«Los hermafroditas» y la subjetividad de género contemporánea*

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POR ANGELO GOICOCHEA

*Este articulo es un resumen de un texto mas amplio que saldrá en las próxima semana publicada en una revista literaria en Francia

En la estructura del pensamiento político e historiográfico contemporáneo, pocos diagnósticos han sido tan persistentes y tan sistemáticamente malinterpretados como el de Michel Foucault sobre el poder moderno. Existe una narrativa preconcebida, difundida tanto por la crítica conservadora en el seno de la confrontación ideológica global como por ciertos sectores del activismo progresista, que sitúa a Foucault como el padre fundador o la piedra angular de la autodeterminación de género y las políticas identitarias contemporáneas (wokeness). Sin embargo, una lectura atenta de su trayectoria filosófica, consolidada con la aparición de Los hermafroditas, el manuscrito inédito redactado en la década de 1970 durante la gestación de su monumental Historia de la sexualidad, revela un panorama radicalmente opuesto.

Foucault no elaboró una teoría de la liberación subjetiva ni proporcionó una justificación para la institucionalización de las identidades contemporáneas; por el contrario, trazó una arqueología de la trampa. La pregunta fundamental que atraviesa el corpus foucaultiano no es cómo el sujeto puede finalmente expresar la «verdad» de su género, sino cómo el aparato biopolítico de la Modernidad inventó la noción misma de que el sujeto posee una verdad oculta en su sexo o en su psique que debe ser minuciosamente confesada, clasificada y protegida por la ley y la medicina.

El presente ensayo articula la continuidad conceptual entre la crítica de Foucault a las técnicas de subjetivación, fijadas en el análisis histórico de la intersexualidad desde el Antiguo Régimen hasta la Ilustración, y las dinámicas socioculturales actuales en torno al «imperativo de identidad». Al examinar cómo el pasaje de la monstruosidad mítica al «sexo verdadero» sentó las bases para el cogito sexual moderno, se pretende demostrar que los debates contemporáneos sobre la identidad de género, lejos de constituir un rompimiento subversivo contra el poder, representan la fase más refinada de un régimen de saber-poder que exige a cada individuo una prueba de identidad ininterrumpida.

 Del capricho de la naturaleza al «sexo verdadero»

En Los hermafroditas, Foucault examina el tratamiento jurídico, médico y social de los cuerpos con características sexuales ambiguas entre los siglos XVI y XIX. Este estudio revela una discontinuidad histórica fundamental en el ejercicio del poder. Hasta bien entrado el siglo XVII, el pensamiento europeo operaba bajo una lógica de la mezcla y el pragmatismo relativo. Cuando la anatomía de un recién nacido presentaba una confusión de características masculinas y femeninas, el fenómeno era categorizado como un capricho de la naturaleza, una suerte de «monstruosidad» en el sentido clásico del término, es decir, una coexistencia de naturalezas distintas similar a la de las criaturas de la mitología.

En esta fase premoderna, la naturaleza divina admitía zonas de penumbra y ambigüedad. El derecho, por su parte, no pretendía desentrañar la esencia biológica ni la inclinación psicológica del individuo intersexual. El imperativo no era médico ni ontológico, sino puramente civil. Dado que el ordenamiento social requería una adscripción clara para la asignación de derechos matrimoniales, patrimoniales y deberes cívicos, se exigía a la persona intersexual elegir, al alcanzar la madurez, un género legal determinado. Una vez realizada la elección, el individuo debía mantenerse en ese rol bajo pena de sanción legal por sodomía o fraude, pero el sistema no intentaba auscultar las profundidades del cuerpo o del alma en busca de un «género verdadero». La anatomía imperfecta no se consideraba una patología a corregir, sino un límite donde la ley aplicaba una solución práctica para preservar la estabilidad de la red social.

Sin embargo, a partir del siglo XVIII, el impulso clasificador de la Ilustración exorcizó todo elemento mítico de la naturaleza y reconfiguró por completo la relación entre el sujeto, la medicina y el Estado. La ciencia moderna no podía tolerar la coexistencia de dos naturalezas en un mismo cuerpo ni la arbitrariedad de una decisión pragmática. El proyecto ilustrado decretó que la naturaleza es transparente, uniforme y exenta de contradicciones; por consiguiente, cada individuo debía poseer, de forma implícita y rigurosa, un único sexo verdadero.

A partir de este momento, la ambigüedad anatómica dejó de ser un capricho místico para convertirse en un problema de la verdad. Si un cuerpo presentaba inconsistencias, la función de la medicina y de la jurisprudencia ya no era acoger una elección social, sino actuar como un aparato de desciframiento. Mediante la disección, el examen clínico y el análisis de la fisiología, la ciencia asumió el mandato de desenmascarar el sexo que la naturaleza supuestamente había ocultado. La anomalía fue desplazada del dominio de lo maravilloso al campo de la patología y la perturbación del sistema.

La invención del cogito sexual y la interiorización del saber

Esta mutación en el abordaje de la intersexualidad sirvió como laboratorio para un fenómeno de escala mucho mayor, a saber, la invención de la sexualidad tal como la conoce la Modernidad. Para Foucault, la sexualidad no es un dato biológico inmutable que las sociedades represivas intentaron silenciar, sino una densa red de discursos, saberes y dispositivos de poder construida activamente desde el siglo XVIII.

En este proceso de producción discursiva, el criterio de verificación del sexo sufrió una segunda y decisiva transformación. Cuando la anatomía macroscópica se reveló insuficiente o contradictoria para fijar la dicotomía macho/hembra en todos los casos, el poder biopolítico desplazó el locus de la verdad hacia el interior del sujeto. Se configuró así lo que se puede denominar un cogito sexual. La sentencia «pienso, luego existo» se reescribió en el ámbito de la biopolítica como «deseo y siento, luego esa es la verdad de mi ser».

Como apunta Foucault en sus análisis sobre la génesis de la psiquiatría y la sexología en el siglo XIX, no es la anatomía la que determina el destino, sino una cierta emoción del alma, ya que el deseo actúa como ley más que el propio cuerpo. A partir de este giro, la búsqueda del género o del sexo verdadero se desligó progresivamente del hardware biológico visible para enraizarse en las insondables profundidades de la psique, la afección y la identidad sentida.

Este desplazamiento tuvo consecuencias trascendentales para la producción de subjetividad, entre las cuales destacan tres dinámicas clave.

La patologización de la desviación. Al convertir la psique en el archivo del sexo verdadero, todo comportamiento, inclinación o corporalidad no alineada con la norma fue leído como una alteración psicológica. Hacia 1900, la homosexualidad fue conceptualizada por la medicina alienista como un «hermafroditismo psicológico» o un «tercer género», inaugurando la tradición de explicar la conducta mediante diagnósticos de discordancia entre el alma y la carne.

La interpelación del sujeto. Siguiendo la fórmula de Louis Althusser, el poder no solo reprime al sujeto desde el exterior, sino que lo interpela y lo constituye. Las instituciones modernas (el hospital, la escuela, el tribunal, la clínica) invitan al individuo a hablar de sí mismo, a explorar sus sensaciones latentes y a declarar su identidad. La emancipación pasa a ser definida como el acto de revelar al mundo la verdad interna que el poder mismo ha enseñado a buscar.

La sacralización de la autenticidad. La norma moderna se vuelve infinitamente más inexorable en la medida en que la «identidad» se entierra en las capas espirituales del individuo. El poder ya no exige mera obediencia externa a una regla social, sino la adhesión absoluta a una verdad interna que el sujeto debe descubrir, nombrar y defender.

El «imperativo de identidad» en las polarizaciones dogmáticas del siglo XXI

El empalme entre la genealogía foucaultiana de la intersexualidad y los debates contemporáneos sobre las identidades trans, no binarias y la diversidad LGBTIQA+ resulta insoslayable. En la cultura contemporánea, marcada por lo que el sociólogo Rogers Brubaker denomina el «imperativo de identidad», asistimos a la máxima radicalización de la lógica inaugurada por la Ilustración.

Las disputas actuales que convulsionan el espacio público y político (el cruce polarizado de doctrinas normativas) suelen presentarse como una batalla maniquea entre dos polos irreconciliables. De un lado se ubica un conservadurismo biologista que recurre a decretos estatales para restablecer la anatomía rígida como la verdad eterna de la sexualidad; del otro, un activismo de la autodeterminación que exige la justificación jurídica y médica absoluta de la identidad sentida, purgada de los condicionamientos de la naturaleza corporal.

Desde la perspectiva foucaultiana de la longue durée, ambos bandos no representan una ruptura epistemológica, sino las dos caras de la misma moneda biopolítica. Tanto el esencialismo biológico como la absolutización de la identidad sentida comparten la misma premisa fundamental heredada del fracaso ilustrado, a saber, la convicción de que el ser humano posee una verdad oculta e inequívoca de género que debe ser autenticada por una autoridad (sea el laboratorio genético, el tribunal de justicia o el certificado médico) e inscrita en un registro público de identificación.

El drama de las políticas de identidad contemporáneas reside en que el acto de «autodeterminarse» se experimenta como un gesto supremo de liberación cuando, en términos analíticos, constituye la máxima consolidación del control institucional. La exigencia de definirse mediante etiquetas cada vez más precisas, de someter la fluidez de la experiencia a una nomenclatura rígida y de exigir que el Estado certifique la validez de esa etiqueta es la realización plena de la «voluntad de saber» denunciada por Foucault. El sujeto contemporáneo se encuentra atrapado en una red donde la existencia sin prueba de identidad se ha vuelto teóricamente impensable y políticamente inviable.

La utopía del placer sin prueba de identidad

Foucault nunca pretendió ofrecer un manual normativo para la acción política ni construir un nuevo catálogo de identidades emancipadas. Su proyecto crítico buscaba desmontar las evidencias sobre las cuales se erige la subjetividad moderna para devolver al pensamiento su capacidad de desobediencia.

La lectura de Los hermafroditas a la luz de los debates contemporáneos permite desmitificar la figura del filósofo como ideólogo del wokeness o de la fragmentación identitaria. Foucault no abogó por la proliferación indefinida de categorías de género ni por la conversión del deseo en un expediente administrativo. Frente a la trampa de la identificación obligatoria (donde el individuo debe mostrar continuamente sus credenciales de género para ser reconocido como sujeto de derecho), Foucault formuló una propuesta que conserva una potencia subversiva intacta, concretamente la utopía del «placer sin prueba de identidad».

Esta utopía no invita a encontrar una forma «correcta» o «más verdadera» de ser hombre, mujer o individuo no binario, sino a despojar al cuerpo y a los placeres de la tiranía del significado. Liberar el deseo no consiste en nombrarlo, clasificarlo e inscribirlo en el Registro Civil, sino en desactivar los dispositivos institucionales que exigen que el cuerpo rinda cuentas de lo que es. En un mundo obsesionado por la búsqueda incesante de la verdad sobre uno mismo, la lección de Foucault nos recuerda que el verdadero espacio de la libertad no se halla en la afirmación gloriosa de nuestra identidad, sino en la capacidad de inventar formas de existencia que escapen definitivamente a la compulsión de ser clasificadas.


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