Los nombres prestados de Alfredo Triff en «¿Qué podemos hacer? Un reporte de urgencia»

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POR CONSEJO EDITORIAL

Esta reseña se publicó en FB el 15 de mayo, 2026

En un puesto de libros de la Calle 8 encontré un ejemplar de ¿Qué podemos hacer?, publicado por Alfredo Triff en Miami Beach en 1994. La cubierta prometía una pregunta de aquellas que suelen recibir, en las reuniones de exiliados, varias respuestas antes de que alguien haya terminado de pronunciarla. Aquel año salían de Cuba los balseros y, sin embargo, el autor de este libro de poco más de cien páginas no comenzaba por la noticia, el mar ni la cuenta de los fugitivos. Había puesto una palabra delante de las demás, «podemos», y se detenía en el derecho que nos atribuimos al decirla. ¿Quiénes quedan comprendidos en ese plural? ¿Cuántos cubanos habrán de obedecer la solución que unos pocos acuerden en su nombre?

Al pasar las primeras hojas, leí «¿qué entraña el problema?» y luego «nuestro problema nos entraña». Si la segunda frase se toma en serio, el lector pierde la silla desde la cual pensaba contemplar la desgracia ajena. El funcionario que explica Cuba desde una oficina y el exiliado que la explica desde Miami pueden llevar años enfrentados, pero ambos han aprendido a decir «patria», «pueblo» y «traición» entre cubanos. Ninguno salió ileso de ese aprendizaje. Hasta el desacuerdo conserva el vocabulario recibido, y salir de la isla no basta para despojarse de las frases que allí sirvieron para repartir honores y culpas.

Unas páginas después, «mi causa» ha perdido el posesivo y se presenta como «la causa». Parece poca cosa, un artículo donde antes había una confesión de pertenencia. En ese cambio, sin embargo, se concede a una preferencia política el derecho de pedir sacrificios a personas que jamás la escogieron. Quien decía «mi causa» aún debía explicar por qué la seguía; quien dice «la causa» puede exigir a los demás que justifiquen su desobediencia. De esas mudanzas vive buena parte de la política cubana. La consigna continúa circulando cuando ya no cumple lo prometido, porque ha aprendido a designar como prueba de fidelidad el sacrificio mismo que debía volver innecesario.

Al leer «patria» en una página y «pueblo» en la siguiente, imaginé las dos palabras impresas en tarjetas que pasaran de mano en mano. Cada bando quisiera conservarlas y discutiría menos sobre el país que sobre el derecho a firmarlas. El gobierno llama pueblo a quienes se reúnen bajo su convocatoria; cierta voz del exilio usa el mismo sustantivo para los que han salido o desean salir. Entre ambas afirmaciones quedan personas que no caben en ninguna tarjeta. Triff insiste en escucharlas, sin dar por iguales las responsabilidades del poder que encarceló y las de quienes padecieron la cárcel. Un perseguido puede hablar desde su herida y equivocarse al convertirla en mandato para todos. Decirlo exige tacto; callarlo dejaría intacta una vieja costumbre cubana.

Antes de que Juan y Pedro se presenten, el libro se ha negado a prometer una causa mejor en reemplazo de la que discute. Esa negativa tiene algo de impaciencia y algo de pudor. En 1994, pedir a un lector cubano que desconfiara de la palabra «salvación» podía sonar a una demora intolerable, sobre todo cuando había familias separadas y embarcaciones saliendo al mar. Triff no pide esperar a que termine una controversia filosófica para socorrer a nadie. Parece temer, más bien, que la urgencia sirva de permiso para decidir por una población entera sin haberla escuchado. El subtítulo anuncia un «reporte» y obliga a esperar observaciones, pruebas, acaso recomendaciones. En su lugar recibimos una revisión del lenguaje del que se serviría cualquier recomendación. De ahí una de las rarezas del libro, cuya prisa no acelera las respuestas, sino que vuelve sospechosa la velocidad con que se redactan.

Juan aparece entonces. También Pedro. Sus nombres son tan comunes que se podría creer que Triff no quiso perder tiempo en inventarlos. Juan cambia de causa; Pedro permanece y lo juzga. Si recibiéramos sus biografías completas, acaso buscaríamos en la infancia de uno la futura traición y en la del otro una fidelidad anunciada. Como apenas sabemos de ellos lo necesario para seguir una disputa, hay que detenerse en la palabra que Pedro dirige a Juan. ¿Desde cuándo una opinión contraída en un momento de la vida obliga hasta la muerte? Si el hombre que ingresó en una causa tuvo derecho a dejar atrás sus creencias anteriores, ¿por qué pierde ese derecho en el instante en que adquiere nuevos compañeros?

A medida que Juan pasa de una causa a otra, Pedro adquiere una seguridad que depende menos de conocerlo que de saber dónde colocarlo. La primera pertenencia le parecía suficiente para elogiarlo; la segunda le basta para condenarlo. Entre ambas queda una vida que el juicio no ha tenido que reconstruir. Triff pregunta también por los conversos silenciosos, por quienes ya no creen pero conservan el carnet, y por los que anuncian un rompimiento sin haber abandonado las costumbres de la antigua fe. Ninguna de esas biografías cabe en la división escolar entre fieles y renegados. Tampoco basta proclamar que toda conversión es valerosa. Puede haber interés, cálculo o miedo, y averiguarlos obliga a mirar las condiciones de cada cambio antes de repartir títulos morales.

Triff presta después a sus figuras una patria anterior a nuestra disputa. Dos criollos de una misma isla pueden estar dispuestos a morir por ella y combatir en bandos contrarios, uno fiel a la metrópoli, el otro a la independencia. Mucho más tarde, cuando el desenlace haya ordenado los manuales de historia, resultará sencillo adjudicar a cada cual el nombre de patriota o traidor. En la víspera del combate, cada uno habría pronunciado «patria» sin sentir que mentía. Juan y Pedro se parecen a personajes de una novela a la que le hubieran quitado casi todo, salvo la facultad de poner en aprietos al lector. Esa pobreza de rasgos los protege de la curiosidad biográfica y deja a la vista nuestras reglas para condenarlos.

Hay, por supuesto, una diferencia entre cambiar de parecer y vender a un compañero por dinero, o entre hablar voluntariamente y repetir bajo tortura lo que el verdugo exige. Triff la preserva. Sus nombres prestados no están ahí para perdonar de antemano cualquier acto, sino para impedir que la palabra «traición» ahorre el trabajo de distinguirlos. La ficción le concede un pequeño intervalo antes de que los nombres propios de la historia cubana hagan comparecer nuestras lealtades. Cambia una circunstancia, coloca a Pedro en el sitio de Juan y vuelve a preguntar. Al cabo de varias inversiones, lo que parecía un juicio sobre una persona empieza a revelar una costumbre del juez.

En una escena semejante, sería fácil poner un uniforme a cada personaje y permitir que el lector identificara a sus conocidos. Triff evita ese alivio. Juan, Pedro y Tomás vuelven a aparecer bajo distintos supuestos y no conservan siempre el mismo puesto en la disputa. Sus nombres son herramientas de ensayo, en el sentido casi material del término. Sirven para probar cuánto resiste una afirmación cuando se altera el lugar del hablante, cuando se le quita el respaldo del vencedor o cuando se deja sin decidir el final de la historia. Por eso la falta de psicología no me parece un defecto de novelista frustrado. El autor necesita que puedan cambiar de sitio. Si los hubiera llenado de detalles reconocibles, muchos lectores los juzgarían por parecido, antes de escuchar la pregunta que les ha sido confiada.

Cuando Juan muere, quienes discutieron sus cambios pueden hablar por él sin esperar respuesta. Unos seleccionarán la tarde en que se incorporó a la causa; otros, la mañana de su ruptura. El muerto queda disponible para todas las conmemoraciones, despojado de sus vacilaciones, de sus amigos y acaso de su mal humor. En Cuba hemos hecho trabajar demasiado a los difuntos. Después de enterrados se les encarga defender gobiernos, denunciar gobiernos, autorizar nuevas muertes o reprochar a los vivos cualquier desvío. Triff sospecha de esa obediencia póstuma. Recordar a Juan exigiría admitir que ninguna ceremonia conoce por completo lo que fue su vida y que la sangre derramada no dicta, por sí sola, la próxima decisión de los sobrevivientes.

Con Tomás, en cambio, no hay que esperar a la muerte para perder la voz propia. Hoy finge asentir para conservar el trabajo; mañana vuelve a repetir las palabras esperadas; al cabo de los años, quizá no sabría separar lo que creyó de lo que aprendió a representar. Resulta tentador asegurar que debajo del actor permanece intacto un hombre verdadero, escondido de la vigilancia. Triff no concede ese consuelo. El hábito también educa, y una reunión donde todos parecen convencidos termina por modificar la idea que cada participante tiene de los demás. Nadie necesita leer los pensamientos de Tomás. Basta con pedirle que asista, firme y repita.

A María Elena se le arranca una declaración y luego esa declaración puede exhibirse como prueba de que ha aceptado lo que se le impuso. La escena no requiere que conozcamos el contenido exacto de su conciencia. Entre la firma y el consentimiento ha ocurrido algo que la firma, aislada, no cuenta. Puede obligarse a alguien a repetir una fórmula; puede conseguirse que aprenda a repetirla sin que se lo ordenen; ninguna de esas victorias demuestra que se le haya persuadido. Tomás, que asiste a la ceremonia, oye el acuerdo de los otros y quizá llega a creer que es el único que duda. Un poder capaz de organizar tantas voces públicas no necesita fabricar en privado una fe idéntica en cada ciudadano. Le basta con que el desacuerdo no encuentre a otro desacuerdo al cual reconocerse.

En otra página aparece F, una inicial que ningún lector cubano de 1994 habría tenido dificultad en desarrollar. Sus seguidores le atribuyen una voluntad infalible; no pocos enemigos, una capacidad igualmente extraordinaria para causar cada desgracia. A F puede agradarle que lo imaginen indispensable, pues hasta el odio confirma entonces su tamaño. Triff pregunta qué hacen entretanto los funcionarios, los vecinos, los comités, los escribientes que extravían una apelación o redactan una acusación. Esa pregunta no descarga la culpa del jefe sobre los subordinados. Impide que la explicación termine en su retrato y que la futura desaparición del retratado se confunda con la desaparición de cuanto se aprendió a hacer bajo su mando.

Hasta la consigna de la unidad pierde inocencia cuando se la escucha en una sala donde sólo uno puede decidir quién habla. Pedro la invoca para evitar que Juan fracture el grupo; Juan podría invocarla con idéntica facilidad al conseguir mayoría. Lo que se llama división puede ser el primer síntoma de una discusión real, y lo que se celebra como unanimidad, el efecto de haber impedido hablar a los demás. Triff no prescribe el desacuerdo por gusto de contrariar. Se detiene en las consecuencias de un acuerdo obtenido antes de que hayan podido conocerse las diferencias. Una nación no se vuelve más fuerte por repetir que tiene una sola voz, sobre todo si la voz coincide cada vez con la del encargado de contarla.

Al avanzar por estas páginas, recordé a Heidegger, Derrida y Foucault, cuyas preguntas sobre el sujeto, el lenguaje y el poder se acercan a las que aquí inquietan a Triff. Pero el momento en que mejor se entiende su curiosidad no llega al encontrarle una familia filosófica, sino al ver cómo una frase corriente cambia de manos. «La causa» parece hablar por sí sola; «el enemigo externo» se presenta a tiempo para interrumpir una discusión entre compatriotas; «la unidad» se pronuncia antes de averiguar quién decidió sus términos. La filosofía, cuando acompaña esos cambios sin cubrirlos de solemnidad, ayuda a oír lo que ya estaba ocurriendo en una conversación cualquiera.

A María le impiden divorciarse. Juan pierde un empleo por ser homosexual. Marta teme practicar su religión. A Tomás le censuran una columna. Podría reunirse todo bajo la palabra «libertad» y quedar, una vez más, demasiado lejos de lo que le sucede a cada uno. También podría exhibirse una escuela o un hospital para exigirles gratitud y clausurar sus quejas. Triff pide examinar qué se consiguió, por qué medios, a costa de cuáles vidas y con qué otras posibilidades al alcance. El beneficio de una persona no cancela el daño infligido a otra, ni la existencia de servicios sociales concede a un gobierno jurisdicción sobre la conciencia de sus beneficiarios.

Ocho mandatos consecutivos de F, cada uno de cuatro años, no contienen para Triff una imposibilidad aritmética. Treinta y dos años pueden contarse sin dificultad; lo difícil es imaginar qué ocurrió durante ellos con el derecho de otros a presentar un programa, disputar una elección y perder sin ser borrados del país. Si el resultado de cada votación sirve de prueba suficiente de democracia, ya no haría falta preguntar por la prensa, los adversarios ni las reglas que limitan la permanencia del vencedor. En la ficción del libro, la cifra exacta vuelve cómica la solemnidad del argumento oficial. Un hombre podría ganar una vez, y acaso otra. La repetición sin término obliga a mirar lo que el recuento de votos ha dejado fuera.

Si Juan busca apoyo en un país extranjero, Pedro lo llama vendido; cuando Pedro solicita un respaldo parecido, invoca la necesidad de defender la patria. El intercambio podría prolongarse sin que ninguno oyera la semejanza de sus argumentos. Las presiones de fuera han existido y existen, pero repetir «enemigo externo» cada vez que un cubano discrepa de otro acaba por expulsar de la historia las decisiones tomadas dentro del país. Desde Miami, donde también se han pronunciado alianzas en nombre de una nación entera, la observación incomoda. No desaparece por ello la diferencia entre quien pudo encerrar a su adversario y quien tuvo que marcharse. Lo que se pierde es la excusa para dejar de examinar las propias palabras.

Pedro habla de los logros de la Revolución con una convicción que parece hacerlos inseparables del régimen. Triff le pide comparar el resultado con los medios que lo hicieron posible y con los que habrían podido producirlo sin exigir las mismas renuncias. Abrir una escuela no vuelve justa una detención; denunciar una detención tampoco exige negar que la escuela abrió. Esa dificultad ha perseguido a quienes discuten Cuba durante décadas. Unos ordenan los beneficios en una columna y los daños en otra, convencidos de que bastará restar. Otros rehúsan reconocer cualquier mejora porque temen que el reconocimiento se convierta en absolución. El libro pide no entregar a la contabilidad política una vida irrepetible, ni usar esa vida para prohibir que se investigue lo que efectivamente ocurrió.

Cuando alguien promete que el porvenir compensará los sacrificios de hoy, Triff vuelve a preguntarse quién pagará hasta que llegue ese día. «Estamos en el camino», dicen, y cada año recorrido justifica otro año de espera. Tomás propone una estrategia; apenas la propone, corre el riesgo de hablar de ella como de un mandato de la historia. Lo que ayer fue una elección parecerá mañana la única vía que había estado abierta. Ningún desenlace concede retrospectivamente a sus autores la omnisciencia que no poseyeron al decidir. Queda por responder ante los perjudicados, incluso cuando la promesa se haya cumplido en parte y los vencedores redacten su relato de lo inevitable.

De los exiliados se habla también en singular, con una facilidad parecida a la que permite reducir la isla a F. Una entrevista estridente, un periódico o una reunión ruidosa bastan para componer el retrato de cientos de miles de personas. Pedro puede creer que conoce a toda la comunidad porque ha oído a sus portavoces más insistentes. Triff se niega a dejarla fuera del alcance de la crítica; se niega igualmente a que una crítica deba fingir que cada emigrado comparte las convicciones del vecino. El exilio contiene a quienes perdieron una casa, a quienes cambiaron de ideas, a quienes conservan afectos en la isla y a quienes han convertido la pérdida en oficio. Si todos son obligados a declarar lo mismo, se habrá levantado otra aduana lejos de la frontera.

Al llegar a «inscripciones axiológicas», tuve que releer una frase cuyo asunto había entendido mejor unas líneas antes. Triff reclama que las palabras comparezcan ante las vidas concretas, pero a veces interpone entre unas y otras una expresión que pide más trabajo al lector que el asunto que quería aclarar. Una expresión semejante puede designar algo preciso; tres seguidas vuelven a alejar a Juan de la disputa en que lo habíamos encontrado. Hay además una pregunta que sus personajes apenas pueden responder. Si uno de los interlocutores posee la cárcel y el otro sólo la posibilidad de hablar, ¿qué reglas hacen practicable la conversación y quién protege al segundo durante ella? Reconocer al otro no sustituye una ley, un tribunal ni la averiguación de los crímenes. La reserva importa porque impide convertir una exigencia moral en programa político sin haber atravesado sus dificultades.

Antes de llegar a esos pronombres, Pedro se niega a conversar con Juan y asegura que no hay nada que decir. Su negativa dice bastante. Reconoce la presencia del otro al mismo tiempo que le retira la posibilidad de replicar, y da por concluido un encuentro que nunca permitió comenzar. Las heridas y las desigualdades no desaparecen por sentarse a una mesa, pero tampoco pueden discutirse si el adversario ha sido convertido de antemano en un ser incapaz de palabra. Me parece que allí se entiende la motivación más firme de Triff, tal como deja verla su escritura. Quiere impedir que el porvenir cubano sea encargado a voces que sólo saben hablar de los demás en tercera persona. El libro no demuestra que la conversación vaya a triunfar; recuerda la violencia que ya ha comenzado cuando se decide que alguien no merece siquiera una respuesta.

En las últimas páginas todavía se leen «ellos» y «nosotros»; después de Juan, Pedro y Tomás, resulta más difícil pronunciarlos sin advertir cuánto se necesitan para existir. Reconocer a Pedro no obliga a darle la razón frente a Juan; obliga a responderle sin despojarlo antes de la condición de persona. Triff no ofrece una ceremonia de reconciliación. Tampoco entrega al lector el plan que parecía prometer el título. Deja una tarea más incómoda, la de decidir sin fingir que una palabra, una causa o un muerto han decidido en nuestro lugar, y la de aceptar que quien soportará las consecuencias pueda pedirnos cuentas.

Volví a mirar el ejemplar de la Calle 8 después de terminarlo. Los nombres de Juan, Pedro y Tomás seguían impresos en las mismas páginas, tan escasos de biografía como al principio; F continuaba reducido a una letra. Con esa gente de papel, Triff había hecho vacilar unas cuantas frases que en la calle se pronuncian con seguridad envidiable. Su temperamento se descubre ahí, en la paciencia irritante con que devuelve una palabra a quien acaba de usarla y le pide que responda por ella. A ratos él mismo necesita que un lector le devuelva las suyas. Quizá por eso el libro admite una lectura todavía viva, lejos de la veneración y lejos también de la respuesta fácil que su título parecía solicitar.


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