Las playas de Esculapius’ o la vocación como destino

Total Pages Visits: 2349-Today Page Visits: 214

POR CONSEJO EDITORIAL

Confieso que, al comenzar «Las playas de Esculapius», esperaba encontrar una novela sobre estudiantes de medicina, una de esas narraciones donde la formación profesional constituye el eje principal del relato y en las que los personajes avanzan desde la ignorancia hacia el conocimiento mediante una sucesión de exámenes, prácticas clínicas, dificultades académicas y experiencias sentimentales. Imaginaba, por tanto, que la medicina funcionaría principalmente como escenario y que el interés de la obra estaría concentrado en las dificultades propias de quienes intentan abrirse camino dentro de una profesión exigente. Sin embargo, a medida que fui avanzando en la lectura, comprendí que Miriam Rodríguez Febles estaba intentando algo más ambicioso y, a mi juicio, más perdurable. Lo que realmente narra esta novela no es la adquisición de una profesión, sino la lenta construcción de una conciencia; no el aprendizaje de una técnica, sino la formación de una sensibilidad moral capaz de enfrentarse al sufrimiento humano sin refugiarse en el cinismo, la indiferencia o la simple rutina. Por esa razón, considero que reducir «Las playas de Esculapius» a la categoría de novela médica sería ignorar buena parte de su riqueza intelectual, simbólica y emocional.

Uno de los grandes méritos de la novela consiste precisamente en la manera en que transforma una experiencia aparentemente particular —la de un grupo de jóvenes vinculados a la medicina— en una reflexión de carácter universal. Los estudiantes no están aprendiendo solamente a diagnosticar enfermedades, reconocer síntomas o enfrentarse a situaciones clínicas. Están aprendiendo, aunque muchas veces no sean plenamente conscientes de ello, a mirar al otro. Y aprender a mirar al otro significa enfrentarse también a uno mismo, a los propios prejuicios, a los temores, a las inseguridades y a las ideas preconcebidas con las que cada persona llega al mundo profesional. En ese sentido, la formación médica funciona como una metáfora de la formación humana. El verdadero aprendizaje ocurre cuando el conocimiento deja de ser una acumulación de datos y comienza a modificar nuestra manera de relacionarnos con los demás.

Esta dimensión nos parece especialmente importante porque la medicina suele presentarse en la literatura y en el cine desde dos perspectivas muy marcadas. Por un lado, aparece como una ciencia extraordinaria capaz de salvar vidas y vencer enfermedades; por otro, como un ámbito extremadamente competitivo, exigente y jerarquizado. Las playas de Esculapius parece interesarse menos por esas dos imágenes y mucho más por el ser humano que existe detrás del profesional. El médico no aparece únicamente como alguien que posee conocimientos especializados, sino como una persona que debe aprender a convivir con el dolor, la enfermedad, la pérdida y la incertidumbre. Esa convivencia no siempre es sencilla. De hecho, uno de los grandes conflictos que plantea la novela es la tensión entre la necesidad de mantener cierta distancia profesional y el peligro de que esa distancia termine convirtiéndose en indiferencia.

En ese punto, la novela adquiere una dimensión ética que consideramos fundamental, ya que el estudiante de medicina se encuentra continuamente frente a personas que sufren, y ese sufrimiento obliga a preguntarse qué significa realmente cuidar. No basta con saber qué hacer desde el punto de vista técnico. También es necesario decidir cómo hacerlo, cómo hablar, cómo escuchar y cómo reconocer la dignidad de quien se encuentra en una posición de vulnerabilidad. La enfermedad puede convertir a una persona en un expediente, un número, un diagnóstico o un caso clínico, pero detrás de todas esas categorías continúa existiendo un individuo con una historia, una familia, unos miedos y unas esperanzas. La novela parece recordarnos que olvidar esta dimensión humana constituye una de las formas más graves de fracaso profesional.

Uno de los aspectos que más nos interesó de la novela fue, precisamente, la construcción del espacio. Rodríguez Febles evita cuidadosamente la imagen turística del Caribe, tan frecuente en cierta literatura contemporánea que convierte la región en un decorado exótico destinado a satisfacer expectativas externas. El Caribe de Las playas de Esculapius es un territorio vivido, habitado y sufrido. Hay calor, pobreza, polvo, deterioro urbano y una memoria económica asociada al ingenio azucarero que se proyecta silenciosamente sobre la vida cotidiana de los personajes. No se trata de un paisaje utilizado únicamente para embellecer la narración, sino de un espacio que condiciona las experiencias, las relaciones y hasta las posibilidades de futuro de quienes lo habitan.

Esta representación del Caribe me parece especialmente significativa porque rompe con una visión superficial de la región. El Caribe literario no puede reducirse a playas, sol, música, sensualidad y paisajes paradisíacos. Detrás de esa imagen existe una historia compleja de explotación, desigualdad, migraciones, transformaciones económicas y luchas sociales. El espacio que presenta Rodríguez Febles parece cargado de esa memoria. Los lugares poseen una historia que precede a los personajes y que continuará existiendo después de ellos. De esta manera, la novela consigue establecer una relación muy interesante entre espacio e identidad: los personajes no solamente viven en un lugar, sino que son, en cierta medida, producto de ese lugar.

Por ello, considero que el título de la novela posee una importancia que va mucho más allá de su referencia geográfica. Las playas pueden evocar libertad, juventud, belleza y posibilidad, pero también pueden funcionar como espacios de memoria. La playa deja de ser entonces una postal y se convierte en un territorio emocional. Es un lugar desde el cual se puede contemplar el pasado, pero también un espacio que permite pensar en aquello que cambia y aquello que permanece. En este sentido, el paisaje adquiere una dimensión simbólica: representa la relación entre la experiencia individual y la memoria colectiva.

También me llamó la atención la manera en que la juventud aparece en la obra. Generalmente, cuando se habla de jóvenes universitarios, se enfatizan la libertad, los sueños, las relaciones amorosas, las fiestas o las aspiraciones profesionales. En «Las playas de Esculapius» esos elementos pueden estar presentes, pero parecen formar parte de un proceso más profundo. La juventud es presentada como una etapa de transición, un período en el que todavía no somos completamente conscientes de las consecuencias de nuestras decisiones. Los personajes se encuentran en un momento en el que deben comenzar a asumir responsabilidades que antes podían parecer lejanas. Están dejando atrás una etapa de la vida, aunque todavía no sepan exactamente hacia dónde se dirigen.

Esta condición de tránsito me parece uno de los elementos más humanos de la novela. Todos hemos experimentado, de una manera u otra, momentos en los que descubrimos que crecer no significa simplemente adquirir más conocimientos o independencia. Crecer significa comprender que nuestras acciones tienen consecuencias sobre otras personas. Significa aceptar que no siempre podemos controlar las circunstancias y que, en muchas ocasiones, debemos aprender a actuar incluso cuando no tenemos respuestas definitivas. En el caso de los estudiantes de medicina, esta realidad adquiere una fuerza especial porque sus decisiones pueden afectar directamente la vida y el bienestar de otras personas.

Creo, además, que Rodríguez Febles comprende algo que buena parte de la narrativa contemporánea parece haber olvidado: el conocimiento posee una dimensión ética. Hoy abundan las novelas donde la educación aparece reducida a una herramienta de ascenso social o a una estrategia para competir en el mercado laboral. En «Las playas de Esculapius» ocurre exactamente lo contrario. La medicina no es presentada como una vía hacia el prestigio económico ni como un mecanismo de movilidad social. Se convierte en una disciplina moral.

Esta idea me parece particularmente poderosa porque cuestiona una concepción muy extendida de la educación. Aprender no debería significar únicamente adquirir competencias que permitan obtener un empleo o alcanzar una determinada posición social. El verdadero aprendizaje también debería transformar nuestra relación con el mundo. Cuanto más conocemos, mayor debería ser nuestra capacidad para comprender la complejidad de los demás y reconocer aquello que ignoramos. El conocimiento, en lugar de hacernos superiores, debería hacernos más responsables. Y esa parece ser una de las grandes preguntas que atraviesan la novela: ¿para qué sirve saber mucho si ese conocimiento no nos hace mejores seres humanos?

Desde esta perspectiva, la medicina funciona como un espacio privilegiado para plantear esa pregunta. Se trata de una profesión en la que el conocimiento científico convive constantemente con la fragilidad humana. El médico conoce el cuerpo, pero no puede eliminar por completo el sufrimiento. Puede diagnosticar, tratar y acompañar, pero también debe enfrentarse a situaciones en las que la ciencia tiene límites. Esa conciencia de los límites resulta esencial para cualquier proceso de maduración. El profesional que cree tener respuestas para todo corre el riesgo de olvidar que cada paciente representa una realidad única y que la incertidumbre forma parte inevitable de la existencia humana.

Otro elemento que considero relevante es la relación entre la experiencia individual y las circunstancias sociales. Los personajes no existen aislados de la realidad que los rodea. Sus aspiraciones, sus dificultades y sus decisiones están determinadas, en mayor o menor medida, por las condiciones económicas, culturales e históricas de su entorno. De ahí que la novela pueda leerse también como una reflexión sobre las oportunidades y las desigualdades. La posibilidad de estudiar, de convertirse en profesional y de imaginar un futuro distinto no depende exclusivamente del esfuerzo individual. Existen estructuras sociales que facilitan o dificultan ese camino.

Esta observación evita que la novela caiga en una visión demasiado simplista del éxito. No todos los individuos parten del mismo lugar ni disponen de las mismas herramientas. La educación puede representar una posibilidad de transformación, pero no constituye por sí sola una solución automática a las desigualdades. En este sentido, la experiencia universitaria de los personajes puede entenderse como una forma de confrontación con la realidad social de su entorno. La universidad no aparece completamente separada del mundo exterior; por el contrario, lleva dentro de sus aulas los problemas, contradicciones y heridas de la sociedad.

Asimismo, considero que la novela plantea una reflexión interesante sobre la memoria. Los lugares donde nos formamos terminan convirtiéndose en parte de nuestra identidad, incluso cuando creemos haberlos dejado atrás. Una universidad, una ciudad, un hospital o un barrio pueden permanecer dentro de nosotros mucho después de que físicamente nos hayamos marchado. Las experiencias vividas durante la juventud adquieren con el tiempo un significado diferente. Lo que en un momento parecía cotidiano puede convertirse años después en un recuerdo fundamental.

Por eso, la mirada hacia el pasado que propone la novela no me parece una simple nostalgia. Hay nostalgia, pero también existe una necesidad de comprender. Recordar significa intentar reconstruir quiénes fuimos y entender cómo llegamos a ser quienes somos. La memoria no siempre conserva los acontecimientos de manera objetiva; los transforma, los selecciona y les atribuye nuevos significados. En ese proceso, la juventud deja de ser únicamente una etapa cronológica y se convierte en un territorio interior al que regresamos para comprender nuestra propia historia.

También me parece destacable la presencia del conflicto entre idealismo y realidad. Quien comienza una carrera profesional suele hacerlo acompañado de determinadas expectativas. En el caso de la medicina, esas expectativas pueden estar relacionadas con la idea de ayudar a los demás, salvar vidas o ejercer una profesión socialmente valorada. Sin embargo, la práctica cotidiana puede ser mucho más compleja. La rutina, el cansancio, las limitaciones institucionales y el contacto repetido con el sufrimiento pueden transformar las motivaciones iniciales. La verdadera prueba, entonces, consiste en descubrir qué queda de aquellos ideales cuando la realidad deja de parecerse a lo que habíamos imaginado.

Ahí se encuentra una de las dimensiones más interesantes del proceso de maduración que plantea la novela. Madurar no significa necesariamente abandonar los ideales de la juventud, sino aprender a defenderlos de una manera más consciente y menos ingenua. La experiencia puede destruir ciertas ilusiones, pero también puede permitir que surjan convicciones más profundas. El idealismo juvenil puede transformarse en responsabilidad adulta. Y esa transformación, más que cualquier éxito académico, parece constituir uno de los verdaderos aprendizajes de los personajes.

Al mismo tiempo, la novela invita a reflexionar sobre la vulnerabilidad. Los estudiantes de medicina se preparan para convertirse en profesionales capaces de atender a personas enfermas, pero durante ese proceso descubren que ellos mismos son vulnerables. También sienten miedo, cansancio, inseguridad y dudas. Esta dimensión resulta importante porque rompe con la imagen del profesional como una figura completamente segura de sí misma. El conocimiento no elimina la fragilidad humana. En algunos casos, incluso puede hacerla más evidente.

La conciencia de esa vulnerabilidad compartida puede convertirse, precisamente, en una fuente de empatía. Comprender que el médico también es un ser humano permite establecer una relación menos distante con el paciente. Pero esa misma conciencia exige responsabilidad, porque reconocer nuestra propia fragilidad no significa abandonar nuestras obligaciones. Significa asumirlas con mayor humildad.

De modo que Las playas de Esculapius consigue utilizar el mundo de la medicina como punto de partida para hablar de asuntos mucho más amplios: la juventud, la memoria, la identidad, la responsabilidad, la desigualdad, la educación y la necesidad de preservar la sensibilidad frente al sufrimiento ajeno. La novela no parece interesada únicamente en mostrar cómo una persona aprende una profesión, sino en preguntarse qué clase de persona está construyendo mientras aprende.

Por eso, al cerrar la novela, se llega a una conclusión lo que considero esencial: Las playas de Esculapius no es una novela sobre la medicina. Es una novela sobre la responsabilidad. Es una novela sobre el momento en que una persona descubre que todo conocimiento implica obligaciones morales. Es también una novela sobre la juventud contemplada desde el umbral de la madurez, cuando comenzamos a comprender que los lugares donde nos formamos nunca desaparecen del todo porque terminan convirtiéndose en parte inseparable de nuestra identidad.

Por tanto, la medicina sirve como escenario, pero la pregunta central pertenece a todos: ¿qué hacemos con aquello que aprendemos? ¿De qué manera utilizamos nuestros conocimientos cuando nos encontramos frente a otra persona que necesita nuestra ayuda? ¿Hasta qué punto somos capaces de conservar la sensibilidad cuando la realidad cotidiana nos obliga a enfrentarnos repetidamente al dolor? Estas preguntas trascienden la profesión médica y convierten la experiencia de los personajes en una experiencia reconocible para cualquier lector.

También, la novela puede entenderse como una defensa del aprendizaje concebido en su sentido más amplio. Aprender no es solamente memorizar, aprobar exámenes o adquirir habilidades profesionales. Aprender también significa desarrollar una mirada sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Significa descubrir nuestras limitaciones, reconocer las necesidades de los demás y comprender que la formación de una persona nunca termina completamente. Incluso cuando abandonamos las aulas, continuamos aprendiendo a través de nuestras relaciones, nuestras pérdidas, nuestros errores y nuestras responsabilidades.

Esa es, precisamente, la razón por la cual se considera que Miriam Rodríguez Febles ha escrito algo más que una novela universitaria. Ha escrito una reflexión humanista sobre el aprendizaje de la vida misma. La medicina, en sus páginas, deja de ser solamente una disciplina científica y se convierte en una escuela de humanidad. Los personajes no solamente aprenden a enfrentarse a la enfermedad; aprenden a enfrentarse a la incertidumbre, al dolor, a la desigualdad y a sus propias contradicciones. Y, al hacerlo, descubren que convertirse en profesional implica también convertirse en una persona más consciente de sus responsabilidades.

Después de la lectura, la imagen que permanece no es únicamente la de los estudiantes y sus experiencias, sino la de un proceso mucho más profundo: el tránsito entre lo que creemos que seremos y lo que finalmente llegamos a ser. Ese tránsito está marcado por los lugares que habitamos, por las personas que conocemos y por las experiencias que nos obligan a cambiar. Las playas, la universidad, los espacios médicos y el paisaje caribeño adquieren así una dimensión simbólica porque representan etapas de una formación que no puede separarse de la memoria.

Finalmente, una de las mayores virtudes de «Las playas de Esculapius» consiste en recordarnos que ninguna profesión debería alejarnos de nuestra condición humana. Al contrario, cuanto mayor sea nuestra preparación y cuanto mayores sean nuestras responsabilidades, mayor debería ser también nuestra capacidad de comprender, escuchar y acompañar. La verdadera excelencia no puede medirse únicamente por la cantidad de conocimientos acumulados, sino también por la manera en que esos conocimientos son puestos al servicio de los demás.

Por todo ello, la novela deja una enseñanza que supera ampliamente el ámbito universitario y médico. Nos recuerda que todos, independientemente de nuestra profesión, estamos sometidos a un proceso constante de aprendizaje. La vida nos coloca frente a situaciones para las que no siempre estamos preparados y nos obliga a decidir qué clase de personas queremos ser ante ellas. En última instancia, ese parece ser el verdadero significado del viaje que propone Rodríguez Febles: aprender una profesión es importante, pero aprender a vivir con responsabilidad, sensibilidad y conciencia frente a los demás es una tarea mucho más difícil y, al mismo tiempo, mucho más necesaria.


Descubre más desde El Ciclón Invisible

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja una respuesta