El tabaco estético de Fundora

Total Pages Visits: 1689-Today Page Visits: 23

Tremendo tabaco se fumó Fundora al darnos una clase maestra sobre qué es el arte. Ante el linchamiento al que han sido sometidos los cuadros de Luisma, Fundora, que no menciona a Luisma aunque cualquiera comprende hacia dónde apunta la conversación, ha decidido auxiliarnos a todos los que somos neófitos en la materia y explicarnos, con la paciencia del profesor que descubre de pronto un aula llena de atrasados, que el arte no comienza ni termina en la habilidad de dibujar, que la belleza hace mucho perdió su antiguo monopolio y que una obra puede sostenerse sobre valores que nada tienen que ver con la corrección académica, el parecido fotográfico o la destreza artesanal.

La lección llega en un momento inmejorable, cuando a algunos se nos había ocurrido la barbaridad de mirar las pinturas de Luisma como pinturas y, peor aún, de opinar sobre ellas sin haber solicitado previamente permiso a la historia del arte. Uno contempla un cuadro, advierte sus debilidades, sus repeticiones, cierta precariedad en la ejecución, compara unas piezas con otras y expresa su parecer, hasta que aparece Fundora para recordarnos que semejante conducta pertenece a una edad anterior de la humanidad, cuando todavía el ojo pretendía conservar cierta jurisdicción sobre aquello que tenía delante.

Hay algo exquisito en el procedimiento, no por lo que Fundora explica, que en buena medida pertenece al repertorio conocido del arte moderno y contemporáneo, sino por el momento escogido para explicarlo. Durante más de un siglo se ha discutido la quiebra del canon académico, la separación entre belleza y arte, la incorporación de lo feo, lo precario, lo accidental, lo conceptual y lo corporal al campo artístico, de manera que recordar ahora a Duchamp, el performance, la instalación, la industria cultural o la crisis de los valores tradicionales resulta perfectamente legítimo. Lo divertido comienza cuando semejante arsenal teórico aparece justo después de que unos cuadros determinados hayan recibido una paliza crítica en las redes.

Fundora no dice Luisma. No hace falta. El elefante está sentado tranquilamente en la sala mientras todos conversamos acerca de zoología.

Tiene razón cuando recuerda que reducir el arte al virtuosismo técnico sería regresar a una concepción que las propias vanguardias hicieron pedazos. Un artista puede dibujar mal de manera deliberada, renunciar a la perspectiva, destruir la proporción, trabajar con materiales pobres, servirse del cuerpo, convertir una acción en obra o colocar delante del espectador un objeto ordinario cuya importancia resida menos en su apariencia que en la pregunta que provoca. Después de Duchamp, Malevich, Beuys y tantas experiencias posteriores, exigirle a toda obra que demuestre una competencia comparable a la del pintor académico sería una ingenuidad.

Ahora bien, de esa constatación no se desprende que toda deficiencia deba ascender por decreto al rango de propuesta estética. Que un artista pueda pintar deliberadamente mal no demuestra que cualquiera que pinte mal lo haga deliberadamente. Que la precariedad pueda convertirse en lenguaje tampoco obliga a reconocer lenguaje en cada precariedad. Que una obra no necesite ser bella no significa que la fealdad constituya por sí misma una virtud. Que la técnica haya perdido su antiguo carácter soberano tampoco supone que haya desaparecido y mucho menos que resulte sospechoso preguntarse por ella cuando tenemos delante algo que se presenta precisamente como pintura.

De aceptar semejante razonamiento, la crítica quedaría reducida a una curiosa ceremonia en la cual cualquier objeción podría responderse ampliando el concepto de arte hasta que la objeción dejara de tener sentido. Si el dibujo falla, se invoca el expresionismo. Si la composición resulta débil, se habla de ruptura del canon. Si los materiales son precarios, se descubre una estética de la pobreza. Si la factura parece ingenua, se recuerda el art brut. Si alguien pregunta por la calidad, se le explica que el problema se encuentra en la estrechez de su concepto de arte. Con un sistema defensivo semejante no existe cuadro malo posible, lo cual sería una magnífica noticia para los pintores y una pésima noticia para la crítica.

Luis Manuel Otero Alcántara merece algo bastante mejor que ese privilegio. Su condición de preso político, la violencia ejercida contra él, la significación que ha alcanzado dentro del enfrentamiento al régimen cubano y la dimensión simbólica de muchas de sus acciones constituyen hechos que deben ser atendidos cuando se estudia su trayectoria. Nada de eso obliga, sin embargo, a declarar buenas todas sus pinturas. Se puede reconocer el enorme valor humano, político e histórico de un creador y, al mismo tiempo, sostener que una obra concreta resulta endeble. Lo contrario supondría convertir la biografía en un certificado estético y la prisión en una academia capaz de conceder títulos de excelencia pictórica.

Durante décadas hemos criticado al aparato cultural cubano por mezclar la valoración artística con la obediencia ideológica, de modo que el currículo político del creador terminaba contaminando el juicio sobre su obra. El artista revolucionario disfrutaba de una presunción favorable, mientras el desafecto debía demostrar dos veces su talento para recibir la mitad del reconocimiento. Sería una ironía de bastante mal gusto que en el exilio reprodujéramos el mismo mecanismo después de invertir los signos y que, en vez de preguntar cuánto sirvió un artista al poder, comenzáramos a preguntar cuánto sufrió frente al poder antes de atrevernos a opinar sobre sus cuadros.

No veo por qué Luisma necesitaría ese favor. Si aceptamos que es un artista, habrá que concederle también el derecho que poseen los artistas verdaderos a producir obras buenas, regulares, malas, fallidas, sorprendentes o mediocres. Picasso no pintó obras maestras cada mañana antes del desayuno y ningún escritor digno de ese nombre ha conseguido que todas sus páginas merezcan una antología. La irregularidad pertenece a la creación con tanta naturalidad como el acierto, y eliminarla mediante razones políticas no engrandece al artista, sino que termina tratándolo como una figura que requiere protección.

Las pinturas hechas en prisión poseen, además, un elemento que vuelve todavía más necesaria la distinción. Son objetos nacidos bajo circunstancias excepcionales y arrastran consigo el peso del encierro, de la censura, de la carencia de materiales y de la identidad de quien las realiza. Ese origen puede conferirles un extraordinario valor testimonial e histórico, incluso cuando su valor plástico resulte discutible. Una cosa no destruye la otra. Un manuscrito escrito en una celda puede convertirse en un documento histórico de enorme importancia sin alcanzar necesariamente la categoría de gran literatura, del mismo modo que un dibujo realizado bajo condiciones represivas puede conmovernos por lo que representa sin que estemos obligados a considerarlo una pieza sobresaliente desde el punto de vista pictórico.

Fundora, en cambio, nos ofrece una larga genealogía destinada a recordarnos la amplitud del concepto de arte, y uno termina escuchándolo con la sospecha de que, mientras explica la historia de la medicina, alguien intenta evitar que preguntemos por un paciente concreto. La conferencia puede ser impecable en sus generalidades y, sin embargo, no responde la cuestión que provocó indirectamente su reaparición en las redes.

¿Son buenos los cuadros de Luisma?

No pregunto si Luisma es valiente, si ha padecido cárcel, si merece solidaridad, si sus acciones poseen importancia dentro del artivismo cubano o si su figura ha adquirido una dimensión política internacional. Todo eso pertenece a otras discusiones que pueden tener enorme importancia. Pregunto por esos cuadros, por sus formas, por sus soluciones, por su lenguaje, por aquello que consiguen o no consiguen hacer en el espacio que ocupan.

Hasta el arte contemporáneo, con toda su capacidad para ensanchar fronteras, continúa admitiendo jerarquías, diferencias y fracasos. Existen instalaciones buenas y malas, performances memorables y ridículos, obras conceptuales de gran inteligencia y ocurrencias cuyo mayor mérito consistió en encontrar un curador dispuesto a redactarles tres páginas. Haber abolido la vieja policía académica no significa que debamos abolir también el juicio.

De manera que agradecemos a Fundora la clase. Los neófitos hemos tomado apuntes, hemos aprendido que lo bello no agota el arte, que la técnica no posee la última palabra y que la historia contemporánea amplió hasta extremos insospechados aquello que puede llamarse obra artística.

Ahora que terminó la conferencia, podemos regresar tranquilamente a los cuadros. Y mirarlos.

El tabaco, por supuesto, que se lo siga fumando Fundora.


Descubre más desde El Ciclón Invisible

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja una respuesta