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POR HUMBERTO RIOS
Este año se cumplen veinte años de la publicación de Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano, obra distinguida en 2006 con el XXXIV Premio Anagrama de Ensayo y que, a mi juicio, continúa siendo el libro insuperable de Rafael Rojas. Ningún otro trabajo suyo ha reunido con tanta libertad la investigación histórica, la crítica literaria y el examen de las responsabilidades del escritor ante el poder. Al volver a él, se advierte también un exceso que no ha perdido relieve con los años. Las citas se multiplican, los nombres se suceden y el aparato de referencias invade a veces la marcha de la prosa, hasta dar la impresión de que el ensayo ha cedido el puesto a un libro de referencias. La grandeza de la obra y su flaqueza más visible proceden, en cierta medida, del mismo afán de no dejar a nadie fuera.
Bajo una misma cubierta comparecen escritores que se quedaron, quienes abandonaron la isla y quienes cambiaron de opinión después de haber servido a la Revolución. Rojas comprende que no basta con reincorporar los nombres excluidos del canon oficial. También habría que examinar los modos en que cada facción reclama a sus muertos, protege a sus vivos y corrige retrospectivamente sus biografías. Las tumbas del título conservan ese desasosiego porque el entierro de una figura pública rara vez pone fin a su utilización política. La obra de un poeta puede reducirse a su adhesión tardía; la de un historiador, quedar detenida en una dedicatoria; la de un disidente, empezar a existir solamente el día de su ruptura.
Cuando la introducción declara inseparables la respuesta intelectual a 1959 y las contiendas posteriores por la memoria, queda planteado el verdadero alcance del libro. No se trata únicamente de registrar censuras, emigraciones y polémicas, sino de interrogar la facultad de una autoridad para decidir qué vida merece una continuidad y cuál ha de quedar dividida entre un antes aprovechable y un después inconveniente. De ahí que Rojas retroceda a la República y se demore en revistas, ensayos y disputas anteriores al triunfo revolucionario. Lo ocurrido después no nació de un silencio previo. La cultura cubana ya había elaborado, a lo largo de décadas, sus mitos de reparación y sus promesas de un comienzo definitivo.
Los capítulos introductorios ya anuncian, uno tras otro, las preguntas que sostendrán esa historia. «El panteón en discordia» examina la pugna por los nombres; «Revolución, disidencia y exilio» rechaza que esas palabras agoten por sí solas la variedad de las posiciones; «Memoriales del éxodo» contempla las formas de recordar desde fuera de la isla. «Olvido y responsabilidad» exige asumir la propia participación en aquello que se denuncia, mientras «La venganza del paisaje» devuelve a la geografía un poder de persistencia sobre las identidades dispersas. La secuencia inicial es sugerente, pero su abundancia conceptual adelanta demasiadas conclusiones antes de que aparezcan las vidas y los textos que habrán de ponerlas a prueba.
En «La ansiedad del mito», la Revolución de 1959 recibe así una genealogía menos cómoda que la ofrecida por sus partidarios y sus enemigos. Martí, la independencia frustrada, la soberanía incompleta y los límites de la República habían suministrado un repertorio del que se sirvieron liberales, católicos, comunistas y nacionalistas. Al reconstruirlo, Rojas muestra cómo el deseo de corregir la historia podía conducir hacia proyectos incompatibles. Su observación más incisiva se refiere al acercamiento entre la mitología revolucionaria y la de Orígenes. Aquella poesía que había buscado una imagen de plenitud para la nación terminó disponible para una historia que decía haber realizado, en el terreno del poder, la promesa que los escritores habían dejado en suspenso. No todos participaron de ese encuentro de igual manera; el libro acierta al describir una confluencia sin convertirla en un pacto firmado por todos.
Las páginas sobre los nacionalismos republicanos obligan a mirar otra vez a Jorge Mañach, Juan Marinello y sus contemporáneos fuera de la distribución que la historia oficial impuso más tarde. Los adversarios podían disputarse el destino de Cuba en revistas, instituciones y tribunas comunes. Rojas no necesita canonizar la República para mostrar que existió una relación pública entre contrarios que el nuevo régimen fue estrechando hasta volverla casi imposible. Sin embargo, el valor que concede a ese intercambio deja una pregunta abierta. ¿Hasta dónde llegaba la tolerancia republicana para quienes carecían de los recursos sociales, raciales o económicos de sus principales polemistas? El debate entre intelectuales eminentes documenta una cultura de discusión; no demuestra por sí solo que toda la sociedad compartiera sus condiciones.
La reconstrucción de Ciclón, Orígenes y las primeras publicaciones revolucionarias se beneficia de un conocimiento excepcional de los textos. Rojas no habla de autonomía literaria en abstracto. Examina las decisiones editoriales, los choques de Virgilio Piñera y otros escritores con la moral católica, la disputa acerca de la función de la poesía y el progresivo endurecimiento de las exigencias políticas. Por esa vía evita la leyenda de una comunidad literaria que habría despertado una mañana dividida en dos bandos. Hubo entusiasmos parciales, desacuerdos internos, adhesiones condicionadas y silencios de diversa índole. La historia pierde su comodidad binaria y gana una medida más rigurosa de la responsabilidad individual.
«Nihilistas y cívicos», tras los nacionalismos republicanos, estudia la libertad literaria de Ciclón y los conflictos entre una escritura que se reclama autónoma y los mandatos morales o políticos. «El síndrome de Jano» vuelve sobre la doble mirada de los intelectuales que, al recibir la Revolución, aún arrastraban los desacuerdos del orden anterior. A Rojas le interesa el tránsito, y por eso las revistas de los primeros años son algo más que documentos. Registran la velocidad con que una discusión pública podía perder sus condiciones de posibilidad. Esa explicación gana fuerza cuando deja que una polémica concreta muestre el cambio de reglas; pierde algo de ella cuando una clasificación demasiado ambiciosa pretende dar cuenta de todas las vacilaciones.
Los «Perfiles inacabados» llevan esa exigencia hasta algunas de sus consecuencias más fértiles. Manuel Moreno Fraginals comparece con su gran obra, El ingenio, y con las posiciones que adoptó al final de su vida. Reducirlo al historiador revolucionario de los sesenta obligaría a desconocer un desenlace que también pertenece a su pensamiento. En el caso de Cintio Vitier, Rojas sigue la lectura que incorporó a Lezama Lima y a Orígenes en una continuidad histórica favorable a la Revolución. Reconoce el mérito del poeta y discute la manera en que esa interpretación atenúa la difícil situación final de Lezama. La objeción alcanza a la apropiación de una obra cuya relación con la ciudad jamás se dejó traducir sin pérdidas al lenguaje de la razón de Estado.
Guillermo Cabrera Infante aparece unido a una Habana que la escritura se niega a entregar dócilmente a la cronología oficial. La invención verbal guarda la ciudad perdida sin restaurarla como postal piadosa. Con Heberto Padilla, en cambio, el choteo deja de ofrecer defensa suficiente frente a una experiencia que exige nombrar el miedo y la tragedia. Roberto Fernández Retamar proporciona uno de los contrastes más severos del volumen. Su trabajo temprano de crítica literaria revela una sensibilidad para la forma que vuelve más elocuente, y más discutible, su posterior papel en la legitimación intelectual del régimen. Rojas encuentra sus mejores páginas cuando pone unos escritos junto a otros y deja que la contradicción surja de ellos, sin atribuir a un autor una esencia que hubiese permanecido intacta durante toda su vida.
Jesús Díaz y Raúl Rivero impiden que la galería de escritores se convierta en un museo de posturas. Díaz debe hacerse cargo de sus años de participación antes de reclamar la autoridad de su crítica; esa trayectoria adquiere relieve precisamente porque el libro no le concede una inocencia retrospectiva. La cárcel de Rivero, después de las detenciones de 2003, recuerda qué podía costarle a un escritor la independencia en la Cuba que Rojas estaba examinando. El pluralismo del ensayista tiene aquí un límite moral necesario. Reconocer las diferencias entre las biografías no obliga a repartir por igual el peso de la censura, el encarcelamiento y la responsabilidad por haberlos justificado.
En «El campo roturado», al comienzo de «Memorias armadas», la narrativa reciente sirve para reconocer sujetos que el vocabulario político había mantenido en un margen. La emigración, las sexualidades perseguidas y los oficios nacidos de las nuevas condiciones económicas adquieren presencia literaria. «Los nudos de la memoria» se detiene en las revisiones del pasado después de la desaparición soviética y en el duelo que precede a una reconstrucción del relato nacional. Rojas describe la disputa de memorias sin suponer que todas circulan con la misma libertad. La cuestión es decisiva, pues un relato sostenido por instituciones públicas y otro mantenido en publicaciones precarias no cuentan con medios equivalentes para asegurar su posteridad.
«Ciudadanía posnacional» examina una pertenencia que ya no se deja encerrar en el territorio. La cultura cubana no termina en los límites administrativos de la isla, pero tampoco queda resuelta por el mero hecho de afirmar que los exiliados conservan su nacionalidad sentimental. «La ideología después del comunismo» afronta las condiciones de una reforma política y cultural ante la obstinación de un poder que proclamó irrevocable su sistema. En «Del compromiso a la neutralidad», la escritura y el juicio público recuperan el problema que recorre todo el volumen, la relación entre la independencia intelectual y las obligaciones cívicas. Es el cierre lógico de la obra, aunque sus previsiones sobre una salida próxima del comunismo han envejecido de manera muy desigual.
Hasta aquí llegan aportes que justifican la permanencia del libro. Su debilidad formal, sin embargo, exige una crítica más franca que la observación ocasional sobre su erudición. Rojas cita a filósofos, historiadores, críticos, narradores y teóricos de la memoria con una frecuencia que, en determinados tramos, interrumpe la relación directa entre su mirada y el objeto. Apenas comienza a desenvolverse un juicio sobre un autor cubano, irrumpe una autoridad que lo enmarca; luego otra que matiza la primera, y después una nota que remite a una polémica adicional. La acumulación certifica un trabajo vasto, pero el lector acaba preguntándose qué parte de esa maquinaria resultaba indispensable. La referencia, destinada a sostener la argumentación, ocupa por momentos el lugar donde la argumentación debería demorarse.
No se le puede reprochar a un historiador que documente sus afirmaciones. En un asunto expuesto a la propaganda, la cita es una disciplina de la responsabilidad. El problema aparece cuando su número deja de responder a una necesidad distinta en cada caso. Algunas iluminan un texto poco conocido; otras repiten, con otro apellido prestigioso, lo que el propio Rojas acaba de demostrar. Una fuente primaria cubana y una categoría elaborada para otra experiencia histórica pueden recibir así una extensión parecida, aun cuando su función no sea equivalente. El ensayista posee suficiente inteligencia crítica para prescindir de ciertas muletas. Cuando lo hace, sus retratos avanzan con una claridad que la proliferación bibliográfica no siempre mejora.
Esa abundancia afecta también la forma del conjunto. Las secciones poseen impulsos desiguales, y ciertos desplazamientos entre un perfil, una discusión teórica y una previsión política se sienten más próximos a una reunión de investigaciones que al desarrollo inevitable de un solo ensayo. La ambición de representar el campo intelectual cubano con justicia explica el deseo de incluir tantos nombres, libros y controversias. No obstante, ninguna historia se vuelve más justa únicamente por aumentar el número de sus entradas. Allí donde la elección y la jerarquía habrían dado mayor fuerza al argumento, el catálogo amenaza con sustituirlas. En esas páginas Tumbas sin sosiego parece, en efecto, un libro de referencias que contiene un ensayo extraordinario.
Otro punto discutible reside en la confianza depositada en una eventual reorganización democrática de la memoria. Desde 2006, la duración del régimen y las emigraciones posteriores han modificado el escenario que sustentaba algunas de aquellas conjeturas. También las instituciones culturales del exilio merecen un escrutinio más insistente del que reciben en el volumen. Sus exclusiones, sus patrocinadores y sus repartos de prestigio no poseen el poder coercitivo del Estado cubano, pero influyen en la conservación de ciertas obras y en el olvido de otras. Si el propósito es examinar todos los panteones en discordia, ninguna geografía puede quedar exenta de preguntas.
Con todo, los veinte años transcurridos han favorecido al libro en un aspecto decisivo. Su negativa a aceptar biografías amputadas conserva una vigencia que ninguna de sus hipótesis coyunturales agota. Rojas comprende que la fidelidad a un escritor empieza por admitir las decisiones que nos incomodan, sus rectificaciones, sus servidumbres y la parte de su obra que cada facción preferiría perder. Aun cuando la erudición se interpone demasiado entre la frase y el hallazgo, hay una inteligencia histórica que no abandona esa exigencia. De ahí mi juicio sobre el lugar del libro en la obra de su autor. Tumbas sin sosiego sigue siendo su ensayo insuperable, precisamente porque sus defectos son visibles a la altura de una empresa que pocos se habían atrevido a acometer. Las tumbas permanecen abiertas; el libro impide que alguien se declare su único heredero.


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