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Por José Miguer Ferrer
Cuando Antonio Benítez Rojo se acerca a la Virgen de la Caridad del Cobre en La isla que se repite, no intenta reconstruir únicamente la historia de una advocación católica ni confirmar la autenticidad documental de cada uno de sus antecedentes, sino demostrar que, bajo la imagen reconocida como patrona de Cuba, circulan memorias religiosas, desplazamientos humanos y símbolos procedentes de épocas muy anteriores al surgimiento de la nación. Aquella Virgen que la historia patriótica cubana convirtió en emblema de unidad no constituye, desde su perspectiva, una figura encerrada dentro de las fronteras insulares, pues su culto conduce hacia el mundo arahuaco, la devoción mariana europea, las religiones africanas y los procesos de criollización que transformaron el Caribe.
Aunque la lectura nacionalista suele colocar a la Virgen junto a la bandera, el escudo, el himno y las figuras tutelares de la independencia, Benítez Rojo propone disminuir provisionalmente esa carga patriótica para observar los signos que la imagen conserva debajo de su condición cubana. No niega que la Caridad del Cobre haya llegado a representar a Cuba ni desconoce la intensidad con que fue venerada por criollos, esclavos, libertos, mambises y republicanos, pero considera que esa identificación corresponde solamente a una primera lectura. Cuando el culto se examina más detenidamente, sus significaciones desbordan la historia nacional y entran en el espacio sin centro del metaarchipiélago caribeño, donde cada símbolo procede de otro y ninguna tradición permanece intacta. La introducción del ensayo puede consultarse aquí.
En el estrato indígena aparece Atabey, divinidad materna de los taínos, vinculada con las aguas, la fertilidad y los misterios de la reproducción. Benítez Rojo sigue esa figura hasta Orehu, Madre de las Aguas entre los arahuacos de la región guayanesa, mediante una cadena que recuerda las antiguas migraciones desde las cuencas del Amazonas y el Orinoco hacia las Antillas. La presencia de Atabey en Cuba demostraría que la isla nunca estuvo culturalmente aislada, pues antes de la llegada de los españoles ya formaba parte de una extensa circulación de pueblos, mitos, objetos ceremoniales y palabras. Cuando los indígenas recibieron estampas de la Virgen María, no abandonaron instantáneamente sus antiguas creencias, sino que interpretaron la figura cristiana desde los atributos maternales que conocían y veneraron simultáneamente a Atabey y a Nuestra Señora.
También la Virgen europea que llegó al Cobre poseía, según esta lectura, una historia de viajes y transformaciones. Benítez Rojo la relaciona con Nuestra Señora de Illescas, cuya imagen habría sido llevada a las minas de Santiago del Prado por el capitán Francisco Sánchez de Moya durante el siglo XVI. Sin embargo, ni siquiera la Virgen de Illescas representaba para él una tradición absolutamente originaria, pues la devoción mariana europea conservaba antecedentes bizantinos y medievales, además de la influencia del amor cortés, mediante el cual la mujer, anteriormente asociada con la culpa de Eva, comenzó a recibir el tratamiento reverencial de Señora. Antes de arribar al Caribe, por consiguiente, la imagen cristiana ya había atravesado traducciones doctrinales, apropiaciones populares y cambios iconográficos.
Cuando a esa corriente indígena y europea se incorpora Ochún, orisha yoruba relacionada con los ríos, la feminidad, el amor, la fecundidad y el color amarillo, surge el conjunto que Benítez Rojo denomina supersincrético. La equivalencia entre Ochún y la Virgen de la Caridad no significa que ambas sean idénticas ni que una haya sustituido a la otra. Sus atributos se aproximaron dentro de la experiencia religiosa de los esclavos y sus descendientes, quienes encontraron en la advocación católica un espacio donde podían conservar, transformar y transmitir elementos de su universo espiritual. La Caridad del Cobre llegó a ser, por ello, Atabey, Nuestra Señora y Ochún sin agotarse en ninguna de las tres.
Lejos de concebir el sincretismo como una fusión pacífica, el autor insiste en que estas correspondencias surgieron en medio de la conquista, la esclavitud, la explotación minera, la Plantación y el desplazamiento forzoso de poblaciones. La dulzura maternal de la imagen contiene una historia marcada por la violencia. Bajo el manto de la Virgen conviven la desaparición de las sociedades indígenas, la llegada de los africanos esclavizados, las imposiciones del catolicismo y la capacidad de los grupos sometidos para preservar sus dioses bajo nombres aparentemente ajenos. La devoción no elimina ese pasado, pero permite que sobreviva transformado.
En lugar de buscar cuál de las tres figuras constituye el origen verdadero, Benítez Rojo rechaza la posibilidad de establecer una fuente pura. Atabey ya remitía a Orehu y a la antigua expansión arahuaca; la Virgen europea había atravesado Bizancio, la Edad Media y la península ibérica; Ochún llegó al Caribe después de recorrer las rutas violentas del tráfico esclavista. Cada una era portadora de historias anteriores, de modo que la Virgen del Cobre no debe ser entendida como el resultado final de tres líneas perfectamente separadas, sino como un punto transitorio donde numerosos signos se reconocen, se contradicen y vuelven a desplazarse.
La interpretación alcanza aquí uno de los momentos más sugerentes de La isla que se repite, puesto que la Virgen se convierte en una representación del Caribe mismo. Del mismo modo que el metaarchipiélago carece de un centro único, la imagen carece de un significado exclusivo; así como cada isla repite ciertos procesos introduciendo diferencias, cada comunidad reconoce en la Virgen atributos propios sin cancelar los anteriores. Su cubanía no procede de una pureza originaria, sino de su capacidad para recibir y transformar memorias heterogéneas.
Podría objetarse que algunas asociaciones de Benítez Rojo poseen un carácter más poético que documental, especialmente cuando las cadenas simbólicas se prolongan desde la Virgen del Cobre hasta Bizancio, los cultos medievales o las antiguas divinidades acuáticas. El autor no demuestra siempre una relación histórica directa entre todos esos elementos. Su método trabaja mediante correspondencias, analogías y movimientos de significación, por lo que no debería confundirse con una investigación archivística sobre la aparición material de la imagen. La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes identifica este texto como un estudio crítico publicado originalmente en 1986.
Aun con esa reserva, su interpretación posee una considerable fuerza hermenéutica, pues libera a la Virgen de la Caridad del Cobre tanto de la apropiación exclusivamente eclesiástica como de su reducción a insignia patriótica. La imagen venerada en el santuario oriental aparece como una Virgen viajera, indígena, europea, africana y cubana, cuya identidad no se debilita por contener tantas procedencias, sino que nace precisamente de ellas. Bajo su manto, Cuba no se contempla como una isla cerrada sobre sí misma, sino como uno de los lugares donde el Caribe recuerda que todo origen es también una travesía.


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