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Por MIGUEL VALDÉS OSORIO
La noche del 8 de enero de 1959, mientras una multitud ocupaba los terrenos del antiguo campamento de Columbia y esperaba que el hombre llegado de la Sierra pronunciara las palabras con las cuales debía comenzar la nueva edad, una paloma blanca descendió sobre su hombro. Nadie necesitó que se explicara el signo. El ave, indiferente a la política y acaso desorientada por las luces, quedó incorporada en pocos segundos a una narración que ya venía formándose durante la Caravana de la Libertad, cuando los pueblos se aglomeraban junto a la Carretera Central para mirar al guerrillero, tocarlo, oírlo y conservar la certeza de haberlo visto pasar. La casualidad biológica adquirió una intención que no pertenecía al animal. Cuba, educada durante siglos en procesiones, promesas, reliquias domésticas y apariciones, reconoció la gramática del prodigio antes de que la propaganda encontrara las palabras para administrarlo.
Fidel hablaba desde una tribuna levantada sobre el cuartel vencido. Había uniformes, fusiles, reflectores y un pueblo para el cual la caída de Batista parecía exigir una explicación superior a las maniobras militares. Cuando preguntó a Camilo Cienfuegos si iba bien, la respuesta surgió con la familiaridad de una contraseña y terminó convertida en absolución pública. «Vas bien, Fidel» dejaba de ser la opinión de un comandante para convertirse en el consentimiento de la historia. La paloma permanecía sobre el cuerpo del vencedor y suministraba una unción sin sacerdote. A falta de óleo sagrado, bastaba el plumaje blanco; a falta de corona, la barba; a falta de una genealogía regia, el itinerario del Moncada, la prisión, México, el Granma y la Sierra.
A partir de aquella noche, Fidel comenzó a ocupar el lugar de un soberano taumaturgo dentro de la religión política que nacía. Había prometido curar la República, extirpar la corrupción, devolver dignidad al pobre, instruir al analfabeto, proteger al niño y defender la soberanía. La enfermedad que decía combatir era tan extensa como la nación, y cuanto más vasta se volvía, mayor era la necesidad de concentrar el remedio en un solo cuerpo. Cada problema reclamaba su palabra; cada esperanza terminaba pronunciando su nombre.
Durante los primeros días del triunfo, el poder formal aún aparecía repartido entre un presidente provisional, ministros de procedencias distintas, el Directorio Revolucionario, el Ejército Rebelde y las antiguas instituciones republicanas. Sin embargo, la autoridad efectiva viajaba dentro de un jeep, se detenía en cada pueblo y hablaba durante horas. Aquel movimiento por la Isla tuvo el carácter de una visita real antes de que existiera una corte definida. Las multitudes no acudían a examinar un programa administrativo. Querían confirmar que el héroe estaba vivo, que había llegado, que su voz coincidía con la escuchada por radio y que el futuro podía adoptar una figura reconocible.
El don político atribuido a Fidel no nació de un decreto aislado ni apareció completo en enero de 1959. Recogió la veneración cubana por el caudillo, la liturgia patriótica del siglo XIX, el prestigio del martirio, el mesianismo republicano y la esperanza de una justicia aplazada. Martí aportó el evangelio civil; Maceo, la fortaleza del cuerpo; Céspedes, el sacrificio fundador. Fidel se presentó como heredero de todos sin someterse a la limitación de ninguno. Al declarar a Martí autor intelectual del Moncada, el joven abogado inscribió su violencia política dentro de una santidad nacional ya reconocida.
El don dependía también de la palabra. Sus discursos no describían una acción concluida, sino que producían la sensación de que el país entero deliberaba con él. Preguntaba a la plaza, anticipaba objeciones, respondía a enemigos ausentes, repetía cifras y regresaba al mismo argumento hasta que la duración física de la alocución se convertía en prueba de entrega. El cansancio del orador demostraba que velaba mientras los demás dormían. Quien resistía seis o siete horas ante los micrófonos parecía poseer una reserva corporal negada al ciudadano común. La voz ronca, lejos de debilitar el mensaje, certificaba el sacrificio.
Al amanecer, en los barrios donde las casas conservaban pisos de tierra, la Revolución comenzó a ser juzgada mediante hechos que podían tocarse. La rebaja de alquileres, la reforma agraria, la campaña de alfabetización de 1961, la expansión escolar y el acceso a servicios médicos proporcionaron a la nueva autoridad curaciones visibles de males antiguos. El campesino que recibía un título, el adulto que aprendía a firmar y la familia que encontraba un médico podían asociar la transformación de su existencia con el hombre cuya imagen presidía el relato oficial. El carácter taumaturgo nació cuando cada resultado fue atribuido a la voluntad personal del jefe y no a instituciones capaces de existir fuera de él.
En algún batey oriental, una mujer guardó el diploma de alfabetizada junto a las estampas religiosas que había escondido durante los años de militancia atea. No habría sabido explicar las diferencias entre una política pública y una gracia. Sabía que antes no leía y ahora podía reconocer el nombre de sus hijos. Cuando la radio decía que Fidel había cumplido, la frase encontraba una prueba dentro de su casa. El Estado adquiría intimidad. Entraba en la libreta, la escuela, la consulta y el refrigerador, y el rostro del comandante quedaba asociado al pan que llegaba y también al que faltaba.
La victoria de Playa Girón en abril de 1961 ofreció otra confirmación. La invasión organizada por exiliados y respaldada por Estados Unidos fue derrotada en menos de tres días, y el gobierno presentó el desenlace como triunfo del pueblo conducido por su comandante. La rapidez otorgó a la defensa una cualidad providencial. Poco antes, Fidel había proclamado el carácter socialista de la Revolución, y la victoria militar pareció ratificar aquella revelación ideológica. Quienes dudaban podían ser señalados como enfermos de una vieja conciencia, mientras quienes creían participaban del cuerpo sano de la patria.
La Plaza de la Revolución llegó a funcionar como santuario de una soberanía sin corona. Allí se celebraban aniversarios, se presentaban amenazas, se anunciaban rectificaciones y se renovaba el pacto entre el líder y la multitud. El pueblo era convocado para escuchar, aunque su presencia se interpretaba como voz. Las manos levantadas, los carteles, las consignas y las respuestas corales producían una consulta cuyo resultado estaba contenido en la pregunta. La concentración no tenía por objeto deliberar entre alternativas, sino mostrar que la unidad ya existía.
El carisma revolucionario necesitó repetición, fórmulas, testigos y calendarios. Cada 26 de julio regresaba el asalto al Moncada; cada 2 de diciembre desembarcaba de nuevo el Granma; cada Primero de Mayo el país desfilaba ante la tribuna. El tiempo civil quedó organizado por estaciones de una vida heroica. Incluso las derrotas podían incorporarse al santoral mediante el culto a los caídos, pues la sangre ofrecía una continuidad allí donde los hechos habrían podido producir dudas.
En la plaza, un trabajador enviado por su centro laboral aguardaba desde la madrugada. Había recibido una merienda y una orientación acerca del lugar de su sindicato. Podía estar convencido, aburrido o temeroso de que alguien anotara su ausencia. Esas disposiciones distintas desaparecían en la toma panorámica. Desde la tribuna, la multitud era una sola. Desde abajo, cada asistente conservaba sus motivos. El milagro estadístico consistía en convertir presencias administradas en unanimidad espontánea, sin que por ello todas las adhesiones fueran falsas. La ceremonia mezclaba fervor, costumbre, vigilancia y una sociabilidad real que reunía a vecinos y compañeros bajo un lenguaje compartido.
La Revolución encontró la enfermedad nacional primero en la dictadura de Batista, luego en el imperialismo, la burguesía, el latifundio, el contrarrevolucionario, el diversionismo ideológico y las sucesivas formas del enemigo interno. El diagnóstico se ampliaba cuando el tratamiento no producía la sociedad prometida. La escasez podía explicarse por el bloqueo estadounidense, cuya influencia económica fue y continúa siendo concreta, aunque la explicación oficial la utilizó también para absolver errores de planificación, prohibiciones productivas y decisiones del poder. El mal exterior adquirió una utilidad teológica, pues preservaba la perfección de la doctrina frente a la imperfección de los resultados.
A quienes no aceptaban la cura se les atribuía una dolencia moral. El lenguaje político sustituyó al adversario por el gusano, el apátrida, el mercenario o el confundido. Las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, creadas en la década de 1960, encerraron a religiosos, homosexuales y otros ciudadanos considerados incompatibles con el ideal revolucionario. El cuerpo que no respondía al modelo debía corregirse mediante trabajo, disciplina y aislamiento. El sanatorio político se parecía demasiado al cuartel, y el médico del alma nacional llevaba uniforme.
En 1980, cuando millares de cubanos buscaron refugio en la embajada del Perú y el puerto del Mariel se abrió a una emigración masiva, los actos de repudio convirtieron la calle en tribunal terapéutico. Vecinos y compañeros fueron movilizados para insultar a quienes partían. Huevos, golpes y consignas debían expulsar la infección. La sociedad representaba una purificación, aunque muchas familias quedaban partidas y quienes gritaban podían terminar años después haciendo la misma maleta. La facultad curativa mostraba entonces su reverso. Quien no aceptaba el remedio oficial era declarado incurable y expulsado de la comunidad nacional.
Las promesas económicas adoptaron con frecuencia la forma de campañas personales. La zafra de los Diez Millones, fijada para 1970, debía probar que la movilización moral vencía los límites de la producción. El país fue convocado al cañaveral y la cifra adquirió una claridad casi sacramental. No alcanzarla obligó a Fidel a reconocer públicamente la derrota, aunque el fracaso no eliminó su centralidad; la confesión del soberano reforzó la idea de que solo él podía interpretar lo ocurrido y conducir la reparación. La responsabilidad colectiva se extendía sobre una decisión concentrada.
Durante los años de subsidio soviético, la estabilidad relativa permitió que educación, salud y seguridad social sostuvieran el crédito del sistema. La libreta de abastecimiento, nacida como mecanismo de racionamiento, fue presentada también como garantía de distribución. Cada producto recibido confirmaba la protección estatal, mientras la cola y la escasez quedaban normalizadas como precio de la justicia. El milagro no requería abundancia. Le bastaba afirmar que sin la conducción de Fidel el país habría sufrido una catástrofe mayor.
La desaparición de la Unión Soviética abrió el Período Especial y despojó al rito de su retablo material. Las bicicletas chinas llenaron las avenidas, los apagones alargaron las noches y el cuerpo del cubano perdió peso. En una cocina habanera, una madre removía una olla cuyo fondo conocía demasiado bien, mientras la televisión mostraba al comandante explicando la resistencia. La palabra seguía siendo abundante cuando la mesa se había vaciado. El poder pidió que la privación se viviera como hazaña y que cada hambre particular se elevara a sacrificio histórico.
La salud de Fidel formó parte del sistema de signos. Su energía, las caminatas, el buceo, los discursos interminables y la capacidad de recibir visitantes hasta la madrugada construyeron la imagen de un cuerpo excepcional. En 2001, un desmayo durante un acto público quebró por unos minutos aquella continuidad. La caída fue visible, pero la recuperación ante las cámaras permitió incorporarla al relato de resistencia. El soberano podía flaquear; lo inadmisible era que su fragilidad escapara a la interpretación oficial.
El 31 de julio de 2006, una proclama informó que una crisis intestinal con sangrado había requerido cirugía y que las funciones principales serían delegadas temporalmente en Raúl Castro. El documento repartía responsabilidades sobre el Partido, las Fuerzas Armadas, el Estado y los programas de salud, educación y energía. Al enumerarlas, revelaba hasta qué punto la persona del comandante había absorbido tareas institucionales. El cuerpo enfermo obligaba a separar órganos de gobierno que durante décadas habían parecido miembros de una sola anatomía.
En las casas, la noticia se escuchó con un silencio distinto según cada biografía. Algunos lloraron por el padre político que parecía morir. Otros temieron disturbios o una intervención extranjera. Otros descorcharon botellas en Miami. La información clínica se volvió asunto de seguridad nacional, y la ocultación aumentó el carácter sagrado del recinto donde convalecía. Fidel era simultáneamente un hombre enfermo y la representación corporal del Estado. Sus intestinos pertenecían al secreto oficial, aunque la vida cotidiana de once millones de personas dependiera de la sucesión abierta por aquella operación.
Cuando Fidel murió el 25 de noviembre de 2016, sus cenizas recorrieron en sentido inverso una parte del camino triunfal de 1959 hasta Santiago de Cuba. La geografía cerraba el círculo. El hombre que había llegado desde Oriente regresaba convertido en reliquia, acompañado por ceremonias, multitudes y medios estatales. En Santa Ifigenia, una gran piedra con su nombre evitó la figura escultórica tradicional. Una ley aprobada después de su muerte prohibió emplear su nombre para denominar instituciones y levantar estatuas en su memoria, conforme a la voluntad atribuida al propio líder.
La prohibición no disolvió el culto. Lo refinó. Al renunciar al bronce, la memoria oficial pudo presentarse como modestia, mientras la presencia del difunto continuó en discursos, escuelas, efemérides, consignas y juramentos. El nombre solo, grabado sobre la piedra, funcionaba como la firma de una autoridad que ya no necesitaba apellidos. La ausencia de estatuas se convirtió en una forma superior de monumento.
Artículos oficiales contaron que unas tórtolas se posaban cerca de la tumba y las relacionaron con las palomas de 1959. El ave casual volvía al final de la vida para confirmar retrospectivamente el comienzo. Entre ambas escenas cabía toda la historia del régimen, aunque el relato cerraba sus puertas a la duda. El mito se defendía mediante una simetría perfecta. La naturaleza, que había bendecido al guerrillero en Columbia, custodiaba ahora sus cenizas.
La sucesión familiar evitó la ruptura que muchos habían esperado. Raúl Castro recibió las funciones principales, primero de manera provisional y después formal, y el sistema demostró que podía sobrevivir al cuerpo que lo había personificado. Esa continuidad no negó la taumaturgia; confirmó que el carisma había sido depositado en instituciones, fuerzas armadas, organizaciones de masas y hábitos de obediencia. El don dejó de curar por contacto y se volvió doctrina administrativa.
Sin embargo, la Cuba posterior a Fidel ha revelado la pérdida gradual de la antigua evidencia. Las protestas nacionales del 11 de julio de 2021, impulsadas por escasez, apagones, manejo de la pandemia y restricciones políticas, mostraron a ciudadanos que ya no acudían a la plaza para recibir una explicación, sino que ocupaban la calle para contradecirla. La consigna «Patria y Vida» alteró la fórmula sacrificial de «Patria o Muerte». El lenguaje oficial respondió con acusaciones de manipulación externa y con detenciones, procesos judiciales y condenas cuya severidad ha sido documentada por organizaciones internacionales.
Los apagones prolongados, la falta de alimentos y medicinas y la emigración masiva han acercado la discusión política al cuerpo cotidiano. Cuando el refrigerador se apaga, la insulina escasea o un joven atraviesa varios países para abandonar la Isla, la promesa histórica debe competir con una experiencia inmediata. Según cifras oficiales citadas en informes recientes, la población cubana se redujo alrededor de un diez por ciento entre finales de 2021 y finales de 2023, principalmente por la emigración. El reino pierde súbditos mientras conserva ceremonias.
En marzo de 2024, manifestantes en Santiago de Cuba reclamaron comida y electricidad después de apagones que superaban muchas horas. La ciudad donde la Revolución había anunciado su triunfo ofrecía una inversión del rito fundador. Ya no era el líder quien hablaba desde el balcón y el pueblo quien confirmaba. La necesidad subía desde la calle y exigía que el poder escuchara. La enfermedad social había dejado de aceptar el nombre del médico como prueba de la cura.
La memoria oficial retuvo con mayor fuerza los resultados favorables y relegó los fracasos. La alfabetización, la movilidad social de numerosos sectores y la ampliación de servicios públicos permanecieron como pruebas del poder reparador de Fidel; la prisión política, los exilios, la improductividad, la censura y las derrotas económicas fueron atribuidos a circunstancias exteriores, desviaciones parciales o necesidades defensivas. Cada éxito llevaba la firma del líder. Cada fracaso era huérfano o pertenecía al enemigo.
Reducir toda adhesión a miedo o propaganda impediría comprender el fenómeno. Millones de cubanos experimentaron beneficios reales, orgullo soberano y una participación pública desconocida antes de 1959. Otros padecieron confiscaciones, exclusión, cárcel, vigilancia o destierro. Una misma política podía significar ascenso para una familia y ruina para otra. La fe revolucionaria creció dentro de esa distribución desigual de salvaciones y condenas. Su fuerza procedió de convertir experiencias verdaderas en una explicación total que ya no admitía experiencias rivales.
Tampoco basta considerar a Fidel un hipnotizador que dominó durante medio siglo a una multitud pasiva. La sociedad participó en la construcción del soberano. Los aplausos, las biografías familiares, los comités, las escuelas, las delaciones, los silencios y las bromas privadas produjeron el ambiente en que su palabra podía funcionar. La adhesión cambió de forma con las generaciones. Para unos fue fe; para otros, gratitud; para muchos, adaptación; para no pocos, rechazo. La imagen unitaria ocultó esa variedad, pero no logró abolirla.
Una anciana espera frente a una bodega de La Habana. Lleva una jaba doblada, la libreta y la memoria de enero de 1959, cuando su padre la alzó sobre los hombros para que viera pasar la caravana. Recuerda la paloma, aunque quizá la vio después en una fotografía. Recuerda que aprendió a leer, que sus hijos estudiaron y que uno se marchó por el Mariel. Otro vive en Hialeah y le envía medicinas. Frente a ella, un joven consulta en el teléfono la duración probable del apagón y habla de una cita migratoria. Ambos habitan el mismo país y tiempos políticos diferentes.
La anciana no reniega de Fidel. Tampoco puede explicar por qué la leche del nieto no llegó. El muchacho no discute con ella, pues ha comprendido que el comandante de su abuela no es idéntico al gobernante de los libros ni al rostro de los carteles. Es el hombre asociado a una juventud, a la caída de Batista y a la primera casa con piso. Arrancarlo de esa memoria equivaldría a decirle que su vida fue un error. Los mitos duraderos no sobreviven únicamente por la policía. Se alojan en gratitudes que la ruina posterior no consigue cancelar.
Cuando la cola avanza, nadie ha sido curado. La libreta registra una cantidad menor que la prometida. La mujer guarda el producto, el joven vuelve a mirar la pantalla y la ciudad espera que regrese la electricidad. Sobre un cable, una paloma se acomoda sin saber que otra de su especie consagró una vez al comandante. Nadie levanta la vista. En esa indiferencia, más que en cualquier estatua derribada, puede reconocerse el final del milagro.
Castro, Fidel. Discurso del 8 de enero de 1959 en el campamento de Columbia, y Proclama del Comandante en Jefe al pueblo de Cuba, 31 de julio de 2006.
Congreso de los Estados Unidos. Congressional Research Service. Informes sobre Cuba y la transferencia provisional de poderes de 2006. Raúl Castro. Discurso ante la Asamblea Nacional del Poder Popular, diciembre de 2016.
Human Rights Watch. Informes mundiales sobre Cuba correspondientes a 2023, 2024, 2025 y 2026. Reuters. Informaciones sobre escasez, apagones, protestas, contracción económica y emigración cubana entre 2024 y 2026.


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