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POR CONSEJO EDITORIAL
En Vilis, Lorenzo García Vega escucha por Morse el corazón de otro. Entre el latido y el oído se ha interpuesto un aparato, y cada golpe llega convertido en señal, expuesto al error de la transmisión. El Coronel Manrique recibe esos impulsos sin disponer de una clave segura. Luego vienen los puntos, uno, dos, tres, con la apariencia de un inventario capaz de poner las cosas en su sitio. Apenas se ha anotado una, la siguiente la desplaza. Tal vez por eso la novela comienza a parecerse menos a una historia que a la mesa de alguien que conserva papeles cuya procedencia recuerda a medias.
En el fondo de una de esas carpetas podría quedar una consigna patriótica, una estampa religiosa, el recorte de un discurso revolucionario. Cada cual prometió alguna vez que el fragmento encontraría su explicación en el conjunto. García Vega escribe después de haber perdido crédito esa promesa. Sus listas, objetos y anotaciones conservan lo que aún puede recogerse, sin confiar en una restauración. La historia subsiste en el gesto de guardar, en la fecha que ya no aclara nada, en la voz que insiste cuando nadie está obligado a escucharla.
Con cartón, tijeras y un poco de obstinación, el Constructor de Cajitas fabrica recipientes para cuanto amenaza con extraviarse. Pero las cajitas se acumulan, ocupan el espacio destinado a las cosas guardadas y reclaman, a su vez, otra clasificación. Cada una protege un resto y señala la pérdida de aquello que no cupo dentro. La novela ha aprendido ese oficio. Abre un compartimento, deja ver una escena y lo cierra antes de que la escena se convierta en explicación de las demás.
Sobre una mesa donde se amontonan esas cajas, el nombre de Cioran podría figurar en algún papel, anotado durante una noche de insomnio. Pero la renuncia de García Vega tiene direcciones, objetos, nombres propios. Su Playa Albina no ofrece la quietud de una retirada filosófica. Allí continúan los ajustes de cuentas, la irritación ante las ceremonias literarias y la memoria de una pertenencia que se rechaza sin conseguir desprenderse de ella. El destierro le concede un punto desde el cual mirar y, al mismo tiempo, le impide dejar de mirar. Guillermo Rosales conoció otra forma de esa imposibilidad. Sus libros y los de García Vega no se confunden, pero ambos hicieron del alojamiento, del cuerpo y de la lengua lugares donde cuesta permanecer.
El martillo de Nietzsche todavía encuentra estatuas que derribar. Al filósofo que desconfía del hecho le queda la fuerza de proponer interpretaciones, de imponer una perspectiva y discutir su rango con las demás. En Vilis, quien recoge los pedazos llega demasiado tarde para esa disputa. La estatua ha caído, se ignora quién la hizo y acaso nadie recuerda qué representaba. La cajita no aspira a levantarla otra vez. Guarda un trozo de yeso, una inscripción incompleta, un ruido que ha sobrevivido al derrumbe. De ahí la tentación de decir que no queda historia, sino restos. Conviene, sin embargo, desconfiar también de esa frase cuando empieza a sonar a sentencia. Los restos tienen una historia, aunque se resistan a entregarla entera.
Un inodoro sin paredes, un adolescente que consume y desecha, un paralítico presente en una acción de la que apenas puede participar. La sucesión de esas imágenes impide que una se vuelva emblema de todas. El lector puede ensayar interpretaciones, y el libro parece haber previsto su empeño para poner delante una nueva pieza. En vez de ilustrar una tesis, las escenas cambian las condiciones de la mirada. Quedan expuestas, indecorosas a veces, con el mismo aire de los objetos que alguien ha sacado de una casa antes de su demolición.
Por una misma calle pasan nombres de épocas distintas, sin que la ciudad les reserve barrios separados. El pasado aparece en el presente sin solemnidad de visita oficial; el presente, por su parte, envejece antes de haberse vuelto recuerdo. Si esa ciudad deja reconocer a Cuba, es por sus interiores desguarnecidos, por la dificultad de encontrar una dirección a la cual llegar y por la obstinación de llevar consigo habitaciones desaparecidas. Su vuelo no concede libertad. Eleva los escombros y los mantiene suspendidos, lejos del suelo donde podrían asentarse.
En un archivo oficial, cada papel llevaría número, fecha y una explicación de su lugar entre los demás. García Vega deja abierta la caja. Ningún episodio recibe de otro su justificación definitiva. La nación, nombrada tantas veces por quienes aseguran conocer su destino, pierde aquí la comodidad del singular. En sus calles hablan tiempos diferentes, y sus habitantes cargan con recuerdos que no forman una memoria común por el mero hecho de haber ocurrido en el mismo país. El libro no solicita que abandonemos la historia. Nos obliga a preguntar quién dispuso sus piezas y qué voces quedaron fuera del orden propuesto.
Algún lector se llevó de esas páginas la costumbre de enumerar, otro probó los cortes bruscos y otro guardó escenas breves sin tender puentes entre ellas. Sería fácil reconocer esos gestos y declarar establecida una escuela, llamarla vilismanía. Más difícil resulta heredar la desconfianza que dio lugar a esos procedimientos. Legna Rodríguez Iglesias, Jorge Enrique Lage y Ahmel Echevarría trabajan con materiales y cadencias propias. En ciertos pasajes de sus libros, sin embargo, la conversación rota, el cuerpo desplazado o la ciudad poblada de residuos recuerdan que la novela cubana ya no tiene por qué avanzar hacia la confirmación de un destino nacional.
Una frase de Legna tropieza con la siguiente entre voces y bromas; en las páginas de Lage, las referencias tecnológicas y los restos culturales circulan por una Habana que ha sobrevivido a sus propias imágenes del futuro; en las de Ahmel, ni siquiera la intimidad ofrece garantías de refugio. Esa proximidad no autoriza a convertirlos en discípulos. Serviría de poco sustituir una genealogía solemne por otra, con García Vega presidiendo desde una cajita mayor. Lo que comparten, cuando lo comparten, es la experiencia de escribir entre discursos agotados, sin esperar que la discontinuidad los absuelva del trabajo de dar forma.
Sentado otra vez ante un papel cuya importancia nadie puede asegurar, el Constructor de Cajitas busca dónde guardarlo. Tal vez un día otra mano abra el pequeño recipiente y confunda el orden de lo guardado. La literatura de García Vega cuenta también con ese accidente. Una cajita puede conservar; puede extraviarse o terminar dentro de otra, bajo un rótulo equivocado. En la fragilidad de ese archivo, y en el humor sombrío con que su dueño prosigue la tarea, Vilis encuentra una manera de seguir hablando después de que los grandes discursos han dado por concluida la conversación.


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