El imperio de los cuerpos defectuosos

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Por MARIA EUGENIA ROSALES

Cuando el apellido Oblómov vuelve a aparecer bajo la pluma de Carlos A. Aguilera, trae consigo un rumor anterior, casi una fatiga heredada, la de Iliá Ilich, aquel terrateniente de Goncharov que hizo de la cama una patria y de la postergación una forma de resistencia sin programa, un hombre cuya renuncia a la acción dio nombre al oblomovismo, esa mezcla de letargo, fantasía y retirada que parecía condenada a permanecer en el siglo XIX. Aguilera recibe ese apellido cargado de polvo ruso y, sin borrarle la pereza ancestral, lo lleva hacia un lugar más peligroso, pues el nuevo Oblómov ya no quiere quedarse al margen del mundo, sino imaginar su distribución, fundar una torre, escoger a sus habitantes y levantar, sobre la herencia de la inercia, una voluntad de mando. Me interesa ese desplazamiento, mutatis mutandis, no como juego erudito, sino como una inversión de gran alcance, ya que el hombre que ayer se negaba a intervenir en la realidad descubre ahora el placer de asignarle forma.

Bajo ese apellido se oyen otras voces, algunas nítidas, otras reducidas a sedimento, y la novela empieza a parecer menos una superficie lisa que una tabla escrita varias veces, raspada, vuelta a inscribir, donde Goncharov deja la sombra de la inercia, Dostoievski deposita el ácido del subsuelo, Chernyshevski conserva la fe en el hombre que puede ser educado para el porvenir y Solzhenitsyn trae la memoria del espacio donde la clasificación política adquirió barrotes, convoyes y frío. No hablo de influencias colocadas una al lado de otra, sino de un palimpsesto de alta densidad, en el que cada inscripción respira debajo de la siguiente y la lectura, in nuce, se alimenta de aquello que no ha desaparecido. Aguilera no copia esos estratos, los deja rozarse hasta que el roce produce otra materia.

Mucho antes de que la revolución tuviera comisarios, expedientes y cárceles, ¿Qué hacer? había instalado en la literatura rusa una pregunta que parecía iluminada por la confianza, qué clase de vida puede nacer si el hombre aprende a gobernar sus deseos, a disciplinar sus hábitos y a someter su conducta a una razón capaz de anticipar el futuro. Chernyshevski no escribió el Gulag y atribuírselo sería un abuso, pero en su mundo queda fijada una inquietud decisiva, la de formar al sujeto apto para una sociedad todavía inexistente, y cuando una cultura empieza a imaginar al hombre que debe venir, aparece también, casi por sombra, el hombre que sobra. Esa sombra, sub specie ordinis, me parece más fecunda que cualquier genealogía mecánica entre utopía y terror, pues señala el punto en que la pedagogía puede empezar a mirar la diferencia como defecto.

Apenas un año después, desde un cuarto húmedo y una conciencia que no consigue dejar de herirse, el hombre del subsuelo responde a esa confianza sin ofrecer un sistema rival, ya que su rebelión consiste en preservar el derecho a actuar contra el cálculo, a elegir lo que daña, a arruinar la ecuación que promete felicidad si cada individuo acepta aquello que la razón ha determinado como conveniente para él. No hay nobleza limpia en esa negativa, ni una libertad digna de estatua, sino orgullo, rencor, lucidez, vergüenza y una necesidad feroz de no ser reducido a fórmula. Dostoievski coloca así, sub specie libertatis, un resto que ningún proyecto logra absorber por completo, una reserva oscura donde el sujeto prefiere perder antes que aceptar que otro haya explicado de antemano su deseo.

Pero el subsuelo también guarda una trampa, y acaso allí empiece una de las vías que conducen hacia Aguilera, pues quien rechaza ser gobernado desde afuera puede acabar por fundar dentro de sí una jurisdicción más severa, un reino estrecho donde el agravio dicta leyes, la memoria repite sus condenas y el orgullo administra cada herida. El hombre del subsuelo no escapa del Imperio, lo miniaturiza, lo repliega sobre la conciencia y se vuelve soberano de un territorio sin habitantes salvo él mismo. Bajo esa luz, a contrario, la resistencia ya contiene una forma de mando, y el paso siguiente, el que Aguilera empuja hacia el grotesco, consiste en sacar esa soberanía del sótano y darle arquitectura.

Entre el diván de Goncharov y el subsuelo de Dostoievski, la criatura de Aguilera ocupa una tercera habitación, más ruidosa, más enferma, poblada por cuerpos que se desvían de la norma y por discursos que buscan elevar la desviación hasta rango de principio. El Tuerto no se contenta con defender su singularidad, quiere distribuirla, darle muro, jerarquía, comunidad, y esa diferencia separa la retirada de la fundación. El diván protegía de la historia, el subsuelo protegía del cálculo, la torre desea apropiarse de ambos impulsos y devolverlos al mundo bajo la forma de una organización. En ese instante el apellido Oblómov deja de ser una cita y adquiere espesor crítico.

Antes de que una piedra sea colocada sobre otra, la torre ya existe en la conciencia que ha decidido quién la merece, de modo que el verdadero nacimiento del Imperio no ocurre en la ceremonia de fundación, sino en la primera clasificación. Allí empieza a fascinarme Aguilera, pues su Imperio no necesita mapas para manifestarse, le basta una diferencia aceptada como ley, una puerta imaginaria, un adentro y un afuera, un cuerpo apto y otro sospechoso. Toda soberanía exige, conditio sine qua non, una gramática previa que distribuya nombres y posiciones, de ahí que la deformidad corporal adquiera tanto peso, ya que el cuerpo deja de ser simple presencia y pasa a funcionar como argumento dentro de una disputa por la pertenencia.

Jorobados, tuertos, enfermos, santones, criaturas zoológicas y cadáveres entran entonces en una procesión que no busca compasión, y ahí aparece una de las decisiones más fuertes del libro, pues Aguilera no concede al sufrimiento un certificado de virtud ni supone que la humillación purifique a quien la padece. El excluido puede desear excluir, el mutilado puede fundar jerarquías, el perseguido puede descubrir el gusto por la obediencia ajena. Esa negativa a santificar a la víctima, de facto, rompe una comodidad moral muy extendida, según la cual el dolor sería por sí solo escuela de justicia. En El imperio Oblómov, la herida también sabe mandar.

La carne entra en disputa con la doctrina cada vez que un cuerpo se desvía de la figura que el discurso había previsto, y de ahí nace una comicidad que no alivia, sino que perfora. Una joroba puede arruinar una metafísica del hombre perfecto, una enfermedad puede deshacer la solemnidad de una genealogía y un animal puede cruzar una escena cargada de doctrina hasta dejarla sin pedestal. Aguilera sabe que el poder teme al ridículo, pues el ridículo altera la escala, y una figura que se creía inmensa descubre, reductio ad absurdum, que también tiene cuerpo, olor, torpeza y límite. En sus mejores momentos, la novela no discute con la pompa, la deja hincharse hasta que revienta.

Por esa vía, el Imperio empieza a desprenderse de su sentido escolar y adquiere una dimensión más íntima, ya que no designa sólo extensión territorial, ejército o dominio exterior, sino el deseo de ocupar el centro desde el cual se fija el valor de las cosas. Toda frontera política ha sido antes una frontera mental, toda exclusión pública tuvo una prehistoria secreta en una conciencia que decidió qué forma merecía protección y cuál podía ser sacrificada. Visto sub specie imperii, el mapa llega después; primero aparece la taxonomía. El gesto imperial consiste en hacer pasar una preferencia por medida del mundo.

Con Archipiélago Gulag aparece otra escala, ya no la fantasía previa al muro, sino el territorio real donde millones de trayectorias quedaron atrapadas en una red de prisiones, traslados, interrogatorios y campos. Solzhenitsyn llamó archipiélago a esa dispersión unida por un mismo aparato de coerción, y la imagen conserva su vigor, pues dibuja un país invisible superpuesto al país visible, una geografía hecha de estaciones, barracas, listas y condenas. Aguilera trabaja antes de esa cristalización, cuando el plano aún cabe en una cabeza y la institución todavía no posee cemento, pero el vínculo entre ambos textos aparece, hic et nunc, en la pregunta por el espacio que una idea reclama cuando ya no se satisface con existir como idea.

Entre esa geografía de la coerción y la persistencia de los viejos espacios imperiales aparece otra figura que ayuda a ensanchar el libro, la del Imperio como región histórica, una zona que no desaparece cuando cae la dinastía ni cuando las fronteras cambian de dueño, pues conserva en las ciudades, en las lenguas, en las minorías, en los hábitos y en la memoria una vida posterior que ninguna cartografía nueva consigue borrar del todo. Claudio Magris recorre el Danubio bajo esa intuición, a través de un cauce que cruza la vieja Mitteleuropa y deja ver, bajo las naciones modernas, el sedimento habsbúrgico de una civilización plural, superpuesta, hecha de restos que todavía se reconocen unos a otros. En Aguilera, el Imperio posee también esa condición de región persistente, sub specie memoriae, aunque su espacio ya no se sostenga en la elegancia melancólica del viaje danubiano, sino en una materia más rota, grotesca y postsoviética, donde el paneslavismo, el recuerdo imperial, la experiencia soviética y la ruina posterior se adhieren a los cuerpos y al lenguaje. El poder puede haber perdido su trono y, sin embargo, seguir vivo en la forma de mirar una frontera, de pronunciar un apellido o de decidir quién pertenece a una comunidad.

Entre Chernyshevski, Dostoievski, Goncharov, Solzhenitsyn y Aguilera circula una pregunta persistente que cambia de forma sin agotarse, cuánto puede hacer una idea con el hombre cuando recibe autoridad para hablar en su nombre. En un extremo queda la confianza en la educación y en la reforma, en otro la defensa feroz del derecho a romper el cálculo; después aparece el aparato que clasifica, transporta y encierra, y, tras ese sedimento, la sátira recoge los restos y los hace convivir en cuerpos deformados, genealogías absurdas y fantasías de mando. El palimpsesto deja de ser decoración culta y pasa a ser memoria de una discusión cuyas sucesivas versiones ocupan la misma superficie.

Sin embargo, la exuberancia que da vida a esa superficie también produce desgaste, pues cuando cada escena abre otra digresión, cada personaje acumula una teoría y cada anomalía convoca una anomalía nueva, la sorpresa empieza a reconocer su mecanismo. El caos aprende modales, la ruptura adquiere hábito y el exceso fabrica su propio protocolo. No me molesta la proliferación, que pertenece al nervio del libro, pero sí aquellos tramos en que el procedimiento se repite hasta que la rareza deja de herir. Una poética nacida para romper el molde corre el riesgo, sui generis, de fabricar otro molde con los fragmentos del anterior.

En esos pasajes echo de menos una mayor confianza en la duración de una sola imagen, pues Kafka podía confiar a una puerta, un insecto o un proceso la alteración de una escena cuyo aire cambiaba bajo el efecto de esa única presencia, sin necesidad de añadir otra anomalía antes de que la primera agotara su veneno. Aguilera prefiere la profusión, elección que le concede fulgor, velocidad y una risa corrosiva, pero que a veces cubre con nuevos destellos una imagen que aún no había terminado de arder. El grotesco, cuando no encuentra resistencia, puede perder filo y empezar a contemplar su propio brillo.

También la digresión reclama una disciplina secreta, no para obedecer al centro, sino para regresar a él con algo que lo haya alterado. En varias zonas de El imperio Oblómov ese regreso ocurre y el desvío deja una nueva temperatura en la escena, pero en otras la ramificación consume su fuerza antes de tocar de nuevo el núcleo narrativo, y entonces la inteligencia del fragmento pesa más que la memoria del conjunto. El libro gana en fulgores aislados lo que a veces sacrifica en continuidad, una pérdida que no invalida su apuesta, pero sí revela el costo de una escritura que prefiere abrir puertas antes que cerrarlas.

La falta de proporción, vista desde otro ángulo, parece pertenecer al propio tema, pues una novela habitada por cuerpos defectuosos, genealogías rotas e imperios nacidos de la deformidad no podía buscar una tersura clásica sin traicionar su materia. El defecto participa de la forma hasta que deja de producir sentido y empieza a repetirse. La fisura más clara del libro surge no de su rareza, sino del instante en que esa rareza pierde capacidad de sorpresa y se vuelve costumbre. El monstruo necesita contraste; sin él, la monstruosidad corre el riesgo de hacerse paisaje.

Bajo esa proliferación todavía respira el problema del palimpsesto, pues cada estrato anterior reaparece con una figura distinta, Goncharov como memoria de la inercia, Dostoievski como soberanía negativa, Chernyshevski como pedagogía del futuro y Solzhenitsyn como geografía de la coerción. Aguilera no borra esas capas ni las conserva intactas, las somete a torsión, y en esa fricción el apellido Oblómov deja de nombrar a un solo personaje para designar una familia de problemas. Cada escritura anterior permanece, in nuce, dentro de la nueva, no como reliquia, sino como materia todavía activa.

Tampoco el presente queda fuera de esa acumulación, pues el oblomovismo ha aprendido a vivir sin cama y el subsuelo ya no necesita sótano. Se puede dedicar el día a responder mensajes, emitir opiniones, recorrer pantallas y acumular signos de presencia sin asumir una sola acción que comprometa de veras la existencia, de modo que la vieja inercia sobrevive bajo una actividad de superficie que oculta su parentesco con el diván. Algo semejante ocurre con el subsuelo, que reaparece en pequeñas cámaras de afinidad donde cada sujeto escucha aquello que confirma su herida y expulsa lo que perturba su certeza, de modo que erige, sub specie libertatis, una soberanía privada que ya no pide silencio, sino aprobación.

Ni siquiera el Imperio necesita hoy una capital para conservar su impulso, pues basta una institución, una comunidad cultural, un grupo o una conciencia que se atribuya el derecho de decidir quién representa, quién merece prestigio, quién entra en el archivo y quién queda reducido a ruido. El remanente no reproduce al zar ni al comisario; adopta escalas pequeñas, casi domésticas, y esa reducción vuelve más difícil reconocerlo. El deseo de centro sobrevive a la caída de las banderas, y la pulsión clasificatoria, quod remanet, reaparece cada vez que una voz reclama la facultad de cerrar el sentido de las demás.

Si una imagen tuviera que quedar después de cerrar el libro, escogería una torre todavía inexistente y a un hombre que ya conoce la lista de quienes podrán habitarla, pues en esa escena se condensan el apellido fatigado de Goncharov, la rebelión venenosa del subsuelo, el sueño pedagógico de Chernyshevski y la geografía de exclusión que Solzhenitsyn registró desde otro tiempo y otro género. Aguilera reúne esos restos sin reconciliarlos y deja que se contaminen. El Imperio nace entonces antes de la muralla, antes del uniforme y antes del mapa, en el segundo exacto en que alguien decide que la pluralidad del mundo debe rendirse ante una forma única.


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