Total Pages Visits: 1730-Today Page Visits: 201
POR CONSEJO EDITORIAL
Aún no sabemos a ciencia cierta cuáles fueron las verdaderas implicaciones políticas, culturales e intelectuales derivadas de la caída de Gerardo Machado en agosto de 1933 y de la posterior configuración de un escenario político extraordinariamente complejo, contradictorio y fragmentado. La historiografía cubana ha mostrado una marcada inclinación a explicar aquel período a partir de factores externos, influencias internacionales y grandes esquemas ideológicos de alcance global, relegando con frecuencia a un segundo plano las dinámicas internas que actuaban dentro de la propia sociedad cubana.
El ejemplo más visible aparece en numerosos estudios dedicados al Partido Comunista de Cuba, cuya evolución suele interpretarse casi exclusivamente a partir de sus vínculos con la Internacional Comunista y de las orientaciones procedentes de Moscú, como si la política cubana hubiese sido poco más que un apéndice tropical de conflictos concebidos en otras latitudes. Algo semejante ocurre con determinadas interpretaciones conspirativas que atribuyen un papel decisivo a agencias norteamericanas, a la diplomacia vaticana o a diversos centros internacionales de poder que supuestamente habrían movido los hilos de la historia cubana desde discretos despachos extranjeros. Por otra parte, una parte considerable de la literatura sobre el siglo XX cubano ha insistido en buscar las huellas tempranas del estalinismo, proyectando retrospectivamente sobre los acontecimientos de 1933 y 1934 categorías que solo alcanzarían su pleno desarrollo muchos años después.
Sin negar la importancia de los condicionamientos internacionales, considero que estos enfoques presentan una limitación fundamental. La obsesión por identificar influencias externas termina oscureciendo los conflictos internos, las rivalidades personales, las disputas doctrinales, las alianzas circunstanciales y las fracturas políticas que atravesaban la propia sociedad cubana. En ocasiones, la explicación termina siendo más sencilla que la realidad. Moscú, Washington o Roma aparecen ocupando el centro del escenario mientras los actores cubanos son reducidos a la condición de figurantes de su propia historia.
Lo más llamativo es que muchas de estas interpretaciones apenas utilizan la abundante literatura política producida durante aquellos mismos años. Folletos, memorias, novelas, manifiestos, ensayos, testimonios y polémicas publicados entre 1933 y 1936 revelan un universo mucho más complejo del que describen los relatos posteriores. En esos textos aparecen enfrentamientos entre organizaciones revolucionarias rivales, críticas cruzadas entre nacionalistas y socialistas, desacuerdos estratégicos entre estudiantes y militares, así como ásperas controversias dentro del propio movimiento comunista, cuyos dirigentes no siempre compartían idénticas concepciones sobre la revolución, la democracia, la cuestión nacional o la relación con la Unión Soviética.
Obras como Reacción vs. revolución, de Raúl Roa; Los títeres de Ferrara, de la Organización Revolucionaria Cubana Antiimperialista; Fascismo y comunismo, de José María Pérez Cubillas; Socialismo y evolución, de Francisco Carrera Jústiz; o La sociedad del porvenir, de Isaac Puente, permiten reconstruir un campo intelectual atravesado por tensiones que la historiografía posterior ha tendido a simplificar bajo etiquetas demasiado cómodas.
Mi hipótesis, expuesta con mayor amplitud en La isla del placer, parte de una premisa diferente. Considero que las acciones internas, las rivalidades locales, las luchas entre facciones revolucionarias, las tradiciones políticas heredadas de la República y las formas específicas de sociabilidad desarrolladas dentro de Cuba tuvieron un peso mucho mayor del que habitualmente se les reconoce. Más que un escenario pasivo sobre el cual actuaban fuerzas internacionales, la sociedad cubana de 1933 y 1934 funcionó como un laboratorio político extraordinariamente dinámico, capaz de producir sus propios conflictos, sus propias ilusiones y también sus propias tragedias. La Figura del posterior Fidel Castro nace de esta contradicciones y no de ninguna influencia externa. El Placer lo ser el revolucionario mayor, es la calve de todo.
Desde esta perspectiva, la revolución deja de aparecer únicamente como una secuencia de acontecimientos políticos para revelarse como una experiencia cultural total, una nueva forma de interpretar el tiempo histórico, la nación, la autoridad, la juventud, el sacrificio y el futuro. Lo que intento reconstruir en las páginas que siguen no es la historia de una organización específica ni la evolución de una doctrina determinada, sino el clima mental que llevó a hombres y mujeres pertenecientes a corrientes muy diversas a convencerse de que la República existente había agotado definitivamente sus posibilidades históricas y que solo una transformación radical podía devolver sentido al destino nacional.
A continuación presento una mínima bibliografía producida al calor de la caída de Machado. Se trata apenas de una muestra inicial, pues el fenómeno editorial asociado al ciclo revolucionario de los años treinta fue mucho más amplio y se intensificó conforme avanzaba la década. La sola existencia de estos textos permite advertir hasta qué punto la lucha por el poder dentro del «revolucionarismo» cubano no se decidía únicamente en los despachos de Moscú, Washington o Roma, como suelen sugerir ciertas interpretaciones retrospectivas, sino también en la densa urdimbre de contradicciones, polémicas doctrinales, rivalidades personales y enfrentamientos políticos que se desarrollaban dentro de la propia isla. En conjunto, estos libros constituyen una suerte de radiografía intelectual de la época y permiten reconstruir las múltiples voces que participaron en la disputa por el significado de la revolución.
Francisco Carrera Jústiz, Socialismo y evolución. La trilogía omnipotente (1933).
Raúl Roa, Reacción vs. revolución. Polémica sobre las minorías revolucionarias (1933).
Santiago Cintas Álvarez, Historia de la revolución (1933).
José Conangla Fontanilles, Engaños y errores del comunismo (1934).
Isaac Puente, La sociedad del porvenir. El comunismo anárquico (edición cubana de 1934).
José E. Embade Neyra, El gran suicida. Apuntes de una época revolucionaria (1934).
Marcelo Alejo y Campillo, Secretos de la revolución anti-machadista (1934).
M. Franco Varona, La revolución del 4 de septiembre. Datos para la historia tomados del carnet de un repórter militar que actuó en los hechos (1934).
Edelmira González, La revolución en Cuba. Memorias del coronel Rosendo Collazo (1934).
Leví Marrero Artiles, La generación asesinada (1934).
Leopoldo Carballeyra González, Poemas revolucionarios (1934).
Alberto González Palacios, El alzamiento del Ocujal. Relación del movimiento revolucionario en agosto de 1931 en el municipio de Puerto Padre (1934).
¡Abajo la usura! ¡Moratoria! Trabajos realizados. Gran triunfo revolucionario (1934).
Julián Godínez Morejón, Folleto instructivo (1935).
Organización Revolucionaria Cubana Antiimperialista, Los títeres de Ferrara (1935).
José María Pérez Cubillas, Fascismo y comunismo (1936).
Juan Gualberto Gómez, Preparando la revolución (1936).
Amador Montes de Oca, Vanguardismo y revolución (1936).
Reinaldo Green, Cuba. Revoluciones, crímenes y hombres (ca. 1936).
Félix Hidalgo, Historia contemporánea de Cuba. Movimiento militar y Gobierno revolucionario del 4 de septiembre (1934).
Esta relación constituye apenas una muestra mínima. La producción bibliográfica vinculada al ciclo revolucionario abierto en 1933 es considerablemente más amplia y continúa siendo una de las zonas menos exploradas de la historiografía cubana. A ella habría que añadir periódicos revolucionarios, revistas estudiantiles, publicaciones sindicales, manifiestos antiimperialistas, documentos comunistas, folletos anarquistas, memorias militares, testimonios carcelarios y colecciones periodísticas que aparecieron entre 1933 y 1940. Una de las sorpresas que depara el examen de los catálogos bibliográficos de la época es comprobar la magnitud de esta producción intelectual, prácticamente ausente de buena parte de los estudios contemporáneos.
Lo significativo no radica únicamente en la diversidad ideológica de sus autores. Comunistas, anarquistas, nacionalistas, antiimperialistas, reformistas, militares, periodistas y antiguos conspiradores participaron en una misma conversación histórica. Todos discutían la revolución, aunque no entendieran exactamente lo mismo por ella. Precisamente por eso esta bibliografía resulta tan valiosa para reconstruir la mentalidad revolucionaria de aquellos años. Más que ofrecer respuestas definitivas, permite observar el laboratorio político donde se elaboraron las preguntas fundamentales que marcarían buena parte de la historia cubana posterior.
La revolución aparece así menos como una doctrina específica que como una estructura de sensibilidad compartida. El revolucionario de 1933 podía ser marxista, anarquista, nacionalista o liberal radical. Lo que lo unificaba no era un programa común, sino la certeza de que la República existente había llegado a un punto de agotamiento y de que un nuevo ciclo histórico estaba a punto de comenzar, aunque nadie supiera exactamente cuál sería su desenlace.
Por ello, reconstruir la mentalidad revolucionaria exige volver a escuchar las voces de sus protagonistas y rescatar una documentación que durante demasiado tiempo ha permanecido relegada a las notas a pie de página. Solo entonces podremos comprender que la revolución cubana de los años treinta fue algo más que una sucesión de gobiernos, conspiraciones y pronunciamientos. Fue también una manera de imaginar el futuro, una forma específica de experimentar la historia y una cultura política cuya influencia continuaría proyectándose sobre la vida nacional durante las décadas siguientes.


Deja una respuesta