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Por CONSEJO EDITORIAL
Una sonrisa puede ser una cortesía, una máscara o la mueca que permanece en un rostro después de haber conocido el miedo. También puede servir para anunciar que todo marcha bien mientras la ciudad se derrumba, los verdugos organizan fiestas y las palabras empiezan a significar lo contrario de cuanto habían significado. De esa ambigüedad nacen Crónicas de una sonrisa y Alucinaciones de una munda cuerda, dos textos de Blanca Caballero que conforman una excelente propuesta literaria, unidos menos por la continuidad de sus argumentos que por una mirada irreverente sobre las falsificaciones políticas y culturales de nuestro tiempo. El disparate no aparece en ellos como evasión de la realidad, sino como una manera de desnudarla, exagerando sus gestos hasta devolverles la ridiculez y la violencia que la costumbre había conseguido disimular.
Aunque ambos textos comparten personajes estrafalarios y situaciones llevadas hasta el extremo, Crónicas de una sonrisa posee mayor extensión y desarrolla una alegoría reconocible de la sociedad totalitaria. La ciudad de las Bocas Inmóviles, gobernada por un Enano que administra castigos, ministerios, espectáculos, experimentos y campañas de obediencia, no necesita mencionar directamente a Cuba para que el lector descubra sus referencias. El Ministerio de las Cosas Inútiles, la Barrera Rompe Palabras, la Unión de los Hombres Rotos y el llamado proceso congestionado pertenecen a una nomenclatura ficticia que conserva la cadencia burocrática del castrismo y su afición a encubrir el desastre mediante palabras solemnes.
No encontramos una sucesión tradicional de acontecimientos, sino una crónica fragmentaria en la cual cada episodio agrega una nueva deformación. Los soldaditos enviados dentro de botellas, los zoológicos clausurados, las vacas destinadas a producir cuatro sabores de leche, las muñecas que abandonan a sus dueñas y el programa Cocina Gótica forman parte de una cotidianidad sometida a la voluntad del Enano. Cuanto más absurdo parece un proyecto, mayores son los recursos que el poder le concede y más peligroso resulta cuestionarlo. La crueldad tampoco se presenta separada de la fiesta. Torturas, desalojos, capturas y desapariciones van acompañados por himnos, desfiles, fuegos artificiales o ceremonias públicas. Mediante esa convivencia entre dolor y celebración, Caballero descubre uno de los hábitos más persistentes del totalitarismo, su necesidad de transformar la desgracia colectiva en espectáculo de adhesión.
La narradora participa inicialmente en ese mecanismo sin comprenderlo por entero. Su empeño en realizar el videoclip de la Sonrisa Perfecta le permite refugiarse en una tarea aparentemente inocente, aunque la inocencia va quedando comprometida por sus silencios, su conformidad y su deseo de prosperar dentro del Ministerio. La sonrisa que busca no es una manifestación espontánea de alegría, sino una imagen fabricada para ocultar la violencia. Cuando la contorsionista consigue enviarse dentro de un sobre a la ciudad de los Lagartos Nuevos, su sonrisa alcanza fuera de las Bocas Inmóviles la autenticidad que el proyecto publicitario no había podido producir. La libertad, más que una definición, aparece entonces como el gesto de quien consigue escapar.
La sustitución de la narradora por Cederé, después de su captura, completa una de las operaciones más eficaces del libro. El delator, cuya lengua desmesurada se había vuelto inútil, recupera su puesto valiéndose de unos brazos robóticos y del lenguaje de señas. Poco importa que no pueda hablar, pues la delación encuentra siempre un instrumento adecuado. La voz que relataba desaparece y otra ocupa inmediatamente su lugar, con la misma naturalidad con que el régimen sustituye a las víctimas y acomoda la historia a las necesidades del vencedor.
Junto a esa alegoría sostenida, El Sillón de Mimbre y el Flautista de la Isla y Hombres de las ruinas acercan la narración a circunstancias más identificables de la experiencia cubana. La guagua atestada, la vigilancia del vecino, la libra clandestina de carne, los balseros, la escasez, los apagones y las familias desmembradas restituyen al disparate su procedencia histórica. El artista que busca descansar en su sillón de mimbre termina dibujando a un barbudo vestido de verde que conduce con su flauta a una multitud de oídos rotos. No se trata solamente de una parodia del caudillo. Quienes lo siguen han perdido el órgano con el cual podrían escuchar otra música, de modo que la obediencia se representa como una mutilación prolongada.
La ciudad destruida por Pablo en Hombres de las ruinas abandona parte de la ligereza anterior y se aproxima a una parábola sombría. La población se acostumbra poco a poco al miedo, acepta la escasez, se encierra en las casas y termina habitando entre los escombros. La ruina no sobreviene de pronto, sino que se instala mediante sucesivas renuncias. La normalización del abuso permite que Pablo destruya museos, monumentos, viviendas y escuelas sin encontrar una resistencia capaz de detenerlo. Los hombres de las ruinas son, por ello, tanto las víctimas de la devastación como los supervivientes de su propia docilidad.
En Alucinaciones de una munda cuerda, la sátira cambia de escenario y se dirige hacia ciertas expresiones radicales de la cultura contemporánea. La palabra «munda», proclamada por una dirigente feminista, anuncia una realidad en la cual el lenguaje deberá obedecer a la ideología. Las organizaciones unidas bajo toda clase de «ismos», la plaza del Varón Caliente y la máquina concebida para eliminar a los hombres componen una farsa sobre el fanatismo identitario. El accidente de la gata, que provoca la desaparición de las mujeres cuando la científica pretendía suprimir a los hombres, devuelve contra las promotoras del experimento la lógica de exterminio que ellas mismas habían legitimado.
Esa preocupación por el lenguaje reaparece en la reunión de los Reformuladores de la Palabra. El personaje del grano en la nariz, oculto bajo pintura blanca y adornado con una bufanda de pelotas de ping-pong, desea abolir el significado de «madre» y reemplazarlo por una definición que incluya cualquier posibilidad hasta no definir nada. La escena alcanza uno de sus momentos más eficaces cuando un asistente defiende la memoria de las palabras y es arrastrado por la multitud. El grano que finalmente estalla y arranca un ojo a uno de los adoradores introduce una justicia grotesca. La falsedad cubierta de pintura termina hiriendo a quien la contempla con devoción.
Los hombres-perro prolongan la sátira hasta un desenlace más inquietante. La narradora, refugiada dentro de una lata de pintura, sale dispuesta a recuperar el sentido común, pero descubre que aquellos animales humanos se han transformado en policías. Ante ellos, la argumentación resulta inútil y la única respuesta posible consiste en ladrar. El lenguaje, antes manipulado por los reformadores, ha quedado abolido por una autoridad que ya no necesita palabras. Entre la desaparición decretada y el ladrido policial se completa el tránsito desde la extravagancia ideológica hasta la coerción.
Ciertas reiteraciones, explicaciones innecesarias y variaciones bruscas de intensidad debilitan ocasionalmente la eficacia de ambos textos. Algunos episodios prolongan el chiste después de que su sentido ha quedado establecido, mientras determinados personajes funcionan más como emblemas que como figuras narrativas plenamente desarrolladas. Sin embargo, esa abundancia también pertenece al temperamento de la obra, cuyo impulso no procede de la exactitud realista, sino de una imaginación que deforma, exagera y amontona objetos hasta que la caricatura deja ver su fondo político.
Quedan, después de la última página, una sonrisa demasiado rígida para confundirse con la alegría y una lata de pintura incapaz de ocultar cuanto se pudre bajo su superficie. Entre ambas imágenes, Blanca Caballero conduce al lector por ciudades en las que el verdugo organiza celebraciones, el delator recupera su empleo, las multitudes aplauden definiciones que vacían las palabras y la autoridad acaba comunicándose mediante ladridos. El absurdo ya no provoca solamente risa. Deja una incomodidad que crece cuando reconocemos, bajo los disfraces y las exageraciones, conductas pertenecientes a nuestra historia y a nuestro presente. Acaso la satisfacción de estos relatos consista en recordarnos que la locura colectiva rara vez entra derribando puertas. Primero solicita una firma, propone una consigna, cambia el nombre de las cosas y exige una sonrisa. Cuando finalmente enseña los dientes, casi todos han aprendido a considerarla normal.
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