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POR CONSEJO EDITORIAL
«Quien se desprecia a sí mismo se sigue respetando todavía a sí mismo como despreciador». No hace falta avanzar mucho más en esa frase para advertir el pequeño privilegio que sobrevive a la humillación, pues alguien, incluso desde el fondo de su ruina, conserva la facultad de juzgarla. La otra sentencia resulta menos indulgente. «¿Qué hombre sensato escribiría hoy día una palabra franca sobre sí mismo? Tendría que pertenecer ya a la Orden de la Santa Temeridad». Los escritores autistas cubiches podrían llevar ambas cosidas al forro de la chaqueta, junto a una dirección olvidada y el recibo de algún libro nunca pagado. Entre el desprecio que se reserva una última forma de orgullo y la confesión convertida en temeridad, queda sitio para exhibir una herida sin permitir que nadie se acerque demasiado a examinarla.
Al onirólogo de Vilis le aceptaron que la metafísica pudiera ser un síntoma del dolor del mundo. Cuando añadió que también ofrecía refugio contra ese dolor, empezaron las objeciones. Habían aprendido a reconocer la enfermedad en las grandes palabras y desconfiaban de cualquier remedio que llegara envuelto en ellas. Del gran relato conservaron algunas ruinas, suficientes para pasear por su interior y señalar grietas, insuficientes para levantar una casa. Ninguno, sin embargo, se marchó con las manos vacías. Cada cual guardó una pequeña superstición privada, un nombre, una imagen, una frase repetida en voz baja después de haberse burlado de las creencias ajenas.
Una bolsa puede parecer liviana hasta que se la lleva varias cuadras. El Bag Boy, habituado a cargar con lo que otros consideran indispensable, había terminado por mirar su propia existencia con idéntica cautela. Le fue entregada sin consulta y no encontró mostrador donde devolverla. Si alguien le hubiera prometido otra vida, habría sospechado que pretendían doblarle la jornada. Con haber existido una vez le bastaba, y aun esa única vez, recorrida hasta el final sin garantía de sentido, amenazaba con dejarlo exhausto.
Desde alguna estancia de Memorias de la casa muerta debió de llegarle a Lezama el sonido de un nombre que creía enterrado. La casa, la memoria y la muerte se reunían allí de un modo que podía reconocer, sin someterse por ello al orden que él habría querido darles. Los objetos recordaban mejor que sus habitantes. Una habitación conservaba la presencia del ausente y, al hacerlo, dificultaba la salida de los vivos. Lezama respondió con una gravedad en la que cabían el reconocimiento y el sobresalto, pues no toda morada construida con palabras permite vivir dentro de ella.
Por la ventana de una buhardilla en Playa Albina pasaban personas que parecían haber resuelto el problema de levantarse, vestirse y ocupar un lugar en el día. El onirólogo las observaba antes de regresar a sus papeles. Le faltaba lo indispensable y, al mismo tiempo, cuanto tenía a mano le resultaba abrumador. De esa contradicción no obtenía una enseñanza que pudiera ofrecer a nadie. Se levantaba, escribía y volvía a empezar, sin conferir a tales actos el valor de una victoria. Una página terminada acaso le servía para comprobar que la jornada había ocurrido y que él, contra toda expectativa, había estado dentro de ella.
Sobre una mesa de García Vega podían convivir una taza sucia, el recuerdo de una conversación interrumpida y algún libro donde se prometía elevar la vida espiritual por encima de sus molestias. Lezama había confiado en la imagen para reunir lo disperso; Piñera había sostenido el cuerpo frente a cuanto amenazaba con reducirlo. A García Vega le interesaba lo que persistía después de esos esfuerzos, incluida la mezquindad que acompaña a las mejores intenciones y el ridículo de descubrirse pensando en términos sublimes mientras se limpia una mancha del mantel. Quienes llamaron indecisión a su escritura tal vez exigían una respuesta más rápida que la admitida por semejantes escenas.
Bastaba abrir al Maestro por cualquier página. El hastío del desayuno encontraba allí su sentencia, el agravio de la tarde obtenía otra y todavía quedaba, antes de dormir, alguna frase capaz de disculpar el silencio mantenido durante el día. Entre los epígonos, los aforismos circulaban con tanta facilidad que nadie parecía dispuesto a preguntar quién repartía esos estados de ánimo ni cuánto debían a la vida que pretendían explicar. La cita sustituía el examen. Su brevedad permitía trasladarla de una disputa a otra sin que perdiera brillo, y así creció una escuela cuyos miembros discrepaban en casi todo salvo en su disposición a invocar la misma página.
Después de una broma especialmente cruel, a menudo quedaba en el aire algo menos seguro que la crueldad. El escritor había atacado aquello que temía encontrar en sí mismo y, una vez vencida esa primera resistencia, podía dirigir el golpe hacia los demás. Su humor mezclaba fastidio, aburrimiento y una cólera que solía adelantarse a sus motivos. Los ideales metafísicos le parecían dolencias del cuerpo o de la imaginación, padecimientos que cada generación diagnosticaba en la anterior antes de contraerlos por su cuenta. Pensar servía para cobrarse una deuda, incluso si el deudor había muerto hacía siglos y nadie conservaba ya los papeles.
En la buhardilla de Playa Albina, sin embargo, el resentimiento perdía parte de la antigüedad que sus defensores le atribuían. Sobre el papel podían reconocerse una ciudad, una pérdida, ciertas rivalidades, libros leídos a destiempo y una habitación desde la cual el mundo adquiría proporciones intolerables. El rencor había sido hecho con esos materiales, no recibido intacto de alguna remota tradición cubiche. Si el onirólogo lo examinaba con tanta paciencia, quizá se debía a que encontraba dentro de su violencia un afecto frustrado. Sin aquella atención, las frases más feroces habrían quedado en desahogo de sobremesa.
Al abandonar el existencialismo de resistencia, varios de aquellos escritores conservaron la costumbre de resistirse. Ya no tenían demasiada confianza en el mérito de su empeño, y la rebeldía bogomilista que asomaba en sus páginas tampoco les concedía una separación limpia entre el espíritu y el mundo detestado. Despreciaban la materia y seguían pendientes de una comida, del calor, del ruido de los vecinos. Anunciaban su despedida y la aplazaban por una llamada. El onirólogo prefería atender a ese aplazamiento, donde encontraba más vida que en las declaraciones de ruptura.
Bajo el albor del Body, hasta la posibilidad de existir a solas podía parecer una forma de exceso. Dejar una ausencia, retirarse sin convertir la retirada en espectáculo, acercarse al borde de un inexistencialismo asiático eran deseos que aparecían en aquellas páginas y rara vez llegaban a cumplirse. Algo retenía al escritor, tal vez el respeto secreto que todavía sentía por su capacidad de despreciar. Por eso regresaba del borde con una hoja bajo el brazo y ciertas reservas sobre su propio regreso. Unos decían haber escrito para continuar viviendo. Otros aseguraban que escribían para desaparecer, pero corregían las pruebas con una atención que los delataba.


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