El Fidel que vibra en la montaña

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POR JUAN OSORIO

Quien se apodera de una idea de lo absoluto para expresarla mediante el poder político acaba reclamando autoridad sobre la vida de los demás. La idea puede llamarse patria, justicia o Revolución. Su fuerza procede de una promesa que excede a cualquier gobernante; su peligro comienza cuando un hombre afirma que sólo él puede darle forma. Desde ese momento, oponerse a una decisión suya puede parecer una ofensa contra aquello que todos debían respetar.

En el cuarto donde Bernardo Soares escribe sus páginas del Libro del desasosiego, la grandeza cabe junto a los papeles de un empleado. Fernando Pessoa le permite sentirse grande sin dejar de ser nadie ante el mundo. Ninguna multitud confirma su experiencia, ni una oficina exige a los demás que la compartan. Al terminar de escribir, Soares vuelve a su vida ordinaria. Lo que ha sentido no se convierte en un título de propiedad sobre la verdad ni en una orden dirigida a otros.

Con la ropa verde olivo puesta mucho después de terminada la guerra, Fidel Castro aparecía ante multitudes que podían reconocerlo desde el fondo de la plaza. La barba distinguía su figura en una fotografía pequeña; la televisión llevaba sus gestos hasta las casas. Durante horas, el cuerpo permanecía ante el micrófono y la voz recorría los asuntos del país. Aquella resistencia física prolongaba la imagen del combatiente. La Revolución, una idea que reunía aspiraciones diferentes, iba adquiriendo un rostro al que todos podían mirar.

Desde las primeras filas llegaban aplausos y respuestas que la cámara reunía con el orador en un mismo encuadre. Quienes veían después la transmisión encontraban a un hombre hablando y a miles de personas contestándole. La multitud contribuía a levantar la figura que celebraba. En la imagen quedaban juntos el dirigente y una porción visible del pueblo; fuera de ella permanecían las dudas, las conversaciones en voz baja y quienes no habían acudido. Cuantas más veces se repetía la escena, más fácil resultaba tomar aquella presencia por la presencia de la Revolución misma.

Entre los cubanos que habían deseado el fin de Batista circulaban proyectos distintos para el país. La palabra «revolución» podía acogerlos durante un tiempo sin obligarlos a coincidir. Al adherirse cada vez más al cuerpo y a la voz de Fidel, comenzó a perder esa amplitud. Una discrepancia sobre una medida concreta podía parecer una separación de la causa entera. El dirigente ya no tenía que defender solamente sus decisiones; podía presentarse como quien defendía a la Revolución de sus críticos.

En junio de 1961, al hablar ante escritores y artistas, Castro trazó esa frontera con una fórmula breve. «Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho». Una película o un poema podían ser examinados según lo que mostraban, pero también según el lugar político que se les asignara. El poder decidía dónde terminaba lo permitido y comenzaba la oposición. Al mismo tiempo que expresaba la idea revolucionaria, se reservaba la facultad de determinar quién podía hablar en su nombre.

Sin necesidad de prohibir cada frase, la incertidumbre podía acompañar al escritor hasta su mesa de trabajo. Una palabra admitida ayer podía resultar sospechosa mañana; una crítica dirigida a un funcionario podía recibirse como agravio a la causa. Soares ignoraba si alguien leería sus papeles. El escritor cubano debía pensar en quién los leería primero y en las consecuencias que esa lectura tendría para su vida. La diferencia entre ambos residía también en la existencia de un poder dispuesto a juzgar lo escrito.

Cuando la Constitución de 1976 atribuyó al Partido Comunista la dirección de la sociedad y del Estado, aquella interpretación obtuvo una duración que ningún cuerpo podía asegurar por sí mismo. Fidel no estaría siempre ante la plaza. Las instituciones podían prolongar la dirección política que su presencia había vuelto reconocible. El uniforme permitía identificar de lejos al dirigente; las oficinas podían decidir, de cerca, qué personas y qué conductas merecían ser reconocidas como revolucionarias.

En febrero de 1794, Robespierre había unido la virtud republicana con el terror. Una vez concedida a la violencia la misión de servir a la virtud, objetar ciertos actos del gobierno podía entenderse como hostilidad hacia la justicia. Más de un siglo después, los bolcheviques disolvieron la Asamblea Constituyente rusa y sostuvieron una autoridad que juzgaban superior a la expresada en aquella elección. Los votos podían contarse; el partido reclamaba para sí la interpretación del porvenir. En circunstancias muy diferentes, la idea invocada en nombre de muchos fue reduciendo el número de quienes podían discutir su significado.

Durante décadas, mientras el país y sus habitantes cambiaban, Fidel siguió apareciendo como el testigo principal del primer día. El rostro envejecía y el uniforme conservaba su referencia a la victoria. Para sus partidarios, aquella continuidad podía ofrecer seguridad. Para quien intentara pensar otro rumbo, volvía difícil separar una rectificación de una ruptura personal con el dirigente. Parecía que la Revolución necesitaba su voz incluso para reconocer sus propios errores.

Cerca del gobernante se reunían escritores capaces de explicar cada decisión como un paso necesario de la historia. Se les ofrecía un lugar en el acontecimiento y se esperaba que no miraran demasiado tiempo hacia sus márgenes. También ellos podían creer que defendían la independencia y la justicia al justificar una prohibición o el silenciamiento de un colega. La idea les prometía participar en algo más grande que sus vidas; el poder les pedía, a cambio, que aceptaran su versión de los hechos. Una pluma podía recibir elogios durante años, hasta que empezaba a describir a los ausentes de la fotografía.

Ante una obra retirada de circulación, la pregunta por el daño causado a su autor podía quedar aplazada. Había que pensar primero, se decía, en lo que exigía la Revolución. Así, un acto concreto del gobierno era examinado desde una finalidad futura que el propio gobierno afirmaba conocer. El escritor que acudía a esa finalidad para juzgar el poder terminaba por recibir del poder la interpretación autorizada de la finalidad. En ese intercambio, su inteligencia no desaparecía; trabajaba con fervor, pero cada vez encontraba menos razones para desconfiar de quienes decidían en su nombre.

Antes de morir por la independencia, José Martí había escrito en las Bases del Partido Revolucionario Cubano que la república no debía conservar el espíritu autoritario de la colonia bajo formas nuevas. En el Manifiesto de Montecristi advirtió que la guerra no debía engendrar tiranía y pidió respeto para el español neutral. Esas precauciones tenían por destinatarios a los propios vencedores. La grandeza de la causa no les daría permiso para gobernar sin límites a quienes vivirían en la república.

En una carta a Antonio Maceo, escrita en diciembre de 1893, Martí redujo la fama que pudiera corresponderle al tamaño de un grano de maíz. «Yo no trabajo por mi fama, puesto que toda la del mundo cabe en un grano de maíz», escribió mientras preparaba la guerra. Desde el cuarto de Soares llega una intuición cercana, la de ser grande sin dejar de ser nadie. Uno organizaba una revolución y el otro escribía después de cumplir su jornada de empleado. Ninguno necesitaba convertir la experiencia de grandeza en una demostración pública de superioridad.

Años después, Fidel condensó la frase martiana en «Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz» y la citó como una de las ideas de Martí que más admiraba. Martí hablaba de su fama y declaraba que no trabajaba para obtenerla. En boca de un dirigente cuya imagen ocupaba las plazas y las pantallas, la sentencia podía expresar modestia personal sin disminuir el poder asociado a esa imagen. No hace falta juzgar su sinceridad para observar la diferencia. El grano de maíz recordaba que la causa excedía a cualquier hombre; la escena política había permitido que un hombre pareciera contenerla.

Al borde de la fotografía termina la multitud visible, pero continúa el país. Quedan quienes no acudieron, quienes se marcharon antes de acabar el discurso y quienes escucharon sin aplaudir. Soares podía escribir sobre su grandeza sin exigirles nada. Martí había querido apartar su propia fama del trabajo por la independencia. Cuando el dirigente se presenta como expresión corporal de una idea absoluta, en cambio, esas personas deben justificar su lugar frente a él. Una experiencia que podía engrandecer a quien la sostenía se convierte entonces en autoridad para medir la vida de los demás.


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