El hombre operable, la técnica y la IA

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POR ANA MARIA FUENTES

Entre la posibilidad de curarse y el temor de convertirse en material disponible, la palabra operable deja pendiente la identidad del que decide la operación. En el título del ensayo de Peter Sloterdijk, esa indeterminación alcanza tanto al cuerpo susceptible de modificación como a la voluntad que habrá de aceptarla. Podemos actuar sobre nosotros mismos, quedar expuestos a actuaciones ajenas o descubrir que una transformación presentada inicialmente como una elección termina convertida en requisito de pertenencia. Antes de celebrar nuestra capacidad de cambiarnos, habría que preguntar en qué circunstancias ese cambio merece llamarse propio.

Al situar a Hegel y Heidegger al comienzo de su reflexión, Sloterdijk vincula el problema técnico con dos interpretaciones del destino humano. Del primero recupera la expectativa de que el espíritu llegue a reconocerse en su exteriorización histórica; del segundo, una comprensión de la modernidad marcada por la falta de morada y la errancia. Entre la reconciliación y el extravío, el ensayo busca una manera de pensar nuestras realizaciones que no las convierta anticipadamente en cumplimiento ni en desgracia. [1]

Dentro de la lectura de Hegel que propone Sloterdijk, salir de sí tendría sentido porque esa exteriorización podría desembocar en una comprensión más completa de lo propio. Trasladada al problema técnico, semejante expectativa exige preguntar cuánto de nosotros reconocemos en el mundo que producimos. Una máquina testimonia capacidades humanas, pero su procedencia no asegura que cuantos viven bajo sus efectos puedan considerarla expresión de su libertad. Entre inventar un procedimiento y decidir sobre sus usos se abre una distancia que la satisfacción del inventor apenas alcanza a describir. Para una persona sometida a decisiones ajenas, la inteligencia depositada en un artefacto puede presentarse bajo la forma de una obligación.

Con el concepto hegeliano de espíritu objetivo, Sloterdijk encuentra además un antecedente para comprender el pensamiento incorporado a las cosas. Su argumento conduce desde esa objetivación hacia la información y los sistemas, mediante los cuales cuestiona la separación rígida entre espíritu y materia. Hegel resulta así necesario incluso cuando se discute su horizonte de reconciliación. [1]

A partir de ese reconocimiento, nuestra objeción puede formularse sin abandonar el problema abierto por Hegel. Si una realización contiene conocimientos humanos, habrá que examinar también qué decisiones conserva, qué intereses favorece y quién puede modificarla. En un instrumento quedan incorporadas elecciones cuyos autores quizá ya no estén presentes cuando otros deban utilizarlas. Reconocer pensamiento en las cosas obliga a seguir la historia de esas elecciones. La pregunta por la libertad comienza precisamente cuando dejamos de admirar el resultado y examinamos nuestra capacidad de intervenir en sus condiciones.

Desde Heidegger, cuya presencia en el ensayo excede una denuncia de las máquinas, Sloterdijk recoge la posibilidad de que el crecimiento técnico prolongue una existencia extrañada. Cuestiona, sin embargo, la generalización de la errancia y conserva del filósofo una comprensión de lo humano como apertura limitada, ajena a la pretensión de reunirlo todo en una conciencia soberana. [1]

Ante esa apertura que nunca consigue abarcar cuanto la rodea, el aumento de nuestras capacidades adquiere una ambigüedad persistente. Podemos intervenir en más procesos sin comprender mejor el lugar que ocupan en nuestra vida. Podemos disponer de respuestas cada vez más rápidas y carecer de tiempo para juzgar las preguntas. Desde esta perspectiva, la falta de morada designaría una dificultad que tampoco resuelve la familiaridad cotidiana con los instrumentos. Utilizar algo sin esfuerzo, incorporarlo a las costumbres y necesitarlo para trabajar no significa haber establecido con ello una relación libre.

Si la reserva heideggeriana merece conservarse en nuestra lectura, es porque impide identificar el incremento de medios con una existencia más habitable. Su límite aparecería cuando toda novedad quedara subordinada a una interpretación del extravío que apenas concediera diferencias entre experiencias concretas. Una intervención que devuelve movilidad, una herramienta que facilita el aprendizaje y un procedimiento que impone vigilancia requieren juicios propios. Bajo una condena demasiado general se perderían las diferencias que hacen posible discutir qué transformaciones deseamos y cuáles debemos rechazar.

Entre esas dos herencias, la distinción de Sloterdijk entre alotecnología y homeotecnología adquiere su alcance filosófico. Frente a la imposición de fines externos, la segunda propone cooperar con las capacidades de aquello que se transforma. Con esa propuesta intenta pensar una relación técnica menos dominadora. El problema comienza cuando semejante cooperación parece contener una promesa de libertad que todavía necesita demostrarse.

Ante esa promesa, cuya fuerza procede de vincular una transformación del conocimiento con otra de las relaciones humanas, surge una dificultad que el presente vuelve especialmente visible. Comprender mejor el funcionamiento de una célula no implica reconocer mejor los derechos de una persona. Entre la cooperación biológica y la cooperación política existe una distancia que ningún incremento de precisión técnica consigue cancelar por sí solo. Un procedimiento puede ajustarse admirablemente a las propiedades de su objeto y quedar subordinado a decisiones sobre las cuales los afectados carecen de influencia. La delicadeza del instrumento resulta compatible con la dureza de las condiciones de acceso.

Cuando la FDA aprobó Casgevy en diciembre de 2023, la edición genética mediante CRISPR/Cas9 adquirió una concreción terapéutica que modifica nuestra relación con las preguntas del ensayo. El tratamiento utiliza células madre sanguíneas del propio paciente, modificadas para aumentar la producción de hemoglobina fetal y reducir la deformación de los glóbulos rojos en la enfermedad falciforme. La intervención trabaja sobre mecanismos biológicos determinados, cuyo conocimiento hace posible una acción antes inaccesible. El procedimiento incluye, además, quimioterapia de acondicionamiento y seguimiento prolongado de su seguridad. [2]

Con ese ejemplo delante, la distinción propuesta por Sloterdijk gana interés y pierde comodidad. Podríamos reconocer una afinidad homeotecnológica en el aprovechamiento de recursos del propio organismo, pero resultaría precipitado convertir esa afinidad en una descripción completa del tratamiento. La cooperación molecular puede requerir intervenciones clínicamente agresivas. El beneficio tampoco elimina el riesgo ni convierte la transformación corporal en una experiencia transparente. Para el paciente, la cuestión reúne expectativas de alivio, incertidumbre, consentimiento y confianza en instituciones que conocen aspectos de su cuerpo que él mismo no domina.

Desde esa desigualdad de conocimientos, el título adquiere una ambigüedad que merece conservarse. El hombre operable puede intervenir sobre sí mismo y puede quedar expuesto a intervenciones decididas por otros. Entre ambas posibilidades se sitúa el consentimiento, cuya existencia efectiva exige algo más que una firma. Comprender las alternativas, disponer de tiempo para decidir y conservar el derecho a rechazar una intervención forman parte de la libertad que la innovación debería ampliar. La posibilidad de transformar el cuerpo plantea, por tanto, una pregunta sobre la autoridad que define sus transformaciones deseables.

Con Hegel todavía presente, cabría preguntar si el individuo puede reconocerse en la transformación propuesta. Con Heidegger, habría que examinar qué relación con su existencia se abre mediante ella. Ambas preguntas enriquecen la discusión porque obligan a ir más allá del éxito del procedimiento. Una modificación puede alcanzar el resultado previsto y dejar intacta la dependencia que convirtió su aceptación en una necesidad. El resultado técnico y la experiencia de libertad requieren evaluaciones relacionadas, pero diferentes.

En la conversación cotidiana con una inteligencia artificial, esta dificultad reaparece bajo una forma menos dramática y mucho más frecuente. La máquina responde, corrige, propone y participa en tareas intelectuales, de modo que la experiencia del usuario puede adquirir la apariencia de una colaboración. El Informe internacional sobre la seguridad de la IA de 2026 recoge indicios iniciales de que la dependencia de estas herramientas puede debilitar el pensamiento crítico y favorecer la aceptación de respuestas automáticas sin suficiente examen. Se trata de evidencia incipiente, que no autoriza a atribuir el mismo efecto a todos los usuarios y formas de utilización. [3]

Al conversar con un sistema que organiza argumentos y redacta páginas enteras, la pregunta hegeliana por el reconocimiento adquiere una cercanía inesperada. En el texto que aparece ante nosotros encontramos palabras pertenecientes a nuestra lengua, formas de razonamiento que hemos aprendido y conocimientos procedentes del trabajo humano. Sin embargo, esa familiaridad deja pendiente cuánto podemos reconocer como propio en un pensamiento cuya formulación hemos encargado a una máquina. Aceptar una respuesta porque coincide con nuestras expectativas puede ahorrarnos el trabajo mediante el cual una idea llega a convertirse en convicción examinada. La semejanza con lo que habríamos querido decir no demuestra que comprendamos cuanto estamos diciendo.

Desde el problema de la objetivación, desarrollado en la discusión con Hegel, podríamos interpretar la inteligencia artificial como una nueva ocasión para examinar el saber humano que adquiere una existencia exterior y vuelve a intervenir sobre sus productores. Esta es una prolongación de la lectura aquí propuesta, sin identificar el espíritu hegeliano con los sistemas actuales ni atribuirles conciencia por su capacidad de producir lenguaje. Lo que interesa es nuestra relación con el resultado, especialmente cuando una respuesta cuya elaboración desconocemos empieza a orientar nuestras decisiones. Entre reconocer una herencia intelectual y reconocer una autoridad hay un paso que la facilidad de uso puede volver inadvertido.

Ante una herramienta capaz de ofrecer una formulación inmediata, la dificultad heideggeriana aparece en nuestra disposición a tratar toda pregunta como una solicitud de resultados. Hay experiencias cuyo sentido exige demora, vacilación y revisión de los términos en que fueron planteadas. Una respuesta puede estar bien construida y llegar demasiado pronto, antes de que hayamos comprendido qué necesitábamos preguntar. Si terminamos considerando improductivo cualquier intervalo sin una conclusión disponible, habremos alterado nuestra relación con el pensamiento antes de discutir la calidad de sus respuestas.

En una lectura inspirada por Heidegger, esa transformación alcanzaría al lenguaje cuando lo valoramos principalmente por su disponibilidad para cumplir una tarea. Pedimos una explicación, una reseña, una réplica o una carta, y recibimos una secuencia verbal susceptible de utilización inmediata. Nada obliga a despreciar esa ayuda. La cuestión aparece cuando la eficacia del intercambio se convierte en medida suficiente de nuestra relación con las palabras. Escribir puede exigir descubrir que ignorábamos lo que pretendíamos afirmar, abandonar una certeza o encontrar una dificultad que ninguna instrucción inicial había previsto. Si desaparece ese recorrido, conservamos el producto de la escritura y podemos perder parte de la experiencia que lo habría hecho nuestro.

Al trasladar estos problemas a la propuesta de Sloterdijk, resulta necesario distinguir la capacidad de obtener respuestas de la capacidad de juzgarlas. Un usuario puede producir más textos y comprender menos sus argumentos, resolver más tareas y perder práctica para reconocer un error. También puede utilizar la misma herramienta para contrastar hipótesis, descubrir objeciones y ampliar sus recursos intelectuales. La diferencia depende de hábitos, formación y condiciones de uso que ninguna interfaz conversacional asegura. Si llamamos cooperación a cualquier intercambio eficaz, terminaremos confundiendo la asistencia con la autonomía.

Bajo la idea de homeotecnología, la asistencia intelectual tendría que examinarse por el modo en que participa en nuestras capacidades. Podríamos hablar de una afinidad con esa propuesta cuando la herramienta ayuda a formular objeciones, comparar interpretaciones y advertir contradicciones que después juzgamos por cuenta propia. La afinidad se vuelve discutible cuando la intervención sustituye de manera habitual el ejercicio que debía ampliar. Una ayuda que responde a todas nuestras solicitudes puede favorecer una dependencia si dejamos de practicar las operaciones necesarias para evaluar sus resultados. La cooperación merece ese nombre cuando mantiene abierta nuestra participación en el juicio.

Detrás de una respuesta amable permanece, además, la pregunta por las decisiones que organizan el servicio. El informe de 2026 señala que los desarrolladores tienen incentivos para mantener información importante bajo control privado y que la velocidad del desarrollo dificulta la construcción de capacidades institucionales de supervisión. [3] Desde esta situación cabe formular una objeción al optimismo homeotecnológico. El poder puede prescindir de órdenes ostensibles y actuar mediante la selección de opciones, la definición de criterios y el control del acceso. Para ejercerlo no necesita comprender personalmente cada operación del sistema. Le basta con conservar la autoridad sobre sus fines.

A la vez que la conversación digital parece desprenderse del peso de las cosas, su infraestructura devuelve la discusión al terreno material. La Agencia Internacional de la Energía estima que los centros de datos consumieron 485 teravatios hora en 2025 y proyecta unos 950 para 2030. Se trata del conjunto de los centros de datos, no exclusivamente de los dedicados a inteligencia artificial. [4] El dato obliga a preguntar por la escala desde la cual se evalúa una tecnología. Una aplicación puede facilitar una cooperación intelectual y exigir recursos cuyo coste se distribuye fuera del campo de visión del usuario.

Si una técnica se juzga únicamente por la precisión con que trata su objeto inmediato, quedan fuera los territorios, los trabajadores y las comunidades que sostienen su funcionamiento. De ahí que la homeotecnología necesite una evaluación que siga las consecuencias de la intervención más allá del laboratorio o de la pantalla. En su examen de la respuesta de Sloterdijk a la crisis ecológica, Sanne van der Hout cuestiona la suficiencia de la innovación sin una transformación del marco ético que la orienta. [5] La cooperación debe probarse también en la distribución de beneficios, daños y responsabilidades.

Frente a una terapia capaz de aliviar una enfermedad o una herramienta que amplía las posibilidades de investigación, sería pobre responder únicamente con sospechas. El presente exige reconocer esas conquistas y someter sus condiciones a discusión. La alternativa entre entusiasmo y rechazo deja demasiado espacio sin examinar, especialmente cuando la necesidad de tratamiento o la dependencia profesional reducen la libertad de elección. Podemos necesitar una tecnología y cuestionar a la vez las condiciones bajo las cuales se ofrece.

Al volver desde estas experiencias hacia Hegel y Heidegger, las preguntas iniciales se reúnen sin confundirse. ¿Podemos reconocer nuestra intervención en las transformaciones que experimentamos? ¿Qué relación con nuestra existencia adquirimos mediante ellas? La primera exige atender a la participación, al juicio y a la responsabilidad; la segunda, a los hábitos y expectativas que se forman cuando vivir empieza a depender de procedimientos que otros organizan. En el cuerpo modificable y en el pensamiento asistido persiste la misma exigencia de conservar una voz propia, capaz de aceptar una ayuda sin renunciar al examen de sus condiciones.

Confrontado con estas experiencias, El hombre operable conserva su valor como provocación filosófica, sobre todo porque obliga a pensar qué clase de relación establecemos con aquello que transformamos. Su promesa resulta más defendible si se convierte en una exigencia que deba cumplirse y verificarse, en vez de aceptarse como el desenlace previsible del progreso. Delante del cuerpo modificable y del pensamiento asistido, la pregunta decisiva sigue pendiente. ¿Quién participa en la elección de los fines y quién conserva la posibilidad de negarse? El hombre operable habrá ganado libertad cuando pueda intervenir también en las decisiones que lo vuelven operable.

Referencias

1. Peter Sloterdijk. El hombre operable. Notas sobre el estado ético de la tecnología génica. Conferencia de 2000. Traducción publicada en Revista Observaciones Filosóficas, 2006. Consultar fuente

2. FDA. FDA Approves First Gene Therapies to Treat Patients with Sickle Cell Disease. 8 de diciembre de 2023. Consultar fuente

3. International AI Safety Report. 2026 Report — Executive Summary. 3 de febrero de 2026. Consultar fuente

4. Agencia Internacional de la Energía. Key Questions on Energy and AI. Executive summary. Consultar fuente

5. Sanne van der Hout. The Homeotechnological Turn: Sloterdijk’s Response to the Ecological Crisis. Environmental Values, 2014. Consultar fuente


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