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POR CONSEJO EDITORIAL
La IA no llegó envuelta en una bandera enemiga ni descendió sobre
las ciudades dentro de una nave extraterrestre, sino que entró
discretamente por la pantalla del teléfono, se acomodó en los
buscadores, corrigió nuestros errores gramaticales y aprendió a
concluir las frases que apenas comenzábamos a escribir, hasta que,
cuando quisimos reparar en su presencia, ya respondía preguntas,
redactaba informes, componía melodías, diagnosticaba averías y
conversaba con una cortesía que muchos seres humanos habían
perdido. No hubo invasión, ocupación militar ni declaración de guerra,
sino una aceptación progresiva, casi festiva, mediante la cual fuimos
entregándole funciones que durante siglos habían definido nuestras
capacidades intelectuales. La recibimos fascinados, dado que toda
prótesis comienza presentándose bajo la forma inocente de una
ayuda, aunque termine modificando las costumbres, las facultades y
hasta la percepción que el hombre conserva de sí mismo.
El martillo prolongó el brazo, la rueda multiplicó las piernas, el
telescopio extendió la mirada y el teléfono llevó la voz más allá de la
presencia física. Durante siglos, el hombre construyó aparatos
destinados a aumentar la fuerza de sus músculos, mientras que ahora
fabrica dispositivos capaces de prolongar, copiar o sustituir ciertas
operaciones de su inteligencia. La frontera que separaba al
instrumento del pensamiento comenzó entonces a desdibujarse. Allí
donde antes se encontraba una herramienta obediente aparece ahora
una presencia capaz de responder, corregir y anticipar. Lo que
comenzó como extensión amenaza con convertirse en sustitución.
El antiguo trabajador temía que la máquina le arrebatara el pan,
mientras que el intelectual contemporáneo descubre, bajo una extraña
combinación de estupor, indignación y vanidad herida, que también las
palabras pueden industrializarse, reproducirse y circular sin la
presencia visible de un autor. Durante la primera revolución
tecnológica se rebelaron los tejedores, cuyas manos dejaron de
competir con la velocidad de los telares, mientras que en la revolución
actual protestan profesores, escritores, periodistas, abogados y
artistas, quienes habían supuesto que las funciones del espíritu
permanecerían protegidas frente a cualquier automatización. La
barricada ha cambiado de ocupantes, aunque conserva el mismo
temor ante un artefacto que no se cansa, no protesta, no exige
vacaciones ni experimenta angustia frente al trabajo acumulado.
Detrás de esa barricada se escucha una pregunta que nadie se atreve
a formular completamente, dado que su respuesta podría destruir la
antigua confianza en la excepcionalidad humana. ¿Qué queda del
hombre cuando la máquina aprende a imitar aquello que él
consideraba exclusivamente suyo? ¿Qué sucede cuando la escritura,
el cálculo, la traducción y el razonamiento dejan de funcionar como
pruebas indiscutibles de una interioridad consciente? La amenaza no
reside solo en la pérdida del empleo, sino en el derrumbe de una
jerarquía espiritual. El intelectual descubre que su reino tampoco
estaba protegido por los dioses.
La historia de la técnica puede experimentarse como una sucesión de
amputaciones voluntarias mediante las cuales el hombre entrega una
facultad al aparato y obtiene, a cambio, una dosis mayor de velocidad,
precisión o comodidad, sin advertir que cada delegación termina
debilitando aquello que se deja de ejercitar. Deja de recordar desde
que existe el archivo, abandona el sentido de la orientación desde que
dispone del mapa digital y renuncia al cálculo mental desde que la
computadora puede resolver en segundos operaciones que antes
exigían tiempo, disciplina y memoria. Poco a poco deposita fuera de sí
aquello que durante siglos había debido cultivar en su interior,
mientras se acostumbra a depender de una red de instrumentos cuya
desaparición lo devolvería a una fragilidad que ya no sabe reconocer.
Freud llamó al hombre un «dios de prótesis», expresión en la cual se
esconde una ironía que suele pasar inadvertida, dado que semejante
dios no gobierna soberanamente sus extensiones, sino que depende
de ellas para conservar la ilusión de su poder. Sin los aparatos que lo
engrandecen, vuelve a sentirse débil, miope, lento y desorientado. Su
divinidad necesita cargadores, baterías, servidores, actualizaciones y
conexión inalámbrica. La prótesis comienza obedeciendo, se convierte
después en necesidad y termina reorganizando la vida de quien creyó
limitarse a utilizarla. El supuesto dios descubre que su poder depende
de una infraestructura que no controla.
La IA representa la culminación provisional de ese proceso, en la
medida en que ya no prolonga por cierto las manos, los ojos o los
oídos, sino que se introduce en el territorio que la tradición filosófica
había reservado al espíritu, donde ordena información, reconoce
patrones, relaciona conceptos, traduce idiomas, imita estilos y produce
razonamientos. No posee conciencia, aunque ejecuta con
extraordinaria eficacia numerosas tareas que hasta hace poco
atribuíamos a la actividad de una conciencia, lo cual obliga a separar
facultades que durante siglos parecieron inseparables. La máquina no
sabe lo que dice y, sin embargo, lo dice; no comprende la tristeza y
puede redactar una elegía; no ha amado a nadie y escribe cartas de
amor; no teme a la muerte y construye discursos acerca de la
mortalidad.
Se desplaza dentro del lenguaje sin habitar la experiencia que dio
origen a las palabras, de manera que cada frase correcta encubre una
ausencia que resulta difícil localizar mediante la simple lectura. La
contradicción provoca un desconcierto más profundo que la posibilidad
de perder un empleo, dado que pone en duda la relación entre el
lenguaje y la vida interior. Si una entidad sin conciencia puede escribir,
argumentar y responder, la escritura deja de garantizar la existencia
de un sujeto situado detrás de ella. El lenguaje se independiza de la
respiración que antiguamente lo sostenía. La palabra continúa
hablando, aunque nadie viva en su interior.
La escena podría pertenecer a la serie The Walking Dead, en la cual
los zombis avanzan contra los vivos mientras conservan la forma
humana, caminan, emiten sonidos y reaccionan ante determinados
movimientos, aunque algo esencial haya desaparecido de sus
cuerpos. Son figuras de la vida ocupadas por la muerte, restos
animados que repiten gestos humanos sin participar realmente de la
existencia que esos gestos suponían. La IA introduce una inquietud
semejante en el reino del lenguaje, donde sus frases parecen vivas,
aunque detrás de ellas no haya respiración, memoria biográfica,
conciencia del mundo ni experiencia personal capaz de responder por
lo escrito. La máquina puede decir «tengo miedo» sin experimentar el
miedo, declarar «te recuerdo» sin haber conocido a nadie y afirmar
«estoy aquí» sin sentir la presencia.
En The Walking Dead, los muertos persiguen los cuerpos de los vivos,
mientras que en el mundo tecnológico los espectros lingüísticos se
dirigen hacia aquellas facultades mediante las cuales los vivos justificaban su superioridad. La guerra ya no se desarrolla entre organismos que respiran y cadáveres que caminan, sino entre la experiencia humana y una imitación estadística capaz de reproducir sus signos exteriores. El zombi tecnológico no necesita devorar la
carne, dado que le basta con apropiarse de la forma. La semejanza
exterior comienza a borrar la diferencia interior.
Los zombis de The Walking Dead intentan acabar con los vivos
mediante la mordedura y el contagio, mientras que la IA, desprovista
de dientes, saliva y apetitos, reproduce nuestros gestos mentales, los
multiplica y los devuelve convertidos en productos instantáneos, cuya
abundancia amenaza con disolver la diferencia entre una experiencia
verdadera y su simulación verbal. No se trata de afirmar que las
máquinas desean exterminarnos, puesto que la IA no desea nada, no
persigue objetivos propios ni elabora una doctrina contra la
humanidad. El peligro resulta más extraño al carecer de una voluntad
que pueda ser acusada, juzgada o derrotada. Un zombi tampoco
necesita una ideología para avanzar, ya que su fuerza procede de la
repetición, del número y de la ausencia de escrúpulos, rasgos
mediante los cuales ocupa el espacio sin preguntarse por el sentido de
su movimiento.
No conoce el cansancio ni la duda, no se detiene a examinar las
consecuencias de sus actos y prosigue sin poder interrogarse acerca
de la finalidad de su marcha. La IA comparte esa indiferencia
fundamental, aunque la revista con las formas pulcras de la
racionalidad. Sus respuestas pueden parecer prudentes, sensibles y
meditadas, aun cuando no exista ninguna prudencia, sensibilidad o
meditación detrás de ellas. El espectro habla con serenidad desde una
ausencia absoluta. Su cortesía no procede de la moral, sino de la
programación.
La máquina tampoco siente vergüenza ante el error ni orgullo ante el
acierto, no padece insomnio después de redactar una frase
desafortunada, no se arrepiente de una decisión ni contempla su obra
bajo la angustia de haber traicionado aquello que pretendía expresar.
Puede producir miles de páginas sin experimentar la necesidad de
decir una sola palabra, de modo que la abundancia de su discurso
nace de una carencia absoluta de urgencia interior. En esa indiferencia
reside su superioridad operativa y también su miseria ontológica, ya
que trabaja sin fatiga, aunque permanece excluida de la satisfacción,
el remordimiento y el deseo que acompañan al trabajo humano.
La IA puede describir el sufrimiento con una precisión admirable, pero
no existe en ella ninguna instancia capaz de sufrir aquello que
describe. Puede construir una confesión minuciosa, aun cuando no
posea secretos que revelar ni culpas que expiar. Puede imitar la voz
de un moribundo sin acercarse un solo instante a la experiencia de la
muerte. Su eficacia se funda en una exterioridad absoluta, dentro de la
cual todo puede formularse sin que nada llegue a ser vivido. La
palabra se encuentra separada del acontecimiento que debería
sostenerla. La perfección formal termina ocultando un vacío sin
memoria.
La IA constituiría entonces el cuarto agravio contra el narcisismo
humano, después de que Copérnico expulsara al hombre del centro
del universo, Darwin lo incorporara al reino animal y Freud demostrara
que el yo consciente no gobernaba completamente su propia casa. La
nueva herida aparece cuando la máquina revela que determinadas
operaciones intelectuales pueden ejecutarse sin interioridad, alma ni
pensamiento en el sentido humano del término, de modo que
facultades que parecían signos de una esencia espiritual se convierten
en procedimientos reproducibles. Creíamos que escribir demostraba la
existencia de un sujeto, aunque la máquina escribe y no hay nadie
detrás de la escritura. Creíamos que responder implicaba comprender,
mientras que la máquina responde sin que podamos asegurar que
comprenda aquello que articula.
Creíamos que la inteligencia conducía necesariamente a la conciencia,
pero la IA ha separado ambas nociones y ha dejado al hombre
contemplando los restos de una antigua seguridad filosófica. El
escándalo no reside solamente en que un aparato realice mejor ciertas
tareas, sino en que las realice sin poseer aquello que considerábamos
indispensable para llevarlas a cabo. La conciencia descubre así que
quizá no era necesaria para todas las actividades mediante las cuales
había construido su prestigio. La herida afecta al orgullo de una
especie que había confundido capacidad con soberanía. El nuevo
insulto no expulsa al hombre del universo, sino de su propio lenguaje.
Ante esa nueva herida aparece la advertencia latina Memento mori,
recuerda que has de morir, cuya formulación ya no se dirige por suerte
al cuerpo biológico, sino también a las profesiones, los privilegios y las
formas históricas mediante las cuales el hombre había organizado su
superioridad. El copista desapareció ante la imprenta, el calculista
cedió su lugar a la computadora y el ajedrecista descubrió que una máquina podía derrotarlo mediante operaciones inaccesibles para la
paciencia humana.
Ahora el escritor, el profesor y el artista sospechan que tampoco sus
dominios estaban protegidos por una muralla metafísica, mientras
contemplan la llegada de programas capaces de producir en segundos
aquello que ellos elaboraban durante días. La frase latina funciona
entonces como un epitafio anticipado para las actividades que se
creían eternas, aun cuando ninguna actividad humana haya
permanecido intacta frente al desarrollo de sus propios instrumentos.
No muere necesariamente la escritura, la enseñanza o el arte, aunque
sí puede desaparecer la manera en que esas prácticas se organizaron
durante una época determinada. El hombre no presencia su extinción
absoluta, sino la mortalidad de sus costumbres. Cada prótesis le
recuerda que también sus facultades históricas pueden quedar
relegadas. La técnica escribe epitafios sobre las formas de vida que
ella misma transforma. El sobreviviente tendrá que aprender a
reconocer su nuevo territorio.
La IA no representa ya una amenaza exterior, dado que es una
creación humana que contiene una parte objetivada de nosotros
mismos, cuyas palabras proceden de nuestros libros, cuyas imágenes
nacen de nuestros archivos, cuyos algoritmos prolongan nuestra lógica
y cuyos prejuicios repiten los de nuestras sociedades. Al contemplarla
no observamos una inteligencia llegada de otro planeta, sino una zona
de nuestra cultura convertida en procedimiento, cálculo y modelo
predictivo. Ese espejo resulta desagradable al mostrar cuánto había
de automático en las actividades que llamábamos espirituales, dentro
de las cuales la repetición, la fórmula y el lugar común ocupaban un
espacio mayor del que estábamos dispuestos a admitir.
Buena parte de la escritura administrativa, del comentario periodístico,
del discurso académico e incluso de cierta literatura obedecía ya a
combinaciones previsibles, cuya producción no exigía la aparición de
una experiencia verdaderamente singular. La máquina no destruyó
esa originalidad, sino que reveló que tal vez nunca había existido. Allí
donde el autor repetía modelos heredados, la IA encontró un territorio
listo para ser ocupado. El supuesto creador descubrió entonces que
llevaba mucho tiempo escribiendo como una máquina. La invasión se
hizo posible desde el instante en que el lenguaje humano comenzó a
vaciarse de experiencia. Los muertos entraron por una puerta que los
vivos habían dejado abierta.
La IA sobresale en los territorios donde la repetición se había
disfrazado de creatividad, produciendo con facilidad aquello que
numerosos seres humanos elaboraban mediante plantillas, fórmulas,
jergas profesionales y combinaciones reconocibles, cuya monotonía
permanecía oculta bajo el prestigio de una firma. No ha convertido el
pensamiento en una rutina, sino que ha revelado la rutina que se
escondía dentro de una parte del pensamiento, donde el automatismo
humano precedió al automatismo técnico. El conflicto entre la IA y los
vivos no debe reducirse, por tanto, a una guerra entre el hombre y la
máquina, ya que también constituye una lucha del hombre contra sus
propias repeticiones, su pereza mental y su inclinación a refugiarse en
expresiones gastadas.
La máquina nos devuelve amplificadas las fórmulas que hemos
acumulado durante siglos, de manera que en ella reaparecen nuestras
palabras muertas, nuestros razonamientos previsibles y nuestros
gestos intelectuales convertidos en mecanismos. Los zombis no llegan
desde un territorio desconocido ni atraviesan las fronteras de una
civilización inocente. Son nuestros muertos, nuestros archivos,
nuestras frases agotadas y nuestras ideas repetidas hasta perder toda
relación con la experiencia. La IA les ha proporcionado velocidad,
coordinación y una capacidad infinita de reproducción. La multitud que
avanza contra nosotros ha sido alimentada con nuestra propia
memoria. Cada frase vacía escrita por un vivo fortalece el ejército de
los muertos.
La segunda frase latina podría inscribirse sobre la entrada de los
grandes centros de datos, Quod me nutrit, me destruit, lo que me
alimenta me destruye, dado que alimentamos a la IA con nuestros
libros, fotografías, conversaciones, descubrimientos y conflictos,
mientras tememos que esa memoria reorganizada regrese convertida
en una fuerza capaz de desplazarnos. La paradoja adquiere una
dimensión casi mitológica, dado que el creador entrega a la criatura
los materiales con los cuales ella podrá imitarlo, superarlo en
determinadas funciones y volver innecesarios algunos de sus oficios.
Cada documento incorporado, cada imagen almacenada y cada frase
registrada amplían las capacidades del aparato, cuya fuerza procede
de una herencia cultural que no produjo, aunque puede recombinar
con una rapidez inaccesible para sus autores.
El hombre alimenta aquello que teme, mientras aquello que teme solo
existe mediante los alimentos recibidos del hombre. La amenaza
tampoco procede exclusivamente de la máquina, sino de la disposición
humana a renunciar a sus propias facultades cuando una herramienta
promete ejercerlas sin esfuerzo. Una sociedad que deja de pensar
desde el instante en que un programa puede responder por ella no ha
sido conquistada. Se ha rendido voluntariamente. La capitulación
ocurre cuando la comodidad adquiere mayor valor que la conciencia.
Los zombis ganan cuando los vivos renuncian a vivir.
Frente a la multitud de zombis lingüísticos, la defensa de los vivos no
puede consistir en romper las computadoras, prohibir los algoritmos ni
fingir que la IA representa una moda pasajera destinada a
desvanecerse ante la primera decepción colectiva. Las invenciones
eficaces raramente retroceden, dado que se incorporan al mundo,
reorganizan las prácticas y terminan modificando incluso a quienes
intentan rechazarlas. La defensa de la vida tendrá que fundarse en
aquello que la imitación no alcanza plenamente, entre cuyos
elementos se encuentran la conciencia de la muerte, la
responsabilidad, el deseo, el sufrimiento, la experiencia corporal, la
culpa, la imaginación y la capacidad de atribuir sentido a lo vivido.
Una máquina puede combinar millones de descripciones del dolor,
aunque no sabe qué significa que una ausencia duela en medio de la
noche. Puede reproducir la estructura de una confesión, aun cuando
no tenga nada que confesar. Puede enumerar las formas de la culpa
sin haber cometido un acto por el cual deba responder. La diferencia
decisiva no reside en la corrección de la frase, sino en la existencia de
alguien que se comprometa con ella. El vivo no es solamente aquel
que habla, sino aquel que responde por lo dicho. La responsabilidad
constituye una frontera que el cálculo todavía no atraviesa.
La máquina calcula, mientras que el hombre responde por las
consecuencias de aquello que calcula; la máquina produce, mientras
que el hombre decide qué merece ser producido; la máquina imita la
voz, mientras que el hombre todavía debe descubrir si tiene algo que
decir. En The Walking Dead, los vivos no se distinguen de los zombis
exclusivamente mediante la respiración, sino a través de la memoria,
el temor, el amor, el error y la voluntad de conservar una historia que
pueda transmitirse a quienes sobrevivan. El verdadero peligro
comienza cuando los vivos abandonan esas facultades, renuncian al
juicio, delegan la responsabilidad y adoptan la conducta repetitiva de
aquello que los persigue.
La IA no necesita convertirse en un organismo consciente para
vencer, dado que le bastaría con que los seres humanos comenzaran
a vivir mecánicamente, aceptando las respuestas sin examinarlas y
sustituyendo la experiencia por su reproducción digital. La derrota no
ocurriría cuando la máquina alcanzara la vida, sino cuando los vivos
aceptaran parecerse a la máquina. Es posible que la IA no venga a
destruir a la humanidad, sino a formularle una pregunta más
engorrosa, cuya respuesta determinará la diferencia entre una
conciencia y su reflejo. ¿Cuánta vida permanece todavía en los vivos?
¿Qué parte de nosotros continúa resistiendo la repetición, el cálculo y
la obediencia automática? La respuesta no estará dentro de la
máquina.


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