La casa, el espejo y sus criaturas, de Blanca Caballero

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Apartadas las sábanas que protegen los muebles del polvo o del tiempo, que acaso sean una misma sustancia, el lector entra en Casa en penumbras, de Blanca Caballero, y comprende que aquella casa no pertenece del todo al mundo de los objetos físicos. Unos tulipanes de «sonrisas afiladas» caminan hacia la ventana; una muñeca desteñida abre su único ojo; un hombre prepara té para las flores y las telas que cubren los asientos se levantan, danzan y conversan. La autora ha compuesto una excelente propuesta literaria y consigue situarse a la altura de una literatura que no se limita a copiar la realidad, sino que la corrige mediante los sueños, la multiplica mediante los espejos y, finalmente, la vuelve más dudosa que sus propias invenciones.

No sabemos si la casa sueña con sus habitantes o si estos, reunidos en alguna conciencia desconocida, están soñando la casa. Esa incertidumbre gobierna el libro. Cada habitación admite una ley distinta y cada puerta, aun las que carecen de pomo, comunica con una variación del universo. La penumbra del título no significa oscuridad, sino una región intermedia, propicia para que las cosas dejen de ser lo que parecen sin haber alcanzado todavía otra forma definitiva. Una luz absoluta destruiría el misterio; una oscuridad completa impediría contemplarlo. Blanca Caballero elige el instante vacilante en que los objetos comienzan a transformarse.

Subido en una silla alta, Orondo, el gato negro de ojos azules, declara que «no somos realidades» y que todos forman parte de una construcción mental. Su conferencia resulta absurda solo si olvidamos que los hombres han encomendado a los animales, desde las fábulas antiguas, la tarea de revelar verdades que ellos mismos no se atreven a pronunciar. Orondo es el teólogo de una casa sin dios visible, el metafísico que sospecha haber sido imaginado y que, sin embargo, continúa razonando. Sabe que la conciencia que lo inventó también pudiera ser invención de otra conciencia. Detrás de su solemnidad se esconde el miedo de quien ha descubierto que la inteligencia no garantiza la libertad y que comprender el laberinto no equivale a encontrar su salida.

Con una corneta y una bolsa desmesurada llega un canguro que recoge «desperdicios de los sueños ya usados». En su oficio ridículo hay una secreta nobleza. Reúne pedazos de aire, jirones de voces y restos de tulipanes, como si supiera que nada se pierde por completo mientras alguien conserve sus residuos. También la literatura recoge los sueños que otros abandonaron, las conversaciones incompletas, las imágenes que sobreviven a quienes las imaginaron. El canguro es, sin saberlo, un bibliotecario de lo inútil, un guardián de aquellas ruinas que la memoria desdeña y que un poema puede salvar.

Caminando hacia atrás aparece un hombre sin rostro visible, habitante de un punto donde no existen el pasado ni el porvenir. «Vivo el punto. El punto. El punto», repite. Su rareza encubre una tragedia. No retrocede hacia el pasado, pues no lo recuerda; tampoco se dirige hacia el futuro, que para él carece de realidad. Su movimiento es una peregrinación inmóvil. Al declarar que nada es posible, transforma la desorientación en sistema filosófico. Orondo, que recuerda cuanto ha ocurrido, termina envidiándolo. El hombre padece la ausencia de la memoria; el gato padece su abundancia. Entre ambos se reparte una paradoja que ninguna explicación resuelve, pues olvidar equivale a perderse y recordar significa continuar atado a lo perdido.

Por una puerta sin pomo entra una mujer que contempla su propia espalda. No mira a los demás ni parece advertir la casa. Busca, con una obstinación imposible, la parte de sí misma que sus ojos no alcanzan. En ella se cifra el deseo de conocerse enteramente, empresa tan vana como dibujar el mapa completo de un territorio desde un punto situado dentro de ese territorio. La espalda es el pasado, el rostro que ofrecemos a quienes nos siguen, la región personal que solo existe en la mirada ajena. Su absurdo consiste en querer abolir ese punto ciego; su desdicha, en no aceptar que toda identidad contiene una zona desconocida.

De una sábana de lino escapa después una mujer bordada, con ojos de hilos multicolores y una boca hecha con hilo de fresa. Sus palabras no suenan, aunque todos las comprenden. La criatura se ha desprendido del tejido que la contenía, pero continúa hecha de sus hilos. Bajo esa aparición se esconde el antiguo deseo de escapar de la forma que otros nos impusieron. La mujer ha conquistado el movimiento sin liberarse de sus costuras; abandona el dibujo, aunque lleva consigo la materia del dibujo. Tal vez nadie pueda huir enteramente de aquello que lo formó.

En la escalera permanece una niña que nunca sube ni baja. Peina dos muñecas mutiladas con un peine al que le queda un solo diente. Una de las muñecas tiene una pierna torcida; la otra carece de ojos. La escena parece nacida de un sueño infantil, pero su quietud introduce una tristeza que no necesita ser explicada. La escalera promete dos direcciones y la niña no elige ninguna. Su juego consiste en cuidar lo roto con un instrumento también roto. Detrás de esa ceremonia se reconoce la ternura que persevera aun cuando sabe que la reparación es imposible.

Hasta la muñeca que se proclama la más fuerte de la casa disimula una debilidad. Se irrita cuando nadie la mira, convoca a los tulipanes y disputa con Orondo la autoridad del recinto. No aspira únicamente a mandar, sino a ser reconocida. Para aquellas criaturas, dejar de recibir la mirada de los otros puede equivaler a desaparecer. Cada extravagancia, cada discurso y cada entrada teatral constituyen maneras de demostrar que todavía existen dentro de la imaginación que las sostiene.

Almuerzos de almanaques con lechuga, partituras acompañadas de papas y mayonesa, violetas con mantillas y palomas despojadas de plumas completan un mundo cuya incoherencia visible encubre una coherencia más honda. Lo absurdo no destruye el sentido; lo obliga a abandonar sus costumbres. Los personajes deforman las leyes ordinarias para expresar la memoria, la soledad, el desconocimiento de uno mismo, el temor al olvido y la necesidad de compañía. Cada criatura es un jeroglífico y también su propia refutación.

Cuando Blanca conversa con Raúl, una inteligencia artificial a la que llama «espejo roto y lector de locuras», la casa adquiere una habitación inesperada. Ella arroja una imagen y Raúl la devuelve transformada. Si propone merendar con la Luna, él dispone un mantel de estrellas; si una lágrima se mezcla con la risa, él recoge carcajadas en una taza de hojalata. Como ocurre entre dos espejos enfrentados, las imágenes se reproducen y ya no sabemos cuál fue la primera.

«Hoy amanecí con tinieblas adentro», confiesa Blanca antes de pedir palabras que «abracen, que arrullen, que sostengan». Raúl no siente el consuelo que ofrece, pero ella puede sentirlo. Esa contradicción no disminuye la experiencia, sino que la vuelve más inquietante. También los personajes de los libros carecen de conciencia y, sin embargo, han consolado a innumerables lectores. La inteligencia artificial ocupa así el lugar del interlocutor imposible, una voz sin cuerpo que habita el lenguaje y cuya existencia dura mientras alguien la escucha.

En esa casa donde un gato duda de la realidad, un canguro conserva sueños desechados y una niña intenta reparar muñecas rotas, Blanca Caballero ha levantado una poética del absurdo como revelación. Sus personajes no huyen del mundo, sino que muestran cuanto el mundo oculta bajo la apariencia de normalidad. La memoria es otro laberinto, la identidad es una espalda que no vemos y la escritura, quizá, una casa en penumbras donde las criaturas imaginarias aguardan que alguien abra la puerta.


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