Ubú en el reino de la Mesa Permanente

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Por Jorge Luis Rodriguez

En el centro de una isla cuya forma cambiaba según la posición del mapa, se levantaba el Palacio de las Reuniones Eternas, edificio ancho, solemne y desprovisto de ventanas, dentro del cual gobernaba el Gran Abdomen, hombre de uniforme verde olivo, medallas innumerables y una barriga tan extensa que los cartógrafos habían comenzado a representarla como una provincia. Cuando caminaba, lo precedían dos ayudantes encargados de abrirle paso, un tercero que llevaba la cuenta de sus condecoraciones y un cuarto cuya única responsabilidad consistía en anunciar que aquella respiración fatigada era prueba de incansable servicio. Nadie recordaba cuándo había llegado al poder, aunque los retratos oficiales mostraban que ya ocupaba su sillón antes de que nacieran quienes ahora lo aplaudían.

El Gran Abdomen no gobernaba solo, pues lo acompañaba el Consejo de los Cincuenta Sillones, cuyos integrantes poseían vientres de diversas magnitudes y rostros sometidos a una inmovilidad que los fotógrafos confundían con firmeza. Se reunían cada martes para estudiar el miércoles, cada miércoles para rectificar el martes y cada jueves para celebrar la exactitud de ambas decisiones. Sobre la mesa descansaban carpetas rojas que nadie abría, vasos de agua que nadie bebía y micrófonos mediante los cuales cada consejero repetía cuanto había dicho el anterior, introduciendo pequeñas variaciones destinadas a demostrar independencia. Si uno declaraba que la cosecha avanzaba satisfactoriamente, el siguiente afirmaba que avanzaba con satisfacción, mientras el tercero proponía aprobar por unanimidad el carácter satisfactorio del avance.

—¡Por mi barriga soberana! —exclamaba el Gran Abdomen—. Si faltan alimentos, aumentaremos los discursos; si escasea el combustible, encenderemos la conciencia; si se apagan las ciudades, iluminaremos las estadísticas.

Los consejeros golpeaban la mesa, no para expresar entusiasmo, sino para despertar a quienes habían quedado dormidos durante la explicación. El ministro de las Cifras Flexibles informaba entonces que la producción había disminuido hacia arriba, que el salario real crecía de manera invisible y que la emigración constituía una prueba del prestigio internacional alcanzado por el reino. Mediante una operación matemática conocida únicamente por su oficina, cada ciudadano ausente era contado como dos partidarios presentes, mientras cada protesta era registrada como una concentración de agradecimiento celebrada en dirección contraria.

Cierta mañana, el ministro de los Abastecimientos Imaginarios anunció que los almacenes estaban vacíos, aunque aclaró inmediatamente que aquella ausencia debía interpretarse como una nueva forma de abundancia, puesto que un almacén sin mercancías ofrecía mayor espacio para recibirlas en el futuro. El Gran Abdomen encontró admirable el razonamiento y ordenó fundar la Escuela Superior del Vacío Productivo, donde jóvenes funcionarios aprenderían a pesar sacos inexistentes, distribuir carnes hipotéticas y conservar leche virtual. Al cabo de tres meses, la escuela graduó a mil especialistas, ninguno de los cuales había visto una vaca, aunque todos podían explicar durante cuatro horas los errores ideológicos cometidos por la leche.

En los barrios, mientras tanto, la gente cocinaba con leña, alumbraba las habitaciones con teléfonos descargados y esperaba transportes que aparecían en los informes, aunque jamás en las paradas. Cuando alguna anciana preguntaba por qué la promesa del lunes había desaparecido el viernes, un inspector de la Esperanza Obligatoria anotaba su nombre y le explicaba que las promesas no desaparecían, sino que pasaban a una etapa superior de cumplimiento. La anciana debía sentirse agradecida, pues solo los gobiernos generosos prometían tantas veces una misma cosa, y únicamente un pueblo disciplinado podía recibir durante sesenta años el anuncio de un porvenir cuya llegada siempre se aplazaba para protegerlo de los peligros del presente.

El Consejo de los Cincuenta Sillones dedicaba buena parte de sus sesiones a combatir al Enemigo Exterior, criatura prodigiosa que controlaba las lluvias, perforaba las tuberías, enfermaba los cultivos, oxidaba las centrales eléctricas y persuadía a los jóvenes para que desconfiaran de los discursos. Nunca había sido capturada, aunque su presencia resultaba indispensable, ya que permitía explicar las equivocaciones sin corregirlas, castigar las preguntas sin responderlas y convertir cualquier fracaso en una victoria moral. El Gran Abdomen la invocaba con fervor, pues sabía que un enemigo invisible posee la ventaja de no comparecer ante los tribunales, no exigir pruebas y conservar intacta su culpabilidad bajo cualquier circunstancia.

También existía el Departamento de la Memoria Conveniente, encargado de revisar el pasado para que coincidiera diariamente con el presente. Cuando un antiguo compañero caía en desgracia, los restauradores borraban su rostro de las fotografías, reducían su participación en las batallas y descubrían documentos mediante los cuales quedaba demostrado que nunca había estado en el lugar donde todos lo recordaban. Si regresaba al favor del Gran Abdomen, reaparecía en las imágenes, rejuvenecido por el pincel administrativo y situado incluso más cerca de los acontecimientos que antes. La historia no era considerada una relación de hechos, sino una sala de espera cuyos muebles podían cambiarse durante la noche.

Una tarde llegó al palacio un joven delgado, condición que despertó sospechas inmediatas, y preguntó por qué quienes predicaban sacrificios poseían casas reservadas, automóviles espaciosos y mesas capaces de resistir banquetes prolongados. Los consejeros examinaron la cuestión durante nueve horas, al cabo de las cuales concluyeron que la delgadez del muchacho constituía una provocación contra la estabilidad del reino. El ministro de Moral Alimentaria explicó que las barrigas dirigentes no procedían del privilegio, sino de la responsabilidad acumulada, pues cada preocupación por el pueblo añadía una libra al cuerpo de quien gobernaba. Según aquella doctrina, el hambre adelgazaba a los ciudadanos, mientras el amor hacia ellos engordaba a sus representantes.

El Gran Abdomen, satisfecho con la demostración, decretó que en adelante la circunferencia de la cintura determinaría el rango político. Los funcionarios comenzaron a rellenarse las camisas con almohadas, expedientes y paquetes de harina reservados para emergencias personales. Algunos alcanzaron en pocos días una corpulencia ministerial; otros, menos favorecidos, inflaban salvavidas debajo del uniforme para ascender dentro de la jerarquía. El reino adquirió así una administración redonda, pesada y majestuosa, cuyos integrantes apenas podían caminar, aunque declaraban dirigir la marcha de la historia.

Durante la última sesión del año, cuando las luces se apagaron y el generador reservado para el palacio comenzó a toser, el Gran Abdomen pidió que se leyera el informe sobre el bienestar general. Nadie encontró el documento, pues uno de los consejeros se lo había comido creyendo que era una ración suplementaria. Hubo un silencio, después otro, y finalmente todos levantaron la mano para aprobarlo. Afuera, la ciudad permanecía a oscuras; adentro, el Consejo celebraba la claridad de sus decisiones. El Gran Abdomen sonrió, acomodó sobre la mesa la provincia de su barriga y declaró inaugurado el porvenir.


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