterior cuyos hábitos y promesas todavía participan en sus vidas. Los hechos apilados poseen fechas, consecuencias y protagonistas, pero sus relaciones necesitan una forma que los vuelva perceptibles. La observación de Lovecraft permite pensar la dificultad para vincular materiales dispersos, y la de Poe, la ceguera que los hábitos de observación producen ante lo visible. La escritura trabaja sobre ambas dificultades al devolver una historia a los nombres y una duración a las apariencias del presente.

La página en que los recuerdos de dos hombres permiten reconocer una relación antes ignorada recibe acontecimientos que pertenecían a memorias distintas y les concede un orden que modifica su sentido. Lo oculto sería, bajo esta perspectiva, el nombre provisional de aquello que todavía carece de una narración capaz de hacerlo comparecer ante otros. Los hechos apilados salen a la superficie a través de las palabras que los aproximan, de las voces que se corrigen y de los nombres que recuperan su historia. La Habana que emerge lleva consigo la de los años ochenta, cubierta por las urgencias de la década siguiente, con vidas cuya continuidad la escritura vuelve perceptible sin agotar todo cuanto queda fuera de sus páginas.


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