Total Pages Visits: 5390 -Today Page Visits: 0
Por El Ciclón Invisible
Cuba suele representarse como una isla, aunque su literatura desmiente esa unidad geográfica desde el momento en que comenzamos a recorrerla, pues cada libro abre una costa diferente, establece su propio régimen de mareas y obliga al lector a navegar entre territorios que no pueden reunirse bajo una sola definición de la cubanidad. La biblioteca cubana se parece menos a un edificio organizado por anaqueles que a un archipiélago cuyas islas emergen, desaparecen, cambian de nombre y permanecen separadas por aguas históricas, políticas y lingüísticas. Ningún catálogo consigue convertirlas en continente. Entre el diario de campaña, el tratado naturalista, la novela republicana, el poema origenista, el testimonio del presidio, la narración del exilio y el ensayo escrito desde una ciudad extranjera existen distancias que no deben abolirse, ya que precisamente en ellas comienza la posibilidad de una lectura capaz de comunicar sin uniformar.
La historia de esa biblioteca no empieza con un volumen fundador que contuviera en germen todos los libros posteriores, sino con documentos, relaciones de viaje, cartas, ordenanzas, sermones, expedientes, memorias y voces que fueron nombrando el territorio mientras disputaban su posesión. Antes de que Cuba pudiera imaginarse como nación, ya era descrita por lenguajes que no coincidían entre sí, pues el funcionario veía jurisdicciones, el hacendado calculaba tierras y cuerpos, el naturalista registraba especies, el sacerdote reconocía almas, el esclavo preservaba en la memoria aquello que no podía escribir y el campesino convertía caminos, árboles y animales en nombres destinados a sobrevivir fuera de los archivos. La biblioteca nació, por consiguiente, dispersa, dividida entre el documento del poder y las palabras que escapaban de él, entre la escritura que certificaba una propiedad y la oralidad que conservaba una experiencia no reconocida por la ley.
Cuando José Martí escribe sobre Cuba desde Nueva York, Tampa, Cayo Hueso o los caminos de la guerra, el libro cubano deja de depender de la presencia física en la Isla y demuestra que una patria puede ser pensada con mayor intensidad desde la distancia, aunque esa distancia no garantice una mirada superior ni conceda inmunidad contra el error. Sus crónicas, discursos, cartas y cuadernos constituyen puertos desde los cuales la cultura insular conversa con Emerson, Whitman, la política norteamericana, la modernidad industrial y la América hispánica. Martí no encierra a Cuba dentro de una vitrina criolla, pues la sitúa en una circulación de ideas cuya amplitud impide confundir la defensa de la nación con el aislamiento intelectual. Su obra es una isla central del conjunto, pero no una capital destinada a gobernarlo, ya que acercarse a ella exige reconocer las costas que dejó sin recorrer y los territorios que otras escrituras revelarían después.
Fernando Ortiz amplía el mapa cuando convierte los vocabularios, las músicas, las religiones, los alimentos y los instrumentos en vías para comprender una sociedad formada mediante encuentros desiguales. Sus libros no se limitan a guardar datos sobre lo cubano, sino que muestran cuánto viaje, violencia, préstamo, resistencia y transformación se oculta dentro de una palabra aparentemente doméstica. Un catauro de cubanismos, el Glosario de afronegrismos, Los negros brujos, Los negros esclavos y Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar son territorios distintos incluso dentro de una misma obra intelectual, pues registran los cambios de una conciencia que pasó de clasificar al otro con categorías heredadas a descubrir que la nación solo podía entenderse mediante relaciones. La biblioteca aparece entonces como una conversación de procedencias heterogéneas, no como depósito de una esencia que hubiera permanecido intacta desde el origen.
Lydia Cabrera introduce otra isla, construida mediante relatos, testimonios, vocabularios rituales, dioses, plantas, animales y recuerdos escuchados durante años, cuya singularidad no puede reducirse a la antropología ni a la ficción. El monte no es simplemente un estudio sobre religiones afrocubanas, del mismo modo que sus narraciones no son meras transcripciones de una oralidad ajena, pues en sus páginas el conocimiento se organiza a través de correspondencias que vinculan hojas, piedras, cuerpos, muertos y divinidades. El lector entra en un territorio donde la naturaleza habla mediante relaciones desconocidas para el racionalismo administrativo y donde cada nombre conserva una eficacia que el diccionario común no registra. Esa isla obliga a revisar el conjunto, debido a que los libros anteriores y posteriores adquieren otra profundidad cuando se acepta que Cuba también fue escrita por saberes transmitidos fuera de la escuela, la academia y la institución letrada.
La república produjo una constelación que ninguna historia lineal consigue ordenar sin violencia, pues junto a la aspiración civil de Jorge Mañach, la ironía de Lino Novás Calvo, la pesquisa histórica de Ramiro Guerra, la imaginación narrativa de Alejo Carpentier y la crítica de la frustración nacional aparecen revistas, manifiestos, polémicas y libros menores que conservan la temperatura de una sociedad empeñada en definirse. Cada obra propone una Cuba y excluye otras. La nación puede ser promesa incumplida, paisaje moral, laboratorio de modernidad, herencia colonial, república intervenida o escenario de una vida cotidiana que se resiste a convertirse en alegoría. La biblioteca no resuelve esas contradicciones, pero impide que una sola interpretación las clausure, pues el libro que denuncia el fracaso convive con aquel que registra una creación y ambos quedan expuestos a la réplica de textos todavía no escritos.
José Lezama Lima convierte La Habana, la casa familiar, el catolicismo, el barroco, la historia universal y la conversación cotidiana en un territorio verbal cuya extensión no coincide con el tamaño de la Isla. Paradiso, Oppiano Licario, La expresión americana, los ensayos, las cartas y los poemas no piden al lector que reconozca una realidad previamente conocida, sino que le exigen aceptar una causalidad imaginativa mediante la cual épocas y culturas distantes pueden responderse. La biblioteca de Lezama contiene a Góngora, Pascal, los cronistas de Indias, la poesía china, los padres de la Iglesia y la memoria doméstica, aunque esas lecturas dejan de funcionar como autoridades extranjeras cuando entran en una frase cubana y comienzan a producir relaciones nuevas. Cuba aparece allí como una isla que ensancha sus costas mediante la lectura, no como un espacio condenado a repetirse en su insularidad.
Virgilio Piñera ocupa una costa diferente, más seca, incómoda y corporal, desde la cual la grandeza insular queda sometida a la intemperie, el miedo, el hambre y el absurdo. La isla en peso no confirma la imagen gloriosa que la nación quisiera contemplar de sí misma, pues muestra un territorio rodeado por un agua que también aprisiona, mientras sus cuentos y piezas teatrales convierten el cuerpo en escenario de humillaciones, duplicaciones y resistencias. Colocar a Piñera junto a Lezama no significa reconciliarlos bajo una etiqueta generacional, sino conservar la tensión entre dos maneras de extender la Isla, una que busca correspondencias capaces de vencer la sucesión causal y otra que reduce el mundo a una situación desnuda cuya comicidad hace más visible el desamparo. La biblioteca archipelágica necesita esa distancia, pues sin ella la conversación se convertiría en obediencia.
Alejo Carpentier abre rutas hacia Haití, Europa, Venezuela, el Caribe colonial y las revoluciones modernas, demostrando que la novela cubana puede navegar fuera de sus aguas inmediatas sin perder la marca de su procedencia. El reino de este mundo, Los pasos perdidos, El siglo de las luces y El recurso del método forman islas narrativas conectadas por la preocupación ante los comienzos, las promesas emancipadoras y las ceremonias del poder. Su prosa incorpora archivos, músicas, edificios, viajes y acontecimientos históricos, aunque no los conserva como prueba documental, sino que los somete a una composición donde el tiempo avanza, retrocede y descubre repeticiones. La biblioteca cubana recibe así un Caribe que no funciona como periferia de la nación, sino como mar común dentro del cual las islas comparten tempestades, plantaciones, migraciones, lenguas y revoluciones que jamás respetaron fronteras administrativas.
Guillermo Cabrera Infante transforma La Habana nocturna en una isla sonora que continúa existiendo después de su pérdida material, pues Tres tristes tigres conserva conversaciones, boleros, anuncios, juegos fonéticos, voces de actores y bromas cuya respiración resulta inseparable de la ciudad republicana. La novela no reconstruye un museo de la noche habanera, sino que permite que sus voces se contradigan y representen unas a otras, creando una memoria cuya fidelidad depende de la invención. El exilio modifica ese territorio, debido a que la ciudad recordada adquiere una intensidad que la presencia cotidiana acaso no le habría concedido. La biblioteca demuestra entonces que una isla puede sobrevivir dentro de otra, y que Londres, Madrid, París, Nueva York o Miami pueden convertirse en costas cubanas cuando la escritura transporta hacia ellas una conversación interrumpida.
Severo Sarduy lleva esa movilidad hasta el cuerpo, la máscara y la superficie, mientras sus novelas y ensayos enlazan el barroco cubano con París, el budismo, la cosmología, la pintura y las transformaciones de la identidad sexual. De donde son los cantantes, Cobra, Maitreya y sus estudios sobre el barroco rechazan una cubanidad vigilada por la pureza, pues el origen aparece sometido a disfraces, imitaciones y mutaciones que impiden fijarlo. Sarduy no abandona Cuba cuando se aleja de sus representaciones costumbristas, sino que descubre cuánto artificio contenían las identidades presentadas como naturales. Dentro del archipiélago, su escritura constituye una isla móvil, semejante a un escenario que cambia de decorado mientras conserva el ritmo secreto de su procedencia.
Reinaldo Arenas convierte la persecución, la sexualidad, el campo, la cárcel, la fuga y la imaginación en una cadena de territorios cuya comunicación depende de una libertad conquistada dentro de la escritura. Celestino antes del alba, El mundo alucinante, El color del verano, Antes que anochezca y la Pentagonía no forman únicamente un testimonio contra el régimen, aunque la violencia política determine sus condiciones, pues también componen una batalla contra cualquier poder empeñado en reducir la vida a una versión autorizada. Sus libros hacen visible una Cuba que la institución quiso expulsar del catálogo nacional y que, precisamente desde esa exclusión, adquirió una capacidad extraordinaria para discutir la historia oficial. El archipiélago crece mediante islas prohibidas, manuscritos sacados del país, ediciones extranjeras y lecturas clandestinas.
La Revolución intentó convertir la biblioteca nacional en continente ideológico, ordenando autores, épocas y géneros según su proximidad a una narrativa de emancipación cuyo centro era el Estado. Algunos libros fueron publicados con tiradas inmensas, otros desaparecieron de los programas, las librerías y las conversaciones públicas, mientras numerosos escritores quedaron reducidos a la condición de enemigos, emigrados o silencios. Sin embargo, ninguna administración consiguió cerrar enteramente el mar entre las obras. Los ejemplares viajaron en maletas, circularon mediante copias, regresaron en ediciones extranjeras y sobrevivieron en bibliotecas familiares. La censura podía impedir una publicación, pero no determinar para siempre las relaciones futuras de un texto, pues cada generación encuentra rutas que los catálogos oficiales no habían previsto.
El exilio no constituye una isla exterior que deba agregarse al final de la literatura cubana, sino un conjunto de costas desde las cuales toda la biblioteca cambia de forma. Gastón Baquero, Heberto Padilla, Calvert Casey, Lydia Cabrera, Cabrera Infante, Sarduy, Arenas, Carlos Victoria y tantos otros escribieron desde ciudades donde la lengua cubana debió convivir con nuevos ritmos, instituciones y lectores. Miami, Madrid, Nueva York, París, México y San Juan no son simples lugares de residencia, pues cada ciudad modifica los asuntos, la sintaxis y las posibilidades de publicación. La distancia produce pérdidas y deformaciones, pero también comparaciones que la permanencia en la Isla habría vuelto difíciles. Separar mecánicamente literatura nacional y literatura del exilio equivale a negar el mar que comunica el archipiélago.
Las bibliotecas privadas han cumplido una función decisiva dentro de esa continuidad, debido a que muchas obras sobrevivieron gracias a lectores que conservaron ejemplares cuando las instituciones los retiraban, los olvidaban o los convertían en piezas inaccesibles. Cada casa cubana que guardó libros reunió un mapa distinto, condicionado por las compras posibles, las herencias, los préstamos y las afinidades personales. Ninguna colección doméstica podía aspirar a la totalidad, aunque precisamente su carácter incompleto preservó combinaciones imprevisibles. Un volumen de Martí podía quedar junto a una novela soviética, un diccionario de Pichardo, una edición española de Ortega, un poemario de Lezama y un libro religioso escondido. Esa vecindad accidental produjo lectores cuya formación no obedeció enteramente al programa escolar ni a la voluntad del Estado.
También la pérdida forma parte de esta biblioteca, pues innumerables colecciones fueron vendidas, abandonadas o repartidas durante las emigraciones, mientras los libros que lograron viajar debieron someterse al límite de una maleta. Escoger cuáles volúmenes acompañarían al desterrado significaba construir una patria portátil y aceptar que una porción inmensa quedaría atrás. Los ejemplares perdidos continúan actuando en la memoria, a veces con mayor intensidad que aquellos disponibles, pues el lector recuerda el lugar que ocupaban, las anotaciones escritas en sus márgenes y las personas que los habían leído antes. El archipiélago contiene, por tanto, islas sumergidas cuyos contornos solo pueden reconstruirse mediante relatos.
La era digital ha multiplicado las rutas y ha reducido ciertas distancias, permitiendo que documentos, revistas agotadas, manuscritos y ediciones dispersas puedan consultarse desde lugares separados. Esa disponibilidad, sin embargo, no produce por sí sola una biblioteca viva, pues acumular archivos electrónicos puede repetir la inmovilidad del estante cuando ninguna lectura establece relaciones entre ellos. La abundancia necesita orientación, memoria y juicio. Digitalizar un libro evita una forma de desaparición, pero no garantiza que encuentre lectores ni que su lugar dentro de la conversación cultural sea comprendido. El desafío contemporáneo consiste en transformar el depósito infinito en navegación, haciendo que los textos separados por épocas y exilios vuelvan a responderse.
Imaginar la biblioteca cubana como archipiélago permite renunciar a la pregunta por el libro que represente definitivamente a Cuba. Ninguna obra puede asumir esa carga sin deformar la diversidad que pretende contener. Martí no sustituye a Piñera, Lezama no corrige a Arenas, Ortiz no agota a Lydia Cabrera y la escritura del exilio no debe presentarse como reverso uniforme de la literatura producida dentro de la Isla. Cada libro conserva su costa y su clima, aunque la lectura descubre corrientes que los aproximan. La nación deja entonces de ser una esencia encerrada en el territorio y se convierte en la navegación siempre incompleta entre sus representaciones.
Cuba aparece finalmente como una comunidad de libros que no necesitan coincidir para pertenecer a una historia compartida, pues su vínculo no procede de la obediencia a una doctrina, sino de las preguntas que se transmiten y transforman. Qué significa habitar una isla, de qué modo se conserva la libertad bajo el poder, cómo participa el cuerpo en la memoria, qué relación existe entre lengua y destierro, y cuánto pasado sobrevive dentro de una palabra son interrogaciones que atraviesan épocas sin recibir una respuesta definitiva. Cada obra añade una isla y modifica las rutas anteriores. La biblioteca cubana permanece viva mientras ningún catálogo pueda clausurarla, ninguna frontera consiga separar sus costas y cada lector acepte la tarea de navegar entre diferencias sin obligarlas a formar un continente.
Imagen ilustrativa: estanterías de la Biblioteca Nacional de Noruega, Oslo, 1914. Fotógrafo desconocido. Nasjonalbiblioteket, vía Wikimedia Commons, licencia CC BY 2.0.


Deja una respuesta