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Por lo que he podido comprobar, Jiddu Krishnamurti no visitó personalmente La Habana ni Cuba. La fuente más sólida es la propia «Krishnamurti Foundation Trust», que describe su gira de 1935 como su única visita a América Latina y especifica los países recorridos: Brasil, Uruguay, Argentina, Chile y México. Cuba no figura en el itinerario. Lo interesante es que Krishnamurti sí tuvo una presencia intelectual muy fuerte en Cuba antes de esa gira, y esto puede producir la impresión de que estuvo allí. En 1929, su estrecho colaborador D. Rajagopal viajó a La Habana como su representante o “mensajero”.
Una crónica de «The Theosophical Messenger» titulada precisamente “Rajagopal in Cuba” cuenta que el interés cubano por Krishnamurti era considerable, que la prensa habanera dedicó amplio espacio a la visita y que «El Heraldo» llegó a dedicarle su primera plana. La conferencia final se celebró en la Academia de Artes y Letras de La Habana, con el salón lleno. Ese mismo año ocurrió algo todavía más significativo. El teósofo C. Jinarajadasa visitó La Habana en septiembre de 1929 y ofreció varias conferencias, entre ellas una titulada expresamente “Las enseñanzas de Krishnamurti”, en la Academia de Artes y Letras. También habló en el Teatro Martí, el Club Rotario y el Unión Club, y algunas de aquellas conferencias fueron transmitidas por radio.
Además, la «Revista de la Estrella», órgano relacionado con la difusión del pensamiento krishnamurtiano, señalaba en 1931 que sus textos se publicaban traducidos en diversos países, entre ellos Cuba. Hay, por tanto, una historia que puede ser incluso más interesante que una supuesta visita: Krishnamurti no parece haber pisado La Habana, pero sus ideas habían llegado a Cuba con considerable fuerza desde finales de los años veinte, a través de la Sociedad Teosófica, sus publicaciones y figuras como Rajagopal y Jinarajadasa.
Esto abre una veta muy buena para investigar: la recepción de Krishnamurti en la Cuba republicana, especialmente entre 1928 y 1935, y su posible relación con intelectuales cubanos, revistas teosóficas, la Asociación Hispano-Cubana de Cultura y figuras como Fernando Ortiz. Ahí probablemente aparezcan conexiones bastante desconocidas. En Cuba existía también un ala incrédula, y uno de sus representantes más connotados, Alberto Lamar, estudioso de Nietzsche, le dirigió a Fernando Ortiz estas palabras a propósito de las enseñanzas de Krishnamurti: «Krishnamurti dejó una obra de extraordinaria lucidez, penetrante en el examen de la mente y de sus mecanismos, pero detenida justamente en el punto donde el pensamiento debía ceder el paso a una experiencia más profunda.
Su palabra podía desmontar certezas, iluminar contradicciones y revelar las trampas del conocimiento heredado, aunque rara vez descendía hasta esa región silenciosa en la que comprensión y sentimiento dejan de existir por separado. Por eso su legado conserva algo de una promesa interrumpida: llegó hasta el umbral, describió con precisión muchas de las puertas que conducían hacia una transformación interior, pero evitó atravesarlas. El corazón, que no responde únicamente a la claridad de las ideas ni a la inteligencia del discurso, quedó esperando ese tránsito. Y quizá sea precisamente allí, en esa distancia entre comprender y transformarse, donde puede reconocerse tanto la grandeza como el límite fundamental de su enseñanza.»


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