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POR JUAN ANTONIO RIVERA
Después de retirar las maracas y de pedir que cese la carcajada con que suele anunciarse al cubano, Miguel de Marcos encuentra a un hombre que apenas consigue intervenir en su destino. En Tristeza de Cuba, publicado en el periódico habanero Avance el 17 de noviembre de 1938, galardonado por unanimidad con el Premio Periodístico Justo de Lara de ese año y reproducido en el Diario de la Marina el 24 de febrero de 1939, atribuye esa condición a la humillación, la impotencia y la debilidad. Bajo los comportamientos que describe, sin embargo, puede reconocerse un proceso anterior al abatimiento. Entre conversaciones previsibles, entusiasmos que se consumen y promesas que aplazan su cumplimiento, la existencia pierde poco a poco el interés por sus propias posibilidades. Desde la interpretación que aquí propongo, el aburrimiento prepara la tristeza. Primero se debilita la relación con lo que podría hacerse; después empieza a doler lo que se ha dejado de esperar.
Entre una noticia y su comentario, entre el trabajo y las distracciones que ayudan a olvidarlo, transcurren horas que nadie consideraría vacías. Precisamente por eso resulta difícil advertir el tedio que contienen. Puede acompañar una agenda completa, una reunión animada o una sucesión de novedades que reclaman atención y desaparecen sin consecuencias. Quien participa encuentra siempre algo que hacer. Más difícil le resulta reconocer una necesidad propia en esas ocupaciones. Cuando intenta explicar para qué ha empleado el día, dispone de respuestas aceptables que podrían haber sido pronunciadas por cualquiera. La tristeza aparece cuando esa indiferencia deja de pasar inadvertida y se convierte en conciencia del tiempo perdido.
Con las fórmulas heredadas que, según Marcos, sustituyen el trato con la realidad, llega también una manera de ordenar las expectativas. Se aprende qué admirar, de qué burlarse, qué considerar una desgracia y qué celebrar como una victoria. Dentro de ese repertorio, la experiencia encuentra su explicación antes de haber sido examinada. Una comodidad semejante ahorra discusiones y proporciona pertenencia. A cambio, puede ir debilitando la necesidad de juzgar por cuenta propia. Se sostiene una opinión porque es la que corresponde, se desea lo que merece ser deseado y se ocupa el tiempo de una forma reconocible para los demás. Apenas queda ocasión de preguntar cuánto de esa vida se ha elegido.
En el café donde Marcos sitúa una crítica degradada en murmuración, los interlocutores parecen disponer de una réplica para cualquier circunstancia. Bastaría cambiar un nombre para reanudar la conversación del día anterior. La noticia aporta el pretexto; las opiniones estaban preparadas. Con esa familiaridad se obtiene el placer de confirmar lo que todos sospechaban y se elimina la posibilidad de quedar sorprendido. Durante unas horas, el intercambio sostiene a sus participantes y les concede una pequeña autoridad sobre los asuntos del país. Luego cada cual regresa a sus obligaciones. La autoridad adquirida alrededor de la mesa no consigue acompañarlos hasta la puerta.
Cuando semejante intercambio ocupa el lugar de las iniciativas que no llegan a emprenderse, el aburrimiento adquiere una duración más difícil de interrumpir. El día siguiente ya está contenido en el anterior. Se conoce la queja, la respuesta, la ocurrencia y hasta la expresión del oyente. Esa previsibilidad puede proporcionar descanso, pero también reducir el porvenir a una repetición ligeramente modificada. La tristeza surge cuando se reconoce que la repetición compromete la propia existencia. No vuelve solamente la conversación. Vuelve uno mismo a desempeñar el mismo papel, con menos tiempo disponible y con nuevas razones para aplazar lo que alguna vez quiso comenzar.
Bajo la pérdida del destino que inquieta a Marcos habría, por tanto, una relación deteriorada con lo posible. El futuro conserva fechas y anuncios, pero cuesta experimentarlo como algo en cuya formación se participa. Se espera un cambio de gobierno, una mejora de las circunstancias, la llegada de alguien capaz de resolver lo que nadie consigue resolver. El porvenir adopta la forma de una noticia. Entretanto, se envejece. Una espera que parecía provisional termina organizando la vida entera, y el aburrimiento acumulado se vuelve tristeza cuando el individuo advierte que ha confiado sus posibilidades a acontecimientos sobre los cuales apenas tiene influencia.
Ante esa experiencia, la acusación de debilidad resulta insuficiente. No todos disponen de los mismos medios para actuar, y ninguna exhortación al carácter elimina una dependencia real. Una persona puede comprender con precisión lo que le sucede y carecer de derechos practicables, recursos o interlocutores obligados a responder. Pero las restricciones tampoco explican por completo la renuncia. A veces se permanece dentro de lo habitual porque una decisión, incluso pequeña, obligaría a asumir consecuencias sin el amparo de una opinión compartida. La ocupación constante protege de esa exigencia. Siempre existe algo urgente que atender antes de hacerse responsable de una posibilidad propia.
En ciertas reuniones que se prolongan, el reloj ofrece una medida exacta del malestar. Se sabe de qué se quiere salir y qué se desea hacer después. En otras ocasiones, ninguna conclusión promete alivio. Se cambia de compañía, de conversación o de actividad y persiste la misma distancia. Incluso lo que antes divertía parece incapaz de retener la atención. El aburrimiento deja entonces de referirse a un objeto y alcanza el conjunto de las ocupaciones. Cuando esa falta de interés se prolonga, puede convertirse en una tristeza sin causa inmediata, hecha de la sospecha de que nada de cuanto se ofrece merece ya el esfuerzo de escogerlo.
Si Marcos desconfía de la canción y del chiste, es porque encuentra en ellos la posibilidad de encubrir una impotencia que reclama atención. Su sospecha merece conservarse sin convertirla en condena de la fiesta. También el trabajo incesante, la preocupación política y la solemnidad pueden servir para evitar una detención incómoda. Un hombre puede pasar la noche hablando de la patria para no preguntarse por su vida. Otro necesita que la música continúe. En ambos casos, la ocupación proporciona un alivio cuya duración depende de que no se interrumpa. Cuando termina, reaparece lo que había quedado suspendido, ahora acompañado por el cansancio de haber intentado olvidarlo.
Durante esa interrupción podría suceder algo que el ensayo no examina suficientemente. El aburrimiento puede dejar al descubierto el carácter ajeno de unas ocupaciones que parecían indispensables. Al perder su capacidad de absorbernos, muestran cuánto dependía nuestro interés de la costumbre, de la aprobación o del temor a quedar fuera. Esa experiencia no conduce necesariamente al abatimiento. También puede obligar a revisar lo que se venía aceptando. La tristeza se afianza cuando la revelación no encuentra una respuesta, cuando se comprende que la vida transcurre de una manera insatisfactoria y se vuelve a ella con la convicción de que no hay otra disponible.
Entre esa convicción y el entusiasmo que promete una misión nacional, el dirigente providencial ofrece una salida especialmente seductora. A quien ha dejado de reconocer una dirección propia se le anuncia que pertenece a una empresa histórica. Sus días reciben una finalidad y sus sacrificios una explicación. De pronto, todo parece reclamarlo. La intensidad de esa pertenencia puede ocultar que los fines ya han sido establecidos y que participar consiste, sobre todo, en cumplirlos. Se abandona una rutina para incorporarse a una movilización que exige mucho más, sin conceder necesariamente mayor libertad para decidir.
Después de prometer la recuperación del destino nacional, esa política empieza a distribuir el tiempo de sus participantes. Hay aspiraciones que deben esperar, deseos que resultan prematuros y vidas particulares cuya importancia queda subordinada a la empresa común. La fecha de cumplimiento se desplaza y cada aplazamiento solicita otra prueba de confianza. Quien había esperado encontrar una salida del tedio descubre que también la exaltación puede volverse repetitiva. Las reuniones se parecen, los anuncios recuerdan anuncios anteriores y la tarea excepcional adquiere la regularidad de una obligación administrativa. El aburrimiento regresa con una dificultad añadida. Reconocerlo parece una falta de lealtad.
En la sala donde se celebra otro acontecimiento decisivo, alguien consulta discretamente el reloj. El gesto introduce una diferencia entre el tiempo que el discurso atribuye a todos y el que cada asistente siente perder. Nadie necesita formular una objeción para que esa diferencia exista. El cuerpo se fatiga antes de que la convicción admita sus dudas. Si la experiencia se repite durante años, la tristeza puede proceder de haber entregado una parte irrepetible de la vida a una promesa que siempre solicita más. No se lamenta únicamente una esperanza frustrada. Se lamenta el tiempo durante el cual se dejaron sin atender otras posibilidades.
Frente a una justificación que remite cada sufrimiento a una reparación futura, la tragedia nietzscheana introduce una reserva. La creación puede conferir valor a la existencia sin asegurar que sus pérdidas serán compensadas por una victoria. Desde esa perspectiva, la música no tendría que defenderse como olvido ni como preparación para algo superior. Podría responder a una necesidad presente y compartida. Marcos acierta cuando rechaza que la alegría visible demuestre bienestar, pero se precipita al sospechar de las prácticas que la producen. También una fiesta puede devolver interés a la vida. También una ceremonia grave puede vaciarla de él.
Sin atribuir al cubano una disposición inevitable hacia el abatimiento, habría que conservar del ensayo la relación entre autonomía y experiencia del tiempo. El aburrimiento se vuelve una vía hacia la tristeza cuando las ocupaciones pierden sentido y las posibilidades propias permanecen aplazadas. No basta entonces con añadir diversiones, ni con sustituir una consigna por otra más convincente. Hace falta que algo pueda comenzar, que una decisión produzca consecuencias y que el individuo reconozca en ellas una participación suya. Recuperar el destino tendría esa dimensión concreta antes de adquirir cualquier grandeza nacional.
Con la publicación posterior de Papaíto Mayarí en 1947 y de Fotuto en 1948, aquella existencia que consume sus horas entre conversaciones, esperas y distracciones encontrará en la ficción un nuevo terreno de examen. Desde la interpretación aquí propuesta, y a partir de los testimonios críticos disponibles sobre ambas novelas, la conversión del aburrimiento de una temporalidad nacional en tristeza puede reconocerse como un leitmotiv de su narrativa. El humor dará otra forma a la distancia entre cuanto se dice y cuanto se consigue hacer, entre la agitación cotidiana y un porvenir que parece permanecer fuera del alcance de los personajes. La carcajada que Marcos examina con desconfianza en su ensayo pasará a formar parte de su invención, cargada con el tiempo de unas vidas que no llegan a pertenecerse.


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