La muerte de Robin Hood: cuando el héroe decide abandonar la leyenda

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Robin Hood ya no vive en el bosque de Sherwood, ni roba a los ricos, ni protege a los desamparados, ni conserva el gesto luminoso con el cual el cine y la literatura lo convirtieron en una figura de la justicia popular. En La muerte de Robin Hood, Michael Sarnoski lo presenta escondido en una cueva, cubierto de pieles, con una barba enmarañada y un animal asado entre los dientes, apartado de una humanidad que tampoco parece echarlo de menos. Hugh Jackman interpreta a este hombre envejecido, musculoso y casi mudo como si bajo cada movimiento suyo permaneciera agazapada una criatura salvaje, dispuesta a despertar ante la menor amenaza.

La película comienza bajo el azote del viento, mientras una joven intenta avanzar por un paisaje hostil. Medio paralizada por el frío, descubre a lo lejos el resplandor de una hoguera. Al acercarse encuentra al hombre que, según las historias, debería ser uno de los grandes héroes ingleses. Él le ofrece comida, aunque su apariencia no inspira gratitud ni confianza. Puede ser un ermitaño que ha renunciado al mundo, un asesino que espera a su próxima víctima o el monstruo contra el cual los habitantes del valle preparan sus antorchas y horcas.

La joven se aferra a la leyenda y le recuerda que Robin Hood fue un hombre bueno. Él rechaza esa versión sin vacilar. Afirma que las historias del ladrón generoso son una operación de propaganda, una fábula creada para ocultar la biografía de un homicida que mató muchas veces sin una causa justa y, en algunos casos, por mero placer. Desde ese instante queda establecido el propósito de Sarnoski, que no consiste en rejuvenecer el mito ni en ofrecer otra aventura medieval, sino en arrancarle sus adornos hasta que debajo de la imagen heroica aparezcan la sangre, el barro y la culpa.

Durante las últimas décadas, el cine ha convertido el envejecimiento de los héroes en una fórmula reconocible. James Bond, Batman, Indiana Jones y Logan han tenido que enfrentarse al deterioro del cuerpo y a la inutilidad de antiguas certezas. La presencia de Hugh Jackman provoca una comparación inmediata con Logan, de James Mangold, donde el actor también encarnaba a una criatura cansada, violenta y perseguida por sus propios recuerdos. Sin embargo, este Robin Hood no se limita a lamentar la desaparición de su fuerza. Lo que lo atormenta es haber comprendido que su fama fue construida sobre una sucesión interminable de cadáveres.

Sarnoski ya había demostrado en Pig que le interesan los personajes masculinos que se apartan del mundo después de una pérdida, aunque la sociedad insista en devolverlos a la violencia. En aquella película, Nicolas Cage interpretaba a un cazador de trufas sumido en la melancolía. Aquí, el director adopta una estructura semejante, pero la traslada a un universo medieval en el cual la venganza, el honor y la fama constituyen formas aceptadas de barbarie.

El primer tramo de la película está dominado por una violencia áspera, sin elegancia ni coreografía heroica. No hay armaduras limpias, duelos ceremoniosos ni espadas que brillen bajo el sol. Los hombres se golpean en el barro, resbalan, jadean y continúan luchando cuando el cuerpo ya no responde. La niebla, la lluvia y el humo convierten cada combate en una experiencia física y desagradable. Los paisajes recuerdan por momentos a Valhalla Rising, de Nicolas Winding Refn, donde Mads Mikkelsen avanzaba por territorios volcánicos como una presencia casi prehistórica, y también al Macbeth de Justin Kurzel, cuya violencia parecía surgir de la bruma y del agotamiento de los cuerpos.

La película fue rodada en treinta días en los bosques de Irlanda del Norte y filmada en 35 milímetros. Esa economía de producción no se traduce en modestia visual. Por el contrario, Sarnoski construye un mundo amplio, húmedo y opresivo, en el cual la naturaleza parece rechazar a quienes lo habitan. La suciedad no funciona como simple decoración realista, sino como extensión moral de unos personajes que arrastran sobre la piel las consecuencias de sus actos.

El pasado reaparece bajo la forma del Pequeño Juan, interpretado por Bill Skarsgård. Ya no se trata del compañero leal y jovial de las narraciones tradicionales, sino de un hombre dominado por una ausencia de escrúpulos que lo vuelve imprevisible. Su encuentro con Robin conduce a una lucha casi mortal, tras la cual el viejo arquero termina malherido y es llevado a una isla.

Con la llegada a ese nuevo espacio, la película modifica su ritmo, sus colores y su respiración. El gris parduzco de los bosques deja paso a un azul más limpio, mientras la acción se concentra en un pequeño convento. Allí, Robin queda bajo el cuidado de la hermana Brigid, interpretada por Jodie Comer con una combinación de serenidad, firmeza y calidez. Brigid no se aproxima al héroe con admiración, sino con la paciencia de quien ha aprendido a tratar con los moribundos y sabe que algunos enfermos rechazan cualquier posibilidad de salvación.

La isla puede parecer un refugio, pero funciona como un territorio suspendido entre la vida y la muerte. Robin no manifiesta interés por curarse, ni desea regresar al continente, ni espera recuperar su reputación. Permanece con vida porque algo todavía despierta su curiosidad. Esa curiosidad, más que la esperanza, lo obliga a observar a quienes habitan el lugar y a reconocer formas de existencia que no dependen de la guerra, la persecución o la fama.

En las antiguas baladas medievales, Robin Hood se dirigía voluntariamente al priorato de Kirklees, donde una priora lo traicionaba y lo dejaba morir desangrado. La película conserva algunos elementos de esa tradición, aunque sustituye la simplicidad de la leyenda por un estudio moral del personaje. Sarnoski parece preguntarse qué clase de pensamientos acompañarían a un hombre que, después de haber sido celebrado como héroe, descubre al final de su vida que sus hazañas también pueden interpretarse como una cadena de crímenes.

En la isla vive además un jardinero leproso, cuyo rostro permanece oculto bajo telas y vendas. Quienes conozcan las leyendas asociadas a Robin Hood sospecharán pronto su identidad. Sin embargo, la revelación importa menos que la relación silenciosa que surge entre ambos hombres. Los une una historia de violencia, persecución y cicatrices. En otra película, ese encuentro habría servido para reactivar una antigua rivalidad. Aquí ocurre lo contrario. Los dos comprenden que la venganza puede abandonarse, aunque para ello sea necesario renunciar a la identidad que otros construyeron alrededor de ellos.

El jardinero trabaja la tierra, recoge manzanas y planta árboles. Sus acciones ofrecen una alternativa a la lógica del guerrero. En lugar de conquistar, cultiva. En vez de decapitar enemigos, poda ramas. Bajo la aparente tranquilidad de ese espacio permanece un abismo de culpa, pero la culpa ya no exige de forma inevitable un castigo. Puede transformarse en retiro, cuidado y silencio.

La paz de la isla, sin embargo, no puede mantenerse intacta. Un visitante inesperado trae consigo la ley del continente, según la cual cada ofensa debe pagarse con otra ofensa y cada muerte reclama una nueva muerte. Robin se ve obligado a decidir si repetirá el gesto que lo convirtió en leyenda o si interrumpirá, por primera vez, la sucesión de venganzas que definió su vida.

El final recupera uno de los episodios más conocidos del mito. Según la tradición, Robin, próximo a morir, dispara una última flecha y pide ser enterrado en el lugar donde esta caiga. Sarnoski utiliza la imagen, pero cambia su sentido. La flecha no señala una tumba ni funda un santuario. Se pierde en el mar, lejos de cualquier monumento que pueda alimentar un nuevo culto al héroe.

Ese gesto resume la propuesta de la película y Robin Hood debe desaparecer sin dejar una reliquia, un símbolo o una consigna que otros puedan emplear para continuar matando en su nombre. La leyenda queda reducida al movimiento de un arco, ya no como arma de guerra, sino como juego transmitido a un niño que aprende a tensar la cuerda sin apuntar contra otro ser humano.

El título posee también una historia cinematográfica. Hace cincuenta años, James Goldman escribió un guion sobre un Robin Hood agotado, envejecido y próximo a la muerte. El proyecto se titulaba La muerte de Robin Hood, pero el estudio consideró que aquella denominación resultaba demasiado sombría. La película terminó protagonizada por Sean Connery y Audrey Hepburn, fue suavizada para el público y recibió el título de Robin y Marian.

Michael Sarnoski recupera ahora aquel nombre rechazado y lo convierte en una declaración de principios. La muerte anunciada por el título no se refiere solo al cuerpo del arquero, sino también al héroe construido por la propaganda, a la necesidad de admirar a los asesinos cuando sus crímenes son presentados como hazañas y a la creencia de que toda injusticia puede resolverse mediante otra flecha.

En La muerte de Robin Hood, el personaje no obtiene la redención por medio de una última victoria, sino mediante la decisión de no perpetuar su propia leyenda. Esa renuncia, más difícil que cualquier batalla, constituye el verdadero acto heroico de un hombre que ha comprendido demasiado tarde que la fama también puede ser una forma de condena.


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