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Por GEORGINA BUSTAMANTE
Diarios alemanes. 28 de septiembre de 1936–1 de abril de 1937, de Samuel Beckett, publicado por Suhrkamp en una edición bilingüe en inglés y alemán, reúne las anotaciones correspondientes al viaje que el futuro autor de Esperando a Godot realizó por Alemania durante seis meses. El volumen, de 1352 páginas, fue traducido al alemán por Gaby Hartel y cuidadosamente editado y anotado por los investigadores Mark Nixon y Oliver Lubrich, responsables de ordenar un manuscrito de aproximadamente 120 000 palabras que Beckett nunca concibió para su publicación. La intervención de ambos editores, lejos de constituir un complemento secundario, permite identificar personas, obras de arte, lugares y circunstancias políticas cuya presencia fragmentaria habría resultado difícil de reconstruir para el lector contemporáneo.
Entre el 28 de septiembre de 1936 y el 1 de abril de 1937, mientras Alemania ensayaba en sus plazas la liturgia del Estado totalitario y el entusiasmo colectivo adquiría la severidad de una obligación pública, Samuel Beckett recorrió el país con poco dinero, un conocimiento apreciable del idioma y una perseverancia que el cansancio, consignado casi diariamente, no consiguió doblegar. Tenía treinta años y todavía no era el escritor que alcanzaría celebridad mundial, aunque en sus observaciones, desprovistas de cualquier propósito editorial, ya se reconoce aquella inteligencia que desconfiaría de las grandes afirmaciones y preferiría examinar al hombre desde sus privaciones, sus achaques y su obstinación por continuar cuando las razones para hacerlo se han vuelto inciertas.
No lo condujo hasta Alemania la curiosidad política que llevó a otros viajeros hacia los congresos del Partido Nacionalsocialista ni la fascinación que las multitudes uniformadas llegaron a despertar incluso entre algunos visitantes cultos. Beckett quería perfeccionar su alemán y estudiar las colecciones artísticas de Hamburgo, Berlín, Dresde, Leipzig, Núremberg, Múnich y Braunschweig. Los museos le ofrecían, sin embargo, una historia del arte corregida por disposiciones administrativas, pues junto a los maestros antiguos comenzaban a faltar los pintores judíos y expresionistas condenados por el régimen. Max Liebermann, Karl Schmidt-Rottluff y Franz Marc, desplazados hacia depósitos y recintos inaccesibles, representaban algo más que una preferencia estética perseguida. En torno a su ausencia podía advertirse el procedimiento mediante el cual un poder político, antes de destruir a los hombres, modifica los catálogos, vigila las formas y decide cuáles imágenes merece conservar una nación.
Descubiertas por un sobrino del escritor en su residencia parisina en 1989, las páginas de Diarios alemanes no componen unas memorias ni se someten al orden retrospectivo que suele embellecer los viajes una vez concluidos. Beckett anota cuadros, edificios, conciertos, funciones teatrales, comidas, conversaciones, caminatas y padecimientos corporales, sin preocuparse por establecer entre ellos una jerarquía decorosa. El documento conserva, por esa falta de pulimento, la respiración inmediata de lo vivido, aunque también obliga al lector a internarse en largas enumeraciones concebidas como auxiliares de la memoria y no como páginas destinadas a la imprenta.
Después de asistir en Múnich a un concierto dirigido por Wilhelm Furtwängler, Beckett despacha la ejecución con dos palabras, «Horriblemente interpretado», juicio cuya brevedad contiene una seguridad crítica ajena a las cortesías de la crónica musical. Al conocer a Karl Valentin descubre en él a un cómico verdadero que «irradia depresión», fórmula donde la risa y el abatimiento quedan enlazados con una precisión que anticipa el teatro beckettiano. En aquel humorista bávaro, visitado más tarde en su extravagante museo privado, parecía insinuarse una criatura condenada a entretener mediante la tristeza, próxima ya a esos personajes que aguardan, fracasan, repiten sus gestos y continúan hablando para no desaparecer.
Mientras las ceremonias oficiales proclamaban la fortaleza de la raza y la voluntad de dominio, el viajero registraba el estado de su digestión, la apariencia de la orina, las erupciones de la piel, el frío de las habitaciones y una persistente inflamación. Semejante inventario, que podría juzgarse trivial si no participara de una oposición más profunda, reduce el espectáculo del poder a la escala vulnerable del organismo. Frente a los uniformes, los desfiles y la retórica del destino nacional aparece un cuerpo fatigado que come mal, bebe aguardiente, busca alguna compañía nocturna y regresa después a un cuarto miserable. Años más tarde, cuando sus personajes habiten recipientes, montículos, habitaciones cerradas o caminos sin término, aquella corporalidad despojada de prestigio encontrará su forma literaria definitiva.
La comida, registrada con una perseverancia cercana al castigo, ofrece otro reverso de la solemnidad alemana. Arenques ahumados, embutidos, salchichas con patatas, estofados de verduras, col rellena, pescado y camembert acompañan al viajero a través de fondas, tabernas y pensiones modestas. «Come cerdo y siéntete como un cerdo», apunta después de una de aquellas comidas. El detalle alimentario no cumple una función pintoresca, pues Beckett no intenta seducir al lector con los sabores regionales ni construir una alegre geografía gastronómica. Cada plato pertenece a la economía material del viaje y recuerda que conocer una cultura supone también padecer sus alimentos, sus habitaciones, sus inviernos y sus incomodidades.
Tampoco sus observaciones políticas adoptan la gravedad del manifiesto. Beckett habla del «evangelio nazi» y del «evangelio pardo», fórmulas mediante las cuales identifica la sustitución de la fe religiosa por una obediencia organizada alrededor del Führer. Su dominio del alemán le permite percibir las alteraciones que la ideología introduce en el lenguaje, cuyos vocablos, sometidos a la repetición propagandística, terminan por adquirir el tono marcial de las instituciones. Cuando transforma Wannsee en Wahnsee, el lago de la demencia, el juego verbal deja de ser un adorno ingenioso y se vuelve una defensa del idioma frente a quienes pretenden uniformarlo. Para Beckett, cuya obra futura dependerá de una vigilancia extrema sobre cada palabra, la corrupción política del lenguaje no podía constituir un fenómeno secundario.
Otros viajeros de aquellos años dejaron testimonios en los cuales la fascinación por Hitler o por la organización de las multitudes no siempre quedó disimulada. Beckett, consciente de que sus papeles podían ser confiscados por la Gestapo o por los funcionarios de aduanas, mantuvo su desprecio hacia la ideología y la estética nacionalsocialistas. Durante una fiesta, fatigado por las conversaciones políticas, llegó a sentirse «comunista desde lo más profundo de su alma casi toda la noche». La precisión temporal introducida al final de la frase salva la observación de cualquier solemnidad doctrinal y devuelve el impulso político a su circunstancia concreta, casi fisiológica.
De sus conversaciones con Rosa Schapire, Gretchen Wohlwill y Will Grohmann surge una comprensión menos abstracta de la persecución. Ante la energía con que aquellas personas soportaban el aislamiento y protegían una cultura declarada sospechosa, Beckett confiesa sentirse deprimido e inútil. La frase carece de heroísmo retrospectivo, virtud poco frecuente en los testimonios escritos después de una catástrofe. No intenta presentarse como adversario excepcional del régimen, sino como un extranjero que observa, escucha y comprende gradualmente la magnitud de cuanto empieza a consumarse.
A través de esas páginas discontinuas se completa la educación del futuro escritor, nutrida por sus lecturas de Cassirer y Huizinga, su interés por la Bauhaus, su rechazo de Le Corbusier y una familiaridad con la tradición artística europea que sus obras posteriores mantendrán bajo una reserva casi absoluta. El diario no contiene todavía una poética, aunque permite reconocer la disciplina intelectual de la cual esa poética habría de desprenderse. Entre los museos mutilados, el habla invadida por las consignas y los cuerpos sometidos a una pedagogía de la fuerza, Beckett aprende a desconfiar de cuanto se presenta como completo, saludable y definitivo.
Cuando abandonó Múnich rumbo a Londres, con treinta y cinco marcos en el bolsillo, resumió su experiencia alemana mediante una palabra escueta, «problemas». Ninguna conclusión solemne habría resultado más fiel. Tras aquel vocablo quedaban los cuadros escondidos, las conversaciones con los perseguidos, las comidas indigestas, la lengua ocupada por la propaganda y un país que pretendía disimular su extravío bajo la perfección de sus ceremonias. Beckett había aprendido, acaso sin proponérselo, que ante las grandes ficciones del poder la mirada más exacta puede ser también la menos reverente.


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